jueves, 9 de noviembre de 2017

Santa María de Eunate



Supe de su existencia hace muy poco, gracias a un amigo al que ya únicamente por eso, le estaré siempre agradecida. Iba él haciendo el Camino y se acercó a la iglesia, creo que llovía algo y había niebla, pues recuerdo su foto con un chubasquero bajo uno de los arcos. Me pareció un lugar tan especial y él le puso tanto fervor, que no tuve otra opción que ponerme a buscar sobre este edificio excepcional.

















Pasó un tiempo y venía yo de Pamplona, animosa pasando Cizur Menor y Mayor, la balsa de Guenduláin, Zariquiegui y la subida al Alto del Perdón. Poco después, Muruzábal, y en su iglesia, pregunté por Eunate; me informaron que en dos kilómetros la encontraría (bueno, más de dos para llegar y alguno más para enlazar con mi destino de ese día en Puente la Reina), y que aún me quedaba como una hora hasta el cierre.
Allá me fui, por un camino solitario desde no se vislumbraba torre, campanario, ni tejado alguno, ni tampoco alguien por el sendero que me pudiera certificar lo correcto de mis pasos. Sin embargo, en un momento logré ver entre una especie de chopos lejanos, la figura inconfundible de la iglesia. No tenía pérdida, claro que no, allá estaba desde mediados del s.XII, aislada entre los campos, cautivadora desde cualquier lado que la veas.
















Su planta octogonal y la galería de treinta y tres arcos que la contornan son dos de las características que más llaman la atención. Una portada románica, el ábside pentagonal y los lucernarios que recuerdan a los baños árabes, o las marcas dejadas por los canteros en muchos de los bloques que la forman, son otros detalles que hacen única a esta iglesia.
En medio de nada concreto, en un paisaje plano y abierto al cielo, se levanta Santa María de Eunate, misteriosa, sorprendente, tan serena, que dentro solo quieres estar en silencio un rato, mirando la única imagen que tiene o contemplando los huecos en el techo. Son pequeños, también octogonales, y por ellos entra una luz tibia que ni ilumina, pero que le presta una singularidad particular y un halo grandemente espiritual.



Me senté un rato cerca de la puerta, uno de mis objetivos del Camino era llegar hasta allí, así que ya no tenía prisa. Miraba la bóveda perfecta, los capiteles con figuras extrañas, la Virgen con el Niño (copia de una imagen románica, al parecer desaparecida), los tímidos haces de luz entrando por los octógonos de la bóveda. Di luego varias vueltas por la arquería, sintiendo que estaba allí, en Santa María de Eunate, rozando los muros y las piedras, tocando los arcos, oliendo el maizal cercano y la tierra pisada por tanta gente antes. 

Sentados en el suelo, un padre le explicaba algo a su hija, cerca del ábside. Ni me vieron mientras paseaba, casi me pareció como el encuentro de un hombre con un ángel, mirando  ambos los prados y conversando de la brevedad de la vida y la largura de la belleza.



Texto y fotos, Virgi


Octubre 2017