martes, 30 de marzo de 2021

Constatación

 


Olegario Expósito va por la vida dejando su marca. Una forma de reconocerse, un espejo que pueda regalarle alguno de los trozos que le faltan, pedazos que nunca ha podido encontrar. 

Y así anda, tropezando una y otra vez consigo mismo como si fuera la primera vez que se observa.


Texto y foto, Virginia

jueves, 25 de marzo de 2021

Patraña

Encontré la casa rodeada de primavera, mariposas, mirlos cantores, sarantontones. Gretel y Hansel me esperaban con la mesa puesta. Nada de bizcochones, dulces, chocolates y golosinas.

Tanto cuento, tanta bruja y todo había sido una leyenda urbana.


Texto y foto, Virginia

martes, 23 de marzo de 2021

Seima, La Gomera

 


Llegamos a Seima después de un largo sendero colgado sobre el barranco, con tramos empedrados y bajo un risco monumental. Cruzando al cabo de un rato una degollada en las cercanías de Tacalcuse, nos acogió un paisaje de infinitos bancales, plácida  compañía  hasta el caserío en medio de la nada.


Me senté entonces sobre un banco todavía entero, allí donde una vez, calderos, tazas y cucharas se secaron al sol. El diminuto patio orientado al ocaso conserva una calidez impensable, rodeado de paredes de piedra seca, soledosas de no soportar ya ningún tejado, con vigas arrumbadas, poyetes de cocinas rústicas, algún mueble desconchado, goznes vacíos de puertas desaparecidas. La vista se pierde entre huertas que siguen la orografía del terreno dejando las zonas rocosas para las casas, algún horno, corrales, una callecita tímida cubierta de lajas.




Emociona compartir levedades -la brisa, algunas nubes, unas briznas de hierba entre las piedras- con el espíritu que aún flota de las gentes que también descansaron al atardecer, después de haber observado cómo a duras penas crecía el grano del que seguramente no eran dueños. 


Las barricas con las duelas por el suelo dan cuenta de los cereales que atesoraron, sobre todo cebada, transportada camino arriba  hasta Jerduñe a lomos de las pocas bestias que poseían los vecinos. O tal vez hacia abajo, en dirección a la Villa de San Sebastián. Tiempos duros en un lugar hermoso, donde el mar o el bosque son algo remoto.



La vida en Seima no fue fácil, no, una treintena de viviendas tan elementales, que entristece pensar en las existencias que albergaron. Una isla dentro de otra isla, un lugar conmovedor. Y no solo por su belleza, sino por la extrema sencillez que nos muestra, un mundo perdido del que, sin duda, somos deudores.


Texto y fotos, Virginia

Gracias a la compañía de Lucy y Paco, siempre enriquecedora.

 




domingo, 21 de marzo de 2021

Capricho

 


Compró la casa solo por contemplar cada día 

la diagonal de los colores primarios.


Texto y foto, Virginia

jueves, 18 de marzo de 2021

Esplendor

 

Algo intenso y vibrante, una embriaguez primaveral, un tiempo pocas veces vivido de forma tan arrolladora, con la percepción de ser parte de los colores, las flores, los bichos, la tierra. 


Entre una nube amarilla de pequeños soles, inflorescencias esféricas donde libaban mariposas, hormigas, abejas, el sendero era un tránsito sin igual. Aunque había abundantes magarzas de florecillas blancas, matorriscos airosos y azulados, algunas jaras, maravillas, vinagrerillas granates, relinchones y tabaibas robustas, quien reinaba luminosa era la cañaheja. De porte elegante, se mecía con la brisa en un baile sutil, de oro y verde. Quiso que nuestro paso se acompasara al suyo y así fue, un recorrido de ensueño, un privilegio, un regalo solo por echarnos al camino.



Sin atenuantes, inmersos en la primavera, con la luz generosa de la naturaleza que vuelve y vuelve, por más que la perturbemos.



Texto y fotos, Virginia

 


lunes, 15 de marzo de 2021

Tacalcuse, La Gomera

 


Medio incrustada en la tosca negra se halla la casa de Tacalcuse. Al soco del viento y con la visera volcánica que también la  protege de la lluvia, contempla como el majestuoso barranco serpentea con su lecho de arena entre laderas montañosas. Tacalcuse es un nombre que suena a gomeros de antaño, una gente capaz de vivir en sitios alejados y agrestes como si fueran verodes, palmeras o trozos de basalto.







En Tacalcuse hay un horno de doble boca, bebederos labrados en piedra molinera, un patio soleado donde colocar cacharros viejos con geranios, matos de sombra o hierbahuerto. El arcón escondido espera que alguien guarde en él,  monedas, ternos de fiesta, una sábana con embozo bordado. En la casa de Tacalcuse dan ganas de sentarse a la mesa y tomarse un potaje de berros con gofio, mientras los verdinos nos miran atentos entre los cantos rojizos. Las tejas que ya no cubren el techo siembran de ocre el piso y entre ellas hay maderas, trozos de lonas, una cuchara ferrujienta, la botella del último vinagre macho, un cabo de vela ennegrecido.


Enfrente, lejano, el mar del sur lame la costa, tal vez quiera dejar alguna ola en la casa de Tacalcuse, allí donde gente valerosa vivió una vez, para asombro de los que pasamos a su vera.


Texto y fotos, Virginia

Gracias a Mariquilla Chinea, que me habló de este lugar.

 




sábado, 13 de marzo de 2021

Dilema

 


Dejé la puerta abierta y entró un perro perdido y el gato de la vecina, una mariposa errante, dos perenquenes sigilosos, la más ardilosa de las arañas. En nada, había una fila de hormigas y un escarabajo bajo el quicio. Sobre el dintel, un mirlo en traje de noche acechando a unos gusanillos incautos, mientras varias moscas zumbaban en el rayo de luz.

¿Qué haré ahora con esta diminuta arca de Noé?


Texto y foto, Virginia

Sin respuestas

 


La casa y el pasil. El pasil y la casa. Allá arriba, en la morra, enteros todavía, con la sobriedad propia de sus habitantes, campesinos estoicos entre pinos y barrancos.

¿Cuánta gente, cuántas manos, cuántas higueras cerca y lejos? ¿Cuántas idas y venidas para cubrir el piso de higos, apretuñados como centuriones romanos bajo el sol? ¿Cuántas horas, cuánta dedicación hasta que el fruto se convierte en un manjar dulce y sustancioso?



Desde la casa se ve el mar, los pequeños volcanes de cráteres sensuales, las huertas y los cientos de muros de tosca. Detrás, el pinar zanquiado en las faldas del circo de Las Cañadas. Pasajirón, Montaña Guajara, El Sombrero, vigías de lava y fuego bordeando la cumbre.

Todo eso me rodea cuando me tiendo en el pasil sobre el amasijo perfecto de piedras, cal y barro. Una hormiga sube por mi brazo, descendiente de las que mordisquearon los higos de antaño. Quizás sea yo también descendiente de quienes cultivaron estos campos, hicieron pan en el horno y elaboraron tejas con prácticas ancestrales. Los que construyeron la era en el veril del barranco, al borde de la brisa entretanto florecía la primavera.















¿Será eso lo que me conmueve de estos lugares? ¿Será que mi piel reconoce la cal, el almagre, la tosca, la tez erizada de la madera gastada? No podré saberlo, no. Pero me lo seguiré preguntando cuando encuentre una casa, un pasil, un horno, una era, una puerta desvencijada, tejas rotas sobre un patio empedrado.


Texto y fotos, Virginia


lunes, 1 de marzo de 2021

VOCES L



¡Demontre de chica! Salpica pa’llá que en un intre llega el personero de la Létrica pa’ revisar la luz y el contador. Trae rolón de los conejos, tederas pa’ las cabras y cámbiate esa blusa sorroballada.

Ándate presta que a la tarde viene madrina, nada de golifiarle los matules, como hizo el jadario de tu hermano la otra vez, pa’ luego irse a esconder como un singuanguo bajo’l poyo, enguruñado como un burgado.


Texto y foto, Virginia