jueves, 2 de julio de 2020

Camino de Lomo Corto





Como un vigía, solitaria en lo alto de la morra, más cerca del volcán que del mar, la casa de Lomo Corto contempla desde su ventana descoyuntada los caseríos de Las Fuentes, Acojeja y El Jaral, la Montaña de Tejina, los barrancos de Honduras y El Pozo.




El camino que nos lleva hasta ella, y que ya una vez recorrí, va ribeteado en gran parte por lajas enormes, plantadas con firmeza por gentes que ya no existen. Gentes que las cargaron de algún lugar cercano como quien se echa al hombro un saco de fajina o una sereta con huevos. Suenan juveniles al golpearlas, sin cansancio por estar al sol, al viento y a la lluvia desde largo tiempo, tostadas unas, grises otras, enrajonadas con lajitas más chicas, acompañándose entre ellas, sin añoranza del que pasa y ni las mira, o de quien quizás las acaricia sabiendo de su valor.




Los teniques que marcan el sendero a Lomo Corto se enorgullecen de la casa lejana, con sus pisos de tea y sus paredes sorroballadas. De los corrales que tuvo, con cabras, ovejas y algún cochino. De la era que refulge bajo el cielo, entre un horno de tejas por encima y otro de pan o higos más abajo. Del dornajo sacado de un pino majestuoso, cortado y desbastado en días antiguos por  aquellas gentes que ya no existen.









Gentes que nos dejaron escalones labrados toscamente, tejas de tonos amorosos, patiecillos ventosos con vistas al horizonte y a islas embrumadas y misteriosas. Goros, muros de tosca, puertas recias, alpendes protectores.


Y caminos como el que nos conduce a Lomo Corto, un lugar de desolada hermosura, allá arriba, en una chapa remota.




 Texto y fotos, Virginia


lunes, 29 de junio de 2020

VOCES XLV



No supieron si se le había virado el buche o tenía mal de ojo, lo cierto y seguro es que iba amochado, algo enteco y con el jocico tan empurrado, que era penoso de ver. Las golifionas de siempre se las echaban de saber con seguranza acerca de su dolencia: o se había estrompado subiendo al balcón de la pretendienta o le habían dado un buen jaquimazo por currillo. 



Empenado iba, y de lo enralado que era pa’ todo, no le quedaba ni un fisco. Se encochinaba pronto, no comía sino un enyesque apenas, y en el catre, daba más vueltas que un trompo.






Texto y fotos, Virginia

sábado, 27 de junio de 2020

Empacho



El confinamiento llegó a tal nivel,


que se asomaba al ventanuco y no veía nada.







Texto y foto, Virginia



miércoles, 17 de junio de 2020

Evasión






No escapa de nada ni de nadie, 


solo de sí mismo. 









Texto y foto, Virginia

lunes, 15 de junio de 2020

Legado




La perfección se puede encontrar en el sitio menos pensado. 


Alejado de todo, después de caminar un rato y sortear luego una vereda al borde del barranco, un humilde círculo espera para incitarnos a reflexionar.


Con un equilibrio fascinante, las piedras hincadas hace un largo par de siglos –o quizás más-  se mantienen erguidas, pegadas una a otras como recién puestas. Un sitio sin perturbar, a pesar de la lluvia, el viento, las escorrentías o la segura turbulencia del barranco que en duros inviernos ha debido lamer su base. 

















Una circunferencia plana, hecha con sapiencia elemental, ajustando piedrecillas sin que sobresalgan demasiado unas de las otras. Un murete de protección, y debajo,  el asiento corrido desde donde observar el cereal, la paja llevada por la brisa, las bestias girando lentas, la chiquillería con sus juegos.
La perfección en lo cotidiano, lo imprescindible. El saber acerca del tiempo y de las cosechas. Un conocimiento heredado a través de generaciones, de los lugares adecuados, de las corrientes de aire, de aquí, sí, pero allá, no. 


Las eras que me embelesan tienen todo eso. También un rumor distante que se escucha entre los trinos de chirreras, capirotes y gorrioncillos. El susurro de la vida y la sabiduría que transitaron por ella, haciendo que permaneciera, tímida, alejada y silenciosa, bajo el sol y las estrellas.








Texto y fotos, Virginia

sábado, 13 de junio de 2020

Psichozoo I






La claustrofobia del caracol es incurable.




Está deprimido el rey de la selva. Le ha costado

reconocer que la leona posee mucha más fiereza que él.



Doctor, me siento sucio, dice compungido el cerdito mientras se echa en el diván. 



Texto y foto, Virginia

jueves, 11 de junio de 2020

Encuentro






Se engarzan las piedras con jirones de nubes.


No muy lejos, 


lagartijas, tizones y perenquenes, 


testigos silenciosos, 


observan el abrazo del aire con la tierra.







Texto y foto, Virginia