viernes, 17 de mayo de 2019

VOCES XXXVI



Empericosada en lo alto, no tenía otra ilusión que ver las lisas entre la tosca, los sarantontones sobre la vinagrera o algún perenquén despistado entre las rendijas del muro. Encima, jirones de nubes jugaban con guirres, cernícalos y aguilillas. 


Y ella en medio, bajo el cielo lejano y sobre la tierra paciente y generosa.



Texto y foto, Virginia

jueves, 16 de mayo de 2019

La plaza de mi infancia



Allí donde el brilé, paro, los boliches, las esquinitas, la soga, el tejo, las patinetas, el escondite, los cochitos de verga, la pelota y el paso obligado a los mandados. Obreros que subían de los Cuatro Caminos o del Barranco Martiño,  mujeres vestidas de negro, procesiones y entierros, puestos de turrones en las fiestas,  alfombras del Corpus extendidas al sol de junio.

La plaza de mi infancia con el zaguán fresco y pulido de Rita, las dos acacias y a su sombra, la piedra, cómoda tal cual una butaca. Al lado, Conchita, costurera de las finas, que cosía de maravilla, “no te muevas, tengo que arreglar la sisa”, “el vuelto está muy bajo”, decía con los alfileres en la boca. El ciprés alto como todos los cipreses, tupido y oloroso, donde mi hermano se empericosaba entonando el Pater Noster a voz en cuello (por algo era monaguillo) enfrente de La Casona, de balcón hermoso y ventanas asimétricas.

La casa de Catalina, la sacristana, con el patiecillo de cemento y sus marquitas delicadas; se ponía en la ventana a calar exquisitas labores y de rato en rato, levantaba la mirada por ver quién bajaba o subía y entonces nos saludaba afectuosa, como todos los vecinos que vivían en los alrededores. 

La plaza donde en una mañana de enero puse en marcha lo que había soñado, que no era nada más y nada menos que montar  en bicicleta. Mi hermano me había explicado, pero sin éxito. Una noche soñé cómo debía darle a los pies, así que al despertar, le dije:
- Luego vamos a la plaza y verás que ya sé montar.

Y así fue, me subí al sillín y en un abrir y cerrar de ojos me quedé dando  vueltas a la plaza. A partir de ahí me recorría el centro del pueblo y bastante más, un tiempo en que andar de un sitio a otro representaba una conquista infantil de altos vuelos.
- Hoy llegué a La Placeta
- Bajé hasta cerca de El Sauzal
- Fui con Yoya hasta San Juan
- Voy a la Plaza del Cristo y vengo a la tarde.

La plaza, con Santa Catalina en el altar mayor, observadora de  las correrías sanas de una niña que veía el mundo desde lo alto, mientras el aire le  despeinaba el flequillo en cualquier tarde de su infancia.


Texto, Virginia

Foto publicada en el programa de las Fiestas del Cristo, 1970

jueves, 9 de mayo de 2019

La sartén



Mi madre hacía unas papas fritas tan deliciosas que no he vuelto a comer otras iguales. Grandes, medio guisadas, nos las guardaba en la bandeja del horno, e incluso frías, eran un manjar. Hechas en la sartén que tuvo durante cincuenta años, un objeto pesado, con un fondo donde nada se pegaba y que mantenía el aceite de un día para otro y también para el siguiente.

Como un regalo, otras veces freía un par de sartenadas y en los platos de duralex se derramaban las papas por los bordes sobre el mantel de hule, al tiempo que iban desapareciendo entre unas bocas y otras.
Si era mi padre el encargado, se tomaba su tiempo en partirlas en tamaños homogéneos, les daba la vuelta una por una con un tenedor largo, e iba sacándolas a igual ritmo, con la meticulosidad con la que hacía todo, ¡ay, el orden de mi padre!

La sartén de mango largo y comprada en alguna de esas tiendas de calidad (“más vale una sola cosa buena que varias malas”) que tanto le gustaban, se metía en la alacena, limpia por dentro –cuando no tenía aceite- y con una costra antigua por fuera, un registro linajudo de fritangas a lo largo del tiempo.
De ahí también salían las mejores croquetas del mundo. Molida la carne en el aparato afianzado al borde de la mesa, mezclada con cebolla, ajo y perejil, eran como barcazas doradas que jamás naufragaron ni se le abrieron las cuadernas. 

Cuando veo en los bares de carretera un plato de croquetas, siento el deseo irrefrenable de pedir alguna, solo por comprobar si mis papilas linguales rememoran las croquetas de mi vida.
Nunca la sartén nos defraudó, fue un valioso elemento casero a mimar, uno de esos objetos casi mágicos, de fidelidad absoluta, que nos regaló momentos breves pero felices.


Texto y foto, Virginia

martes, 7 de mayo de 2019

Tiquismiquis



Tiene varias posibilidades para escapar, pero maniática como es, solo se le antoja salir por donde haya un cuadrado perfecto.



Texto y foto, Virginia

lunes, 6 de mayo de 2019

Quiebros VII




Manolo Rodríguez, barrendero


Ahí está cada madrugada Manolo. Con el carrito, la palma que arrastra lo imposible, los guantes que usa en ocasiones especiales, el uniforme de empleado municipal –del que presume, bastante le costó conseguirlo-, el cubo de mango personalizado, la escoba para rincones pequeños. Cumplidor como el que más, empieza su trabajo mucho antes de la aurora y se hace un plan como cualquier ejecutivo de pro; aunque sus compañeros se rían de él y de su ejecución minuciosa, Manolo Rodríguez, barrendero de la zona donde nació hace más de cincuenta años, se siente orgulloso de ser el artífice de la pulcritud de la plaza y las calles de su infancia.



Le molesta el incivismo de los dueños que no limpian las cagadas de los perros, los niños que por las tardes dejan los envoltorios de chicles y caramelos, las colillas de los fumadores, los restos de helado, los botellines de agua teniendo a dos pasos un envase para reciclar plásticos, las cáscaras de manises y pipas de girasol. Manolo Rodríguez, tan honesto en su trabajo como gamberro en su juventud, no entiende ahora esta despreocupación de la gente, no pilla la desidia y el abandono de parterres, bancos y arbolado.
Decidido a hacer de la plaza un hogar solidario para niños, ancianas con andadores y parejitas melosas, trabaja con ahínco dispuesto a lo que sea con tal de cambiar la faz del lugar más colectivo del distrito. Es una labor considerable y él la tiene como la más importante de su vida. Sueña con asientos de colores, papeleras atractivas, farolas  de energía solar, jardincillos ecológicos.



Lo que empezó como una ocupación que lo sacara de rutinas, vicios y aburrimientos, se ha convertido en el objetivo de cada día. Al alba ya está Manolo barriendo, regando, puliendo, recogiendo. Se pasa en ello las mañanas y las tardes, muchos fines de semana (siempre que no juegue su equipo favorito) y ni siquiera le atraen los días que de vacaciones le corresponden.
Ha hecho del trabajo su vocación, su objetivo más completo, su ideal de vida, la ilusión de cada amanecer.
Manolo Rodríguez, soltero, sin hijos, sin ascendientes, dueño de un pequeño piso en los alrededores, lucha con ahínco por cambiar la imagen de su barrio. Y a ello se aplica de manera obsesiva, come poco, duerme menos, casi ni habla con la gente que lo saluda.

Una mañana no apareció, a la siguiente tampoco, ni en días posteriores. Cuando las emergencias acudieron a su casa temiendo lo peor, alcanzaron a ver a Manolo, el barrendero más atildado de la ciudad, dormido para siempre en su viejo sofá cama, rodeado de cajas con objetos inservibles, cartones viejos, latas y bolsas, ropas sucias. Una maraña de materiales rotos, malolientes, comidas ácidas, trozos de periódicos, zapatos sin pareja, plásticos de todo tipo, restos de pizzas y refrescos, acunaban al funcionario de la limpieza que más había embellecido el barrio.

  

Texto y fotos, Virginia 













viernes, 3 de mayo de 2019

Determinación VII



Deseosa de cambiar de aires y hablar con gente, se acercó la nube al pueblo. Iba yo con prisa y no pude saber si lo consiguió, aunque voluntad puedo decir que tenía.

Y ningún prejuicio, timidez ni cosa parecida.


Texto y foto, Virginia

miércoles, 1 de mayo de 2019

VOCES XXXV




De vacilón en vacilón, el zangalote solo estaba listo pa’ las fiestas. Ardiloso en la vestimenta, procuraba andar con el terno limpio, pero en cuanto al trabajo, no ponía ni fisco asunto. 
La hermana le decía un rancho de improperios, zorullo, totorota, rebenque, tollo. Pero bien tranquilo, nada le importunaba, como mucho, cuando el padre se ajustaba el cinto, entonces se amilanaba algo y trabucaba la contesta. 
Repantingado bajo el almendrero y con el bardinillo rabujiento que le regaló la abuela (aquella vez que gracias al santiguado de la vecina, le sacaron el sol de la cabeza), distraía el tiempo con el hermanito chico, su machacante preferido y el que le hacía los recados. 
Total, los gochos no iban a dar más porque él los trabajara, mejor estar preparado pa’ la próxima romería o el baile de piñata, ningún machango le estropearía el tinglado.






Texto y fotos, Virginia