Cuando Isadora Duncan llegó al cielo, las nubes danzaron para ella.
Un baile que sólo se ve de vez en cuando, según como sople la música del viento.
Texto y foto, Virginia
Cuando Isadora Duncan llegó al cielo, las nubes danzaron para ella.
Un baile que sólo se ve de vez en cuando, según como sople la música del viento.
Me senté allí donde seguramente muchos se sentaron antes, quienes con coraje y convicción defendieron su territorio, sus costumbres, su forma de vida.
En la Fortaleza de Ansite sopla la brisa y nos trae un rumor antiguo y difícil de comprender. Hemos de pegarnos a las piedras para que nuestro corazón palpite con ellas y así podamos percibir algún mensaje que vuela con esa brisa y se posa en el basalto de Ansite.
Poniendo atención veremos cabras y a un niño pastor que las cuida. Un anciano apoyado en un bastón. Dos mujeres guardando cebada en uno de los graneros del risco. Quizás aparezca un guayre, notable y destacado en el poblado.
Cuevas escarpadas, un santuario en lo alto, pasadizos al borde del precipicio, oquedades tapiadas donde depositar los cuerpos ya mirlados. Alguien muele en un molino rústico y otros suben con agua del barranco, en odres bien seguros.
Ese es el rumor que la brisa, en su paso leve, deposita en las piedras. Y yo alcanzo a oír, a ver, a discernir que trae consigo las vidas que ya no están pero que han dejado su huella en la Fortaleza de Ansite, el último refugio de los canarios ante el asedio de las tropas castellanas.
Texto y foto, Virginia
Por más que me empeñé, el espejo no me devolvió ni un pequeño retazo de que alguien se hubiera mirado en él. Me había pasado otras veces, pero ahora fue imposible, hube de recomponer algo de aquellas gentes a través de vasos, platos, asientos, maderas sucias. Sólo la luz me envió una señal, que lo dejara todo tal como lo había encontrado. Me fui de puntillas.
Texto y foto, Virginia
El soldado sacó la bandera blanca.
De entre las filas enemigas se oyó una voz:
- ¡No sirveee, está suciaaa!
Y continuó la batalla.
Preferí quedarme en el camino acariciando las piedras. Me susurraban tanto, que soñé a su vera. Lo mejor fue que, al despertar, volvieron a contarme cosas aún más hermosas.
Así que me quedé allí. Y me hice musgo, flor, lagartija, trozo de roca, gorrión, nubecilla a ras de tierra.