En mis veranos infantiles no había bajamar ni pleamar, sólo se hablaba de "la mar está llenando" o "la mar está vaciando". Y según fuera, nos bañábamos en los charcos repletos por la marea llena (como el Charco de los Muchachos), o bien en El Varadero, allí donde aprendimos a nadar mientras las pacíficas olillas veraniegas nos zarandeaban con timidez.
Entretanto, barcas, remos y nasa se secaban al sol, algún barquero remendaba una red a la sombra del colgadizo de seña Mauricia y otro aceitaba una pandorga, enjaulado sin miedo en una semiesfera de hilos de cobre, en este caso cuando ya el sol trasponía por El Picacho.
Si la marea estaba vacía, quizás buscábamos agua salobre saliendo de algún agujero entre las rocas, cogíamos bucios y burgados, o nos entreteníamos con un peje verde que saltaba ligero de nuestras manos inexpertas.
La mar llenaba o vaciaba, poco más había. Y entre unos y otros flujos se deslizaba el tiempo, sin saber si algún día mi vida estaría llena o vacía, algo así como las mareas de la infancia.