martes, 27 de julio de 2021

Creación

 

Embriagada de azules, vomitará agapantos, narcisos, lirios, trozos de cielo, piedras de lapislázuli, oleajes voluptuosos, alguna fula escurridiza y un pinzón del Teide.




Texto y foto, Virginia

jueves, 22 de julio de 2021

Arguamul

 


A un gigante que subiera desde la playa hasta la cumbre, seguro le encantaría usar el lugar de Arguamul para ascender paso a paso, aprovechando los bancales a modo de escalones. Desde los roques costeros -unos conos basálticos como helados grises y salados- pisaría las terrazas, alguna era, los patiecitos de las casas colgadas del risco, quizás una pequeña azotea con ropa tendida.


Arguamul  se encuentra en una esquina de La Gomera, por decirlo de alguna forma que nos sugiera lejanía y dificultad, puesto que no existen esquinas en la isla más redonda de las Canarias. Protegido por los riscos de Chijeré y cerca del Monumento Natural de los Órganos (al que solo nos podemos acceder por mar), este rincón idílico conserva intacta la atmósfera apacible de los pueblos aislados, rota únicamente por el temor a que se deslice sin remedio hasta la orilla. Pero no, está bien afianzado sobre un terreno antiquísimo -el llamado complejo basal de millones de años- en el que se pueden apreciar las distintas fases geológicas por las que ha pasado la isla.


Hemos de ver primero el espléndido palmeral de Taso y detenernos en la solitaria iglesia de Santa Lucía, sombreada de pimenteras y fundada a mediados del s. XVI. Allí cogeremos resuello para enfrentarnos a una carretera estrecha y vertiginosa que nos llevará hasta el caserío, con los riscos a un lado y el océano al otro.  

Con suerte, columbraremos a unos hombres cavando papas que levantarán la cabeza al oírnos, con ademán cotidiano de saludarnos, como si fuéramos alguno de sus vecinos. Es posible que una señora pasee en compañía de un perro ladrador y un anciano se apoye en alguno de los escasos guardacantones que protegen el camino. Estando en esas, con certeza una u otro nos contarán acerca de cosechas y tiempos duros, canciones de trilla, concheros inmensos cerca de la marea, cuevas misteriosas, ascendientes que emigraron mucho más allá del horizonte y de los cultivos de tomates que luego habían de sacar por la Punta de las Salinas, camino del pescante de Vallehermoso, un trabajo que ahora nos parece imposible de realizar.


Ninguno de ellos habrá visto al gigante trepando sin esfuerzo, pero es indudable que la escalera de andenes en los que se desarrolla el barrio de Arguamul, es la más cautivadora que esos seres desmesurados hayan usado nunca para sus desplazamientos. En poco transitará del mar al monte, de Guillama a visitar a Santa Clara, venerada imagen de la que se cuenta fue encontrada por unos pescadores que luego levantaron su ermita en lo alto del pueblo, rodeada de monte y con unas vistas impresionantes.

Pienso que nuestro gigante frecuenta Arguamul por todo lo que le ofrece, sobre todo la belleza y la tranquilidad de un lugar recóndito en una esquina de la isla más redonda que existe en esta parte del océano.


Texto y fotos, Virginia

 

martes, 20 de julio de 2021

Rutina indispensable

 

Abre los huecos cada mañana y espera la llegada de los vencejos.

Entran en bandadas con rumor de cielo y nubes. Giran, chocan, pían alocadamente. Las alas negras baten sin cesar, motorcitos diminutos de sangre caliente. En pocos minutos no queda ninguno, se van tan velozmente como llegaron.

Cerrará hasta el día siguiente.



Texto y foto, Virginia

jueves, 15 de julio de 2021

Normalidad

 No des muchas vueltas, 

hay Arte en cualquier rincón.




Texto y foto, Virginia

Malpaís

Llamaradas de fuego brotan de las tabaibas.

Será el volcán, que asciende por sus raíces.




Texto y foto, Virginia

domingo, 11 de julio de 2021

 ¿Para qué un lavaplatos 

con el fisco de loza que tengo?




Foto en Cuevas Blancas, La Gomera

lunes, 5 de julio de 2021

Tagaragunche, La Gomera

 


Si cuesta imaginar la vida en lugares alejados y con mínimas comodidades, cómo entenderla en una pendiente volcánica de arenisca roja, donde las viviendas se incrustan en los huecos como lapas en las piedras. Sorteando grietas y agujeros propios de la pumita, escalones casi invisibles comunican unas con otras.

 


Y a veces, ni eso, hay que ir de aquí para allá y de topete en topete, si quieres visitar el poblado troglodita de Tagaragunche, delicioso topónimo que nos retrotrae a tiempos aborígenes, cuando el pueblo gomero aún no era ferozmente dominado por los Condes de la isla, a finales del s. XV.


Aprovechando las cuevas que la erosión ha producido en el terreno, los habitantes primigenios de este lugar insólito construyeron unos aposentos sencillos, tapiando el frente, y en algunos casos, alzando dos cortos muros laterales, de forma que pudieran protegerse de las inclemencias. Una adecuación perfecta al lugar y al paisaje, preservando sus necesidades más perentorias. Visto desde cierta distancia, las construcciones parecen estar sabiamente cosidas al territorio, con una sabiduría sin títulos ni estudios, de la que tendríamos que aprender humildemente. 

En la pequeñez de los interiores nos vemos extraños, imposible imaginar nuestra vida actual en espacios tan ínfimos. Pero algo trascendental poseen estas viviendas: unos muros de piedra con toda la pinta de ser poyos de cocina, un lugar de lumbre, calor, comida y convivencia. Ese lugar que llevamos todos en un rinconcito del alma, de donde nacen unas manos revolviendo el potaje, friendo rosquetes o esperando que brinque el café, cuando algún botón desconocido nos enciende la luz de los recuerdos. Un poyo como centro del hogar, ya sea en una cueva primordial o en la más moderna de las construcciones.


El fuego que levantó estas islas también supo hacerse pequeño para propiciar encuentros en torno a un caldero, una escudilla o un barreño. Y en las abandonadas casas de Tagaragunche crepita todavía la llama ancestral que iluminó piedras y gentes, imbricadas unas y otras sobre la ladera de una montaña.


Texto y fotos, Virginia