miércoles, 15 de septiembre de 2021

Gato IV


Mi gato no tiene prejuicios. Lo mismo duerme en una caja encontrada en la basura, que reposa plácidamente sobre una manta agónica. Se esconde en el envoltorio de la tele o juega con la rama seca de un árbol callejero.


Ya quisiera yo poseer esa flexibilidad sin complejos. Ay, gato, siempre enseñándonos.



Texto y fotos, Virginia

domingo, 12 de septiembre de 2021

Energía verde

 Me explicaron acerca de puntos donde recargar el coche, manera de enchufarlo, tiempo, botones, posibilidades, pulcritud, sostenibilidad.

La verdad es que no entendí nada.


Texto y foto, Virginia

viernes, 10 de septiembre de 2021

Constatación


Sueña con triceratops, archeopteryxs, stegosaurios, diplodocus, tiranosaurios. 

No queda ninguno cuando despierta, pero los inmensos huevos recién puestos, tibios aún, le confirman lo soñado.


Texto y foto, Virginia

 

 

martes, 7 de septiembre de 2021

Lomadas

 


Uno de los mayores atractivos que le encuentro a  La Gomera es poder contemplar las extensiones sureñas de  terrazas infinitas. Me subyugan esos paisajes que durante siglos produjeron cereales y granos, gracias a la mano de mujeres y hombres que entendían de estaciones, lluvias, vientos. Gentes sufridas, trabajando de medias, sin contratos, derechos ni gratificaciones, que cultivaban grandes terrenos en condiciones penosas.

Una sola mirada a cualquiera de ellos me resuena en algún lugar profundo, una campanada distante pero siempre rotunda, llave que abre con ligereza mi imaginación para verme caminándolos en tiempos pretéritos, de modo y manera que fuera yo una campesina cargando una mula o asocada bajo un risco mientras pasa una tormenta. Entre los trigales dorados, sobre los muretes llamando a un niño, en la era aventando la paja o desgranando garbanzos y judías. 


Estas lomadas que fueron transitadas durante siglos, están al sur entre barranco y barranco, interfluvios planos con una ligera  inclinación hacia los acantilados. Las miles de terrazas que acogen fueron así dispuestas para lo que se nombra como "tierras de pan sembrar" y  pulsan cuerdas sensibles cuando entran por mi retina. Tanto, que quisiera conocerlas todas, las de Seima y Morales, Arguayoda, Tecina y Santiago, la Dama y la Mérica, El Revolcadero, Antoncojo y otras muchas.



Terrazas de paredes centenarias, pequeñas, trabajadas por manos rudas, bajo un sol continuo. Piedras y piedras y otra vez piedras, colocadas de tal forma que vistas desde el aire forman líneas extensas solo rotas cuando el terreno sube o baja y entonces los muros han de adecuarse a su morfología. O quizás se rasga la linealidad por una era, un pajero medio derruido o un camino por el que circulaban gentes y bestias en épocas pasadas.

Las lomadas poseen un imán irresistible, me llaman a recorrerlas, a echarme en las lajas brillantes o sobre la tierra polvorienta. Me seducen para conocer sus nombres, quiénes las sembraron y por qué tristes razones hubieron de abandonarlas. Los bancales sin fin tienen historias infinitas, aunque nosotros sólo veamos montones de piedras, hierbajos, canales secas por donde se deslizan los lagartos.


Algo habré vivido en existencias anteriores para amar a primera vista cualquier campo desierto que me tropiezo, como las lomadas extensas, cálidas  y soledosas de La Gomera, donde la vida se sembró y aunque no brotara siempre con generosidad, ayudó a sobrellevar la más que sobria vida del campesinado gomero.


Texto y fotos, Virginia

viernes, 3 de septiembre de 2021

                       

                       ¡Una cosa es que entres descalzo

y otra, que también te quites la ropa!







Texto y fotos, Virginia

lunes, 30 de agosto de 2021

Split, luz y gatos

 


Hay gatos en Croacia, muchos gatos, y escribí hace un tiempo sobre ellos. Te los encuentras en las calles de Zagreb, en la iglesia imponente de Zadar o en los tejados de Dubrovnik. Pero los de Split tienen un grado superior, se hallan un par de escalones más arriba que el resto de sus congéneres. 


Pasean por la ciudad con la altivez señorial de pertenecer a la estirpe gloriosa que convivió con centuriones, senadores, damas de alcurnia, diosas en pedestales. Y hasta es posible que guarden entre su pelambrera algún recuerdo especial del propio Diocleciano, emperador que se empeñó en construir una residencia como si fuera una ciudad y ahora es un lugar apasionante. Caminas por las calles sorteando columnas, arcos, bóvedas y te sientas un rato en el foro, antes o después de visitar el templo de Júpiter. Sin mucho esfuerzo, consigues un apartamento frente a los ventanales del palacio y en la misma puerta pisas sobre losas aún perfectas, colocadas casi dos milenios atrás.

Los gatos de Split duermen sobre la magnificencia del mármol, ya sea bajo los capiteles corintios, en cualquier banco o en medio del peristilo, indiferentes a turistas, fotos, historias, guerras y diversos avatares que no han estropeado la espectacularidad del lugar.


El emperador Diocleciano (al que recordamos por la sangrienta persecución que ordenó realizar sobre los cristianos, alrededor del 303  d.C.) quiso levantar un lugar de descanso para su retiro y, como poderoso que era, construyó un palacete fortificado con zonas de uso personal y otras para la guarnición militar que lo acompañaba. Con todo el lujo y las comodidades que imaginamos se podía permitir alguien que controlaba media Europa, gran parte de Asia y el norte de África, la  edificación quedaba a orillas de la costa dálmata,  partida a la mitad por el “decumanus”, vía que comunicaba dos de las más importantes puertas de entrada o salida de la ciudad.


Sustentado sobre unas bóvedas de cañón que solo la experta ingeniería romana pudo realizar (como todo lo que hicieron en cualquier parte de sus territorios), el palacio asombra todavía más cuando se visitan estas inmensas cavidades inferiores. Y es aquí donde reinan los gatos de Split.


Deambulan a su aire, nos miran con suficiencia, trepan a los muros o se esconden orgullosos detrás de cualquier pedrusco. Los gatos de Split guardan en su piel salvaje caricias de niños jugadores de tabas, mujeres con túnicas hasta los pies, soldados recién llegados de los confines imperiales, esclavos envidiosos de la libertad gatuna, sacerdotes distraídos y es posible que hasta algún cariño del propio Diocleciano, quien no sería raro que tuviera cerca algún felino que le recordara la fiereza indispensable de su cargo.


Split refulge al borde del mar, con la luz mediterránea bañando las piedras del palacio, un óculo por donde entra el cielo, los torreones, las losas milenarias, la esfinge granítica traída de Egipto y el agua que viene de lejos gracias a un acueducto de esos que a los romanos no les costaba nada construir. 

Los gatos de Split transitan entre las sombras de la historia  y bajo el azul luminoso, con la prestancia de saberse herederos de un imperio. Debe ser esa la razón de que nos ignoren, habitantes silenciosos en un lugar del que conocen más de lo que creemos.



 Texto y fotos, Virginia

 Verano 2019

 


domingo, 29 de agosto de 2021

Meta

Cumplió su sueño: vivir en una casa de juguete.



Texto y foto, Virginia
Patio en Jaisalmer