miércoles, 18 de septiembre de 2019

Donde ardieron los libros






Bajo una lluvia torrencial, avanza una multitud por Unter den Linden camino de Bebelplatz. Entre cánticos nazis e iluminada por antorchas que ya presagian la hoguera, la marcha formada por una mayoría de estudiantes bien aleccionados llega a la plaza, donde comienzan a descargar libros recogidos previamente por furgones en numerosos puntos de los contornos. Como las antorchas no son suficientes para iniciar el fuego, se solicita la ayuda de los bomberos, para que rocíen con gasolina la montaña de libros, entre los gritos de alborozo del gentío.
Ocurría esto el 10 de mayo de 1933. Se quemaron alrededor de 25.000 textos de un centenar de autores, con la consigna “Acción contra el espíritu antialemán”.










Mi primer viaje a Berlín fue setenta años después y cuando llegué a esa plaza, un escalofrío me recorrió el cuerpo. Allí se había cometido un acto execrable, preludio de otros miles, mucho más atroces y horrendos.
La plaza donde el fuego se alzó como símbolo de la intransigencia más despiadada está rodeada de edificios clásicos: la Ópera, la Universidad Humboldt y la Catedral Católica de Santa Eduvigis. Todo respira quietud, pero sentimos que las paredes, los muros, los ventanales, fueron testigos de una noche salvaje, absurda, incomprensible. En un lado de la plaza hay un cristal cuadrado en el suelo y, al asomarnos, el hueco está ocupado por cuatro estanterías vacías. Sobrecogedor. Un monumento del artista israelí Micha Ullman, realizado en 1995, homenaje dramático a lo terrible de la sinrazón.


Cerca, una placa de bronce nos trae un pensamiento premonitorio de Heinrich Heine -lo escribió mucho antes de este suceso-, escritor también censurado por el régimen nazi: “Ahí donde se queman libros, se termina por quemar personas”. Tristemente, se hizo real.






Una ciudad a la que he regresado otras veces, viva, plena de arte, modernidad y gentes diversas, con el bulevar Unter den Linden, que hasta su nombre sugiere calma: “Bajo los tilos”.


Muy cerca, el río que rodea la Isla de los Museos, otro sitio donde pasar horas y días contemplando de lo que ha sido capaz la humanidad, aún cuando la crueldad haya ocupado mucho más tiempo y espacio.


Berlín es un buen ejemplo y habría que volver algún 10 de mayo, cuando los universitarios realizan un mercadillo de libros en la plaza, para luego dejarnos seducir con la belleza que atesora, recuperada en gran parte después de la guerra. Multitud de museos, galerías de arte, clubs de jazz y todo tipo de actos culturales, la han convertido en una de las ciudades más vivas del continente, sobreponiéndose a las terribles cicatrices que la marcan en cada esquina.


Texto y fotos, Virginia

lunes, 16 de septiembre de 2019

Inconformismo




Desearía el cielo sentarse,
 protegido por la hermosura del cardón.

Mientras, sueña la silla 
con que su azul fuera 
el que ve tan puro y lejano.


Texto y foto, Virginia

lunes, 2 de septiembre de 2019

VOCES XL









Le pedí un baguito de uva y unos gomos de naranja, pero el muy baladrón se los pegó todos sin convidar. Así le entró un sangoloteo en las tripas de padre y señor mío.
Medio cambado se echó en el catre viento del abuelo, por si mejoraba un poco. Mal tráido que estaba, de patas cambadas y sin acotejar la fajina, se le esgorrifó nada más jincarse encima, ¡menudo lomazo por totorota, echón y tajul!

Garrapatiando estuvo un rato, yo me fui por la sombrita, bien contenta, ya me habían dicho que ni mirara al golfiante aquel.



Texto y fotos, Virginia

La felicidad también está en los charcos




miércoles, 28 de agosto de 2019

Destrucción y fraternidad en Dresde






Con la tenacidad y la organización del pueblo alemán, la ciudad bombardeada hasta los cimientos por los aliados, fue levantada ladrillo a ladrillo para mostrarse en todo su esplendor años más tarde. Cerca de 4.000 toneladas de bombas y materiales explosivos destrozaron la población, en febrero de 1945, dejando decenas de miles de muertos, en una acción indiscriminada, una más entre las numerosas que marcan la historia de la Humanidad.

Sin embargo, la decisión de sus habitantes para recuperarla se narra como un ejemplo de sacrificio, coordinación y perseverancia, consiguiendo que la “Florencia del Elba” volviera a brillar como antaño. Recién acabó la guerra, se formaron cadenas de mujeres, niños, ancianos, con obstinación germánica, trabajando día y noche, tratando de olvidar el horror y mirando al futuro.



Hay que asomarse a la Terraza de Brühl, un conjunto arquitectónico al lado del casco histórico, y gozar de la vista que se nos ofrece, un balcón al río y a la ciudad, destrozado en la guerra, y ahora perfectamente reconstruido. Lo que nos regala el momento es emocionante, tanto por el goce estético, como por la historia terrible que encierra, dos noches de continuos bombardeos, que arrasaron edificios, historia, arte y la vida de 30.000 personas.






















Dresde al borde del Elba y también más allá. Por un lado, Altstadt (Ciudad Vieja), en la otra orilla, Neustadt (Ciudad Nueva). Es en la Ciudad Vieja donde se encuentran la mayoría de edificios a admirar. La Frauenkirche, destruida en aquellos días y recién recobrada  gracias a aportaciones de la ciudadanía, el estado y donantes de otros países -sobre todo británicos-, fue considerada “monumento de guerra”, mantenida en ruinas durante las décadas de la RDA, para actualmente considerarse un símbolo de la reconciliación.
Una de las primeras ciudades que se hermanaron con Dresde fue Coventry, bombardeada por los alemanes en 1940. Precisamente, la última acción realizada en la iglesia, con una gran carga de fraternidad, fue realizada en junio de 2004, cuando se colocó la cruz en lo alto de la cúpula, forjada por un artesano inglés hijo de un piloto que participó en el bombardeo de Dresde. Una muestra más de la amistad entre alemanes y británicos que ojalá no perdiera nunca su significado.




Otras muchas perlas inexcusables tiene la ciudad. La Semper Opera, también recuperada. El Augustusbrücke, puente que une las dos partes del río. La Residencia Real y la archifamosa Bóveda Verde. La Nueva Sinagoga, que reemplaza a la que fue atacada por una turba enfervorecida en la Noche de los Cristales Rotos de 1938. El Museo Albertinum, la iglesia católica Hofkirche, la barroca Kreuzkirche y el mosaico que ilustra el Desfile de los Príncipes, un pomposo mural de 100 metros de largo, compuesto por 24.000 azulejos elaborados en fábricas de la zona, afamadas por la calidad de la cerámica.



En tiempos navideños hay que recorrer los puestos típicos de dulces, figurillas, artesanía, mientras nos caldeamos con vino caliente, que, aunque no nos guste, habremos de probarlo acompañado por alguna de las salchichas que abundan por todas partes, una característica del país, tan reconocida como la cerveza o el strudel de manzana.



Como colofón de Dresde, el Zwinger, palacio barroco rodeado de jardines. Contiene la pinacoteca de la ciudad, Gemäldegalerie, con obras de Tiziano, Rembrandt, Giorgione, Andrea Mantegna, Rosalba Carriera, Durero, El Greco, Velázquez, Rafael.



La luz que ilumina a la “Joven leyendo una carta”, de Johannes Vermeer, alumbra igualmente nuestra mirada sobre la ciudad, y aunque fue pintada lejos de allí, no nos importa, sabemos que la llamarada del arte resplandece sobre la destrucción, las guerras y las contingencias humanas. Dresde nos enseña a buscar esa luz y algo de ella arde en nosotros.

Texto y fotos, Virginia


domingo, 25 de agosto de 2019

Dilemas




Por más que indagué, de poco me sirvió.

No supe si se alquilaba la casa o el perro.
Si eran cortinas o un simple telón.
Si había una lámpara o, tal vez, 
un cristal dorado por el sol del ocaso.

Ni siquiera que el perro fuera auténtico.




Texto y fotos, Virginia

viernes, 23 de agosto de 2019

Despiste







Ven a merendar, dijiste.

No llegué a tiempo,
me distraje con las paralelas del vecino,
las nubes y sus formas,
un Klein que encontré por los muros.








Texto y fotos, Virginia