lunes, 10 de agosto de 2026

Eclipse, octubre 1959

 

Tenía seis años y estaba en la escuela de mi abuela Hortensia (sentada y de negro). Salimos a ver el eclipse con trozos de cristales ahumados  aunque precisamente mi hermano Cristián y yo no tenemos ninguno en ese momento. Reconozco a Carmen Julia, Charo, Ana María, Pepe el Mudo, Conchita (con una mano protectora sobre mi hombro), Nicolás, quizás también Victoriano. 

Se fue oscureciendo, las gallinas dejaron de cacarear, un perro fue a dormir, no voló ningún pájaro. El silencio dominó el ambiente durante unos minutos, en lo que la luna, orgullosa de su hazaña, controló al sol, mientras mi madre aprovechaba para unas fotos con la Zeiss Ikon que mi padre usó con frecuencia en sus excursiones, antes de irse a Venezuela.

Entre la vecindad se oía mucho: "¡la fin del mundo, la fin del mundo!". No llegó a ocurrir, no, y nosotros seguimos creciendo con una imagen grabada para siempre.

Lo minúsculo de la Humanidad frente al infinito del Universo y sus prodigios inalcanzables.




Texto, Virginia
Esta foto salió publicada en el periódico que publicó el Museo de la Ciencia y el Cosmos de Tenerife, con motivo del Año Internacional de Astronomía 2009. 



domingo, 9 de agosto de 2026

Génesis

 

"Y dijo Dios: 

Que las aguas debajo del cielo 

se reúnan en un solo lugar 

y aparezca lo seco."




Foto, Virginia

 

El mar y el cielo aparecen 

para acompañar el abandono.



Texto y foto, Virginia

viernes, 7 de agosto de 2026




Un cáliz de sol frente al océano.

sábado, 1 de agosto de 2026

El Pris

 


En mis veranos infantiles no había bajamar ni pleamar,  sólo se hablaba de "la mar está llenando" o "la mar está vaciando". Y según fuera, nos bañábamos en los charcos repletos por la marea llena (como el Charco de los Muchachos), o bien en El Varadero, allí donde aprendimos a nadar mientras las pacíficas olillas veraniegas nos zarandeaban con timidez. 

Entretanto, barcas, remos y nasa se secaban al sol, algún barquero remendaba una red a la sombra del colgadizo de seña Mauricia y otro aceitaba una pandorga, enjaulado sin miedo en una semiesfera de hilos de cobre, en este caso cuando ya el sol trasponía por El Picacho.

Si la marea estaba vacía, quizás buscábamos agua salobre saliendo de algún agujero entre las rocas, cogíamos bucios y burgados, o nos entreteníamos con un peje verde que saltaba ligero de nuestras manos inexpertas.

La mar llenaba o vaciaba, poco más había. Y entre unos y otros flujos se deslizaba el tiempo, sin saber si algún día mi vida estaría llena o vacía, algo así como las mareas de la infancia.


jueves, 30 de julio de 2026

 

¿Será blanca la soledad?




martes, 28 de julio de 2026

Coranzulí para Nélida


Para considerar el movimiento sobre el azul agitó la cadenilla, deleitándose con la levedad pendular de la sombra.

Eran esas sutilezas sobre las que revoloteaba con frecuencia, vivaz como una mariposa sin destino.




Texto y foto, Virginia