Tenía seis años y estaba en la escuela de mi abuela Hortensia (sentada y de negro). Salimos a ver el eclipse con trozos de cristales ahumados aunque precisamente mi hermano Cristián y yo no tenemos ninguno en ese momento. Reconozco a Carmen Julia, Charo, Ana María, Pepe el Mudo, Conchita (con una mano protectora sobre mi hombro), Nicolás, quizás también Victoriano.
Se fue oscureciendo, las gallinas dejaron de cacarear, un perro fue a dormir, no voló ningún pájaro. El silencio dominó el ambiente durante unos minutos, en lo que la luna, orgullosa de su hazaña, controló al sol, mientras mi madre aprovechaba para unas fotos con la Zeiss Ikon que mi padre usó con frecuencia en sus excursiones, antes de irse a Venezuela.
Entre la vecindad se oía mucho: "¡la fin del mundo, la fin del mundo!". No llegó a ocurrir, no, y nosotros seguimos creciendo con una imagen grabada para siempre.
Lo minúsculo de la Humanidad frente al infinito del Universo y sus prodigios inalcanzables.
Texto y foto, Virginia