viernes, 28 de mayo de 2021

Tamargada, La Gomera

 

Un lugar de cuento. De cuento apacible, sin ogros ni brujas ni manzanas envenenadas. Un lugar en el que sentarte en cualquier rincón solo por ver pasar el día. Y no a las gentes, pues serán pocas las que transiten las veredas empinadas que recorren Tamargada. Si acaso unos cuantos turistas que ya querrán volver siempre a caminar por la isla, o un par de paisanos que hacen lo propio, todos extasiados con el sendero,  las pequeñas terrazas, las palmeras nuevas y viejas, las sabinas en las lomas cercanas. Con suerte nos podemos tropezar a un vecino que aún vive en la pedanía, en una casa pimpante y cuidada, dándole envidia a las que están medio o por completo abandonadas, alegrando el caserío con gatos, perros y gallinas sueltas. Con sábanas al sol, geranios de todos los colores y un banquito a la entrada.

Tamargada tiene nombre de mujer, sonoro, fuerte, que provoca gritarlo desde cualquier degollada isleña, así estuvieres lejos, solo por oírnos pronunciar un nombre evocador: “¡Tamargadaaa,  Tamargadaaa!” No aparecerá el caserío, no, ni tampoco te contestará, ensimismado en el transcurso del tiempo. Además, es posible que únicamente responda si sabes silbar, ese lenguaje gomero que es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad y que por fortuna ha vuelto a desarrollarse con fuerza desde hace unos años, evitando que tan interesante singularidad se pierda sin remedio.

Al borde de una vereda, arrimado a un vano gastado, el paseante contempla cómo serpentea el camino, dando entrada a una vivienda aquí y a otra más arriba, con cacharros como  macetas, una jaula oxidada a la sombra de un alpende, una piedra de lavar nostálgica de las manos que, animosas, restregaron ropa sobre ella. Las casitas de tejas árabes miran al mar y al Barranco de Los Zarzales, sus huecos cerrados ya no tienen quién se alongue a saludar o a sacudir un mantel.

O quizás esté yo algo equivocada y nos sonría una niña rubia desde un ventanillo. Rubia casi como una nórdica, no en vano circula por la isla la historia de un barco europeo (holandés, noruego, francés… no se sabe con exactitud) que tiempo ha llegó a las costas de esta zona de La Gomera, dejando semillas en las laderas de los barrancos, para mezclar lenguas, sangre, colores, costumbres. Historias parecidas que también se cuentan en Taganana (Tenerife) o en  Franceses (La Palma) y que a los isleños nos han ido conformando a través de los siglos.


La pendiente en que se sucede el pintoresco caserío no impone, más bien produce ternura y deseos de subirla y bajarla una y otra vez, con la ilusión de que un fisco de lo que nos rodea se impregne en nuestra sangre, quizás la agilidad para escalar un tronco o una forma sencilla de comunicarnos mediante el silbo.

Mientras deseamos unas y otras cosas, las palmeras, ajenas a nada que no sea el viento, las nubes o los pajarillos que dormitan entre sus vericuetos oscuros, mecen sus grandes hojas y cantan sutilmente: “¡Tamargadaaa, Tamargadaaa, Tamargadaaa!”, como un mantra ancestral.                                                                                                                                                                                  

 Texto y fotos, Virginia

 

 

 


martes, 25 de mayo de 2021

Quietud

Lleva muy bien lo de la distancia social. Con la ayuda del viento, se alonga al tejado y observa la calle. Aunque no pase nadie, no le importa, ya conversa bastante con los bichos de alrededor: mirlos, gorriones, lisas dormilonas, una coruja siempre atenta, un par de tórtolas y varios ratoncitos que suben ágiles por el tronco.

Y ninguno con mascarilla, sus jociquillos sanos no lo necesitan.


 Texto y foto, Virginia

lunes, 24 de mayo de 2021

El agua, a través de miles y miles de años, esculpe prodigios como este tramo del Barranco de Barafonso, en Gran Canaria. No sabes si acariciar la arenisca, besarla con devoción o pegar el cuerpo a ella, esperando te contagie algo de su belleza. Hagas una u otra, todas o alguna más, o quizás ninguna, la sola contemplación de una obra de arte escondida en uno de los innumerables barrancos que recorren nuestras islas, ya es una satisfacción.




Texto y fotos, Virginia

domingo, 23 de mayo de 2021

Como un minero del Yukón a la búsqueda del metal codiciado, alcancé la pared dorada. Mas no quise nada del oro que la cubría, el agua cantarina resultó el mejor tesoro.



Texto, Virginia

Foto, P. Cáceres

domingo, 9 de mayo de 2021

Drago de Agalán

 


 Si la sangre de los dragos es mágica, tendrá algo de los dioses. 

O al menos del dragón mitológico que cuidaba del Jardín de las Hespérides, el lugar al que acudió Hércules para recoger las manzanas de oro, uno de los doce trabajos que hubo de realizar el famoso forzudo de la antigüedad. Dice la leyenda que la sangre manchó en abundancia el suelo, de cuyas gotas nacieron los dragos. Esa savia roja a la que, desde tiempo inmemorial, se le atribuyen propiedades muy especiales, aprovechadas incluso por los guanches con diversos fines, como para el proceso de momificación (que con tanta sabiduría realizaban) o para usarla en ungüentos y pociones.


Con una copa perfecta, que se ramifica  cada diez o doce años, los dragos son una de las enseñas de la naturaleza canaria, alzándose en riscos y peñascos con una gracia y un poderío admirables. Son más abundantes en unas islas que en otras, siendo algunos ejemplares de tipo antrópico, es decir, plantados a propósito, no nacidos de forma espontánea.

Indudablemente, los famosos como los de Icod, Gáldar, Los Realejos o Buracas, nos impactan por su antigüedad, tamaño y siluetas perfectas, labradas siglo a siglo, mas no se quedan atrás aquellos que se encuentran inesperadamente en laderas de barrancos o colgados de vertiginosos acantilados.

Es el Drago de Agalán uno de los más soberbios que podemos contemplar, del que se dice tiene más de cuatrocientos años. Situado en el Barranco de Tajonaje (o de Magaña, cerca del centro de Alajeró) es el de mayor porte de La Gomera, elegante cerca del cauce, amo y señor del paisaje frente a los bancales, todo un padre que sabe de lluvias, veranos sedientos, gentes sufridas, labores poco gratificadas, dolorosa emigración.


En la vertiente de enfrente, algo más arriba, una coqueta casita, solitaria entre las huertas, lleva tiempo mirándolo con orgullo, es la única de todos los contornos que ostenta ese privilegio. Ella y el drago, ajenos a todo, seguramente se entienden bien, ya llevan tiempo en las cercanías.

Una, tímida, oteando al más reconocido ejemplar de la isla, sobre el horizonte marino y triangular que alcanza desde su fachada. El otro, descollando sobre ágaves, tabaibas, pencones, inciensos, palmeras, verodes, impone con su grandeza nada más vislumbrarlo de lejos, y mucho más si nos colocamos bajo sus ramas. De algún lado le habrá llegado el rumor de que figura en el escudo del municipio, un símbolo inequívoco del valor que tiene para los habitantes de la isla. Si por causas naturales llegara a morir, no sería extraño que también él recitara los famosos versos: "Es mi orgullo ser gomero y con ese orgullo muero".

El Drago de Agalán, un dragón hecho planta, será que, en efecto, procede de los dioses.


Texto y fotos, Virginia

 

martes, 4 de mayo de 2021

Mi gato III

Mi gato volatinero, el de los ojos de ébano y oro. Mi gato sedoso. El que entra en la alacena y registra el armario. El bicho selvático de andares lánguidos y maullidos de fiera. Mi gato maestro, jamás alumno, olfatea mi vida sin saber si le gusta o le molesta. 

Mi gato, tan gato, prodigioso como todos los gatos.


Texto y foto, Virginia



domingo, 2 de mayo de 2021

Dédalo, arquitecto en Cerdeña

 

Cuentan en Cerdeña que los enigmáticos nuraghes que andan regados por la isla, fueron construidos por Dédalo, el padre de Ícaro, atrevido joven que voló hacia el sol, toda una hazaña que nos cautiva, aunque sea una leyenda de las más irreales.

Arquitecto de renombre y constructor del laberinto donde el rey Minos encerró al Minotauro, Dédalo se cansó un día de los encargos del monarca y escapó primero a Sicilia y luego a Cerdeña. Aquí lo acogieron con magnanimidad, y en pago, Dédalo les enseñó a construir los nuraghes, adquiriendo los habitantes tanta práctica, que ahora se encuentran en gran número por todo el territorio sardo.


Cerdeña es una isla de playas paradisíacas, bruscos acantilados y grandes bosques. Pero lo que resulta ciertamente deseable, es ir encontrando nuraghes, uno aquí, otro en el pueblo siguiente, varios algo más lejos. Construcciones de bloques unidos sin argamasa, que forman, generalmente, un edificio troncocónico, como torres en medio del paisaje. De una edad alrededor de tres mil años, los nuraghes poseen un magnetismo propio, una atracción de la que no nos cansamos por muchos que veamos, existiendo más de 7.000 en toda la isla, de distintas altura y grados de conservación. Uno de lo más impresionantes es el Su Nuraxi, nominado Patrimonio de la Humanidad en 1997.

Estas construcciones, unidas a la armonía que aún conserva la isla en cuanto a paisaje, pueblos y ciudades, hacen que Cerdeña sea digna de ser recorrida desde Olbia -en griego significa “la dichosa”- con la cercana Costa Esmeralda (ya su nombre lo dice todo), hasta Cagliari, ciudad de coloreados edificios, sin olvidar Alghero, todavía con la huella de su pertenencia a la Corona de Aragón durante siglos.


Los nuraghes de Dédalo nos esperan para deslizar nuestras manos por su piel milenaria, sin importarnos si su origen es parte del mito o algo todavía por descubrir. Silenciosos en lo alto de una colina o en medio de un valle, nos invitan a pensar en todo lo que aún no sabemos.


Texto, Virginia

Fotografías de la red