domingo, 1 de febrero de 2026

Milagro






Durmiendo bajo tierra, pacientes hasta lo indecible, las semillas aguardan su momento. Pueden esperar años y décadas sin desmoralizarse. Cuando llega la lluvia y penetra en sus diminutos cuerpecillos, ocurre el prodigio. Se hinchan, toman fuerza, de la nada sacan raíces, tallos, brotes y, al fin las delicadas flores que nos ofrecen generosamente. Los campos antes yermos de Fuerteventura, brillan con los pequeños soles de relinchones y corazoncillos, el lila de los alhelíes o el añil de la viborina. Al pie o en las laderas de las antiguas montañas, la floración es un prodigio que emociona.






Las gavias, otrora marrones, se pueblan de verdor. Los barranquillos se olvidan de la arena y lucen con lo mejor de aulagas y matorriscos. Hasta los volcanes parecen reverenciar las simientes, transformadas ya en un manto de verdor que cubre el paisaje. Fuerteventura, matriarca isleña y sabia, vuelve a asombrarnos sin pretensiones de grandeza, únicamente con el poderío sencillo de las flores silvestres.







Texto y fotos, Virginia