Me quedo con el azul, trazo de cielo en la oscuridad.
Texto y foto, Virginia
De chiquilla subí unas cuantas
veces a la torre de la iglesia, la
valiosa iglesia de Santa Catalina Mártir. Algunas en compañía de Pepe el Cartero,
sacristán como fue luego su hermana Catalina, exquisita caladora y hacedora de
bellísimos ramos, de calas, rosas de pitiminí, gladiolos, flores variadas que
adornaban los altares del templo. Con ella transité rincones como la parte alta del coro, que
siempre estaba cerrada, la sacristía y sus tesoros de alhajas, manteles y
objetos sagrados. Más de una vez le ayudé a colocar los paños negros para tapar
las imágenes en la Semana Santa, a barrer y a limpiar el polvo de los bancos.
En otras ocasiones también
acompañé a mi hermano para tocar a misa, pues fue monaguillo durante un tiempo,
y precisamente con dicho sacristán aprendió los diferentes repiques necesarios
para cada ocasión. Si era solo “doblar” para los entierros, se podía hacer
mediante una cuerda desde el primer piso, para otra clase de toques había que
subir hasta el final de la torre.
Primero había que ascender la escalera interior de peldaños de madera que acababa en una pequeña puerta y un balconcito donde siempre hacía frío. De ahí se subían tres pisos más hasta llegar donde las campanas, por unos escalones frágiles, renqueantes, a punto de quebrarse. Seguía el frío, cuando no el viento, pues los cuatro lados de la torre tenían grandes huecos, era como estar a la intemperie.
Yendo hacia El Marañón se
vislumbraban las ventas de Rosa y seña Angela, un vistoso balcón canario y el
pino que vigilaba la calle. A lo lejos, el Teide, señor de la isla. Del lado marino,
los acantilados que impedían divisar la costa, acantilados de cuevas y oquedades
donde habitaron los guanches antes de la conquista castellana. Por la entrada de la iglesia, teníamos la
calle -y nuestra casa- hacia el El Cristo o La Estación, una bordeada de
acacias, otra de varias edificaciones con solera, como La Casona y algunas más.
Subir a la torre estaba
prohibido por su peligrosidad, pero ¿cuántas cosas hemos hecho en la infancia
aunque nos digan que no las hagamos? Pequeños e inocentes actos que nos hacían
crecer a ojos de nadie, solo a los nuestros.
La torre de Santa Catalina, vigorosa, bien sustentada, aguarda que vuelva a visitarla, ahora que han restaurado la iglesia y que el ascenso es seguro. Subiré hasta tocar el bronce de las campanas, sin las cagadas de las palomas, sin aquel frío de la infancia, sabiendo que mi madre me ve desde algún sitio donde seguramente sonríe, cavilando cuántas cosas hicimos sin que lo supiera.
Como subir a la torre y dominar todo
el pueblo, un privilegio que solo tenía algún monaguillo y su hermana en una
infancia sana y sencilla, en un pueblo tranquilo donde se jugaba en las calles
y los barrancos, sin horarios, miedos o inseguridades.
La torre de Santa Catalina, se
divisa desde lejos y yo, desde ella, divisaba mi mundo, el que contenía todo lo
imprescindible. Con él crecí y a él acudo de tanto en tanto, sabiendo de la
generosidad de sus recuerdos.
Dejamos el
coche en la misma curva de otras veces, en Vera de Erques, pero esta vez no
íbamos a Las Fuentes, ese paraje delicioso sacado de un tiempo perdido. No,
queríamos llegar a Los Granelitos (tal vez sea Graneritos), una casa abandonada
en lo alto de una loma.
Pegada a la
carretera, sigue estando la era con aljibe y lavadero, restos admirables de
días no muy lejanos. Avanzando un fisco por la vereda, se deja al margen un hermoso
horno de tejas (que podría conservar un estado perfecto si no fuera por un
trozo de pared derrumbada, ay, qué poco costaría recuperar esta muestra de
antiguos quehaceres) y algo más adelante se encuentra otra era,
adornada en un borde con una cruz de flores marchitas.
Viene luego
un corto repecho óseo con muretes a los lados. De una parte, la casa de
Montiel; de otra, un nuevo aljibe y tres piedras de lavar con un pequeño banco.
Unos metros después, se adivina un sendero descuidado, repleto de matorrales,
lo suficiente para obviarlo e ir a campo través. Se cruzan bancales arrumbados,
y conducciones de agua entre pedruscos, abundante matacán, jaras, retamas,
beroles, algunos pinos jóvenes y tabaibas reverdecidas.
Varias edificaciones sencillas, en línea, con huecos mirando al océano. Una
situación envidiable si no fuera por la distancia, algo que a nuestra cómoda
visión nos parece engorroso, pero muy usual en el pasado. El techo de tejas
todavía en pie cubre un recinto con piso toscamente empedrado y huecos
amarillentos y resinosos, debido a la tea que los recubre. Al lado, unos
puntales estoicos aguantan lo que resta de la techumbre, con pinta de ser
estancia de animales.
Mayor
refinamiento conserva una habitación amplia, casi lujosa para el lugar en que
se halla, de piedras esquineras, azotea con escalera ya inexistente, pisos y
techos de madera, un buen espacio donde pasar las frías noches invernales.
Cerca, yendo
hacia el Barranco Bicácaro volvemos a tropezar con otro aljibe, lavadero,
cuevas para animales, goros con paredes de piedra seca.
Me fascinan estos lugares aislados, inmersos en plena naturaleza, donde el
barro y la cal se amasaron para crear un ambiente habitable, el sustento era lo
con lo esencial, el agua, escasa, las comodidades mínimas, y el esfuerzo, de
una tenacidad infinita. El circo de Las Cañadas, detrás, lejos. El mar, al
frente, igualmente lejano. La gente, allí, en medio de todo y de nada.
Son estas
viviendas testigos silenciosos de una vida pegada a la tierra y a la lluvia, a
las estaciones, a las piedras de los caminos, a los barrancos y los árboles.
Las casas regadas por nuestra geografía isleña languidecen sin que les pongamos
la atención que merecen. Espacios que supieron de alegrías, amores, sacrificios,
enfermedades, vida y muerte, caen lentamente, a merced de la misma naturaleza
que los vio crecer y de la dejadez de quienes debiéramos mantenerlos.
Texto y fotos, Virginia
Aunque nos venga la imagen de un barco que enlaza La Gomera con Tenerife, Benchijigua es originalmente el topónimo de un vallecito abrigado y bucólico bajo el Roque Agando, antigua chimenea volcánica que domina una gran parte de la isla. Este roque, un pitón fonolítico que emerge con fuerza junto a otros de parecido rango, cuida con mimo este rincón, antaño tierras preferidas por los Condes de La Gomera debido a sus excelentes tierras de cultivo, regadas con aguas provenientes de los frondosos bosques cercanos.
Está catalogada la zona como Reserva Natural
Integral por los numerosos valores que contiene -como algunas especies
endémicas en peligro- pero aunque no conozcamos ninguna, nos bastaría con la imagen
idílica que nos regala nada más ir bajando por la pista de tierra mientras
zigzagueamos entre rocas, pinos, palmeras y monte verde. Benchijigua tiene una
atracción innegable, solo tenemos que ver las casitas zanquiadas aquí y allá,
un antiguo galpón que en un tiempo fue venta y bar, una presa más abajo, la
ermita de San Juan con una era cercana, las terrazas de cultivo casi todas
abandonadas y el verdor del valle cubriéndolo todo.
Y precisamente Benchijigua pertenece a la firma
noruega Olsen y Cía., familia afincada
en Tenerife desde principios del siglo XX, y andando el tiempo, dueños (después
de diversas vicisitudes largas de explicar) de toda la lomada de Tecina y otras
extensas propiedades en el sur de La Gomera. Entre ellas, el lugar al que nos referimos, con un rico
manantial que las ha dotado del agua necesaria para sus proyectos agrícolas y
más tarde turísticos. Así que Benchijigua, de nombre aborigen, palmerales
ondeantes que abrigan el caserío de postal y de portal, es gomero y extranjero,
lo que no quita para que, por fortuna, podamos regodearnos en uno de los
paisajes más genuinos de la isla colombina.
He leído que a mediados del s. XVIII tenía unos
diez vecinos, ahora los que tiene serán los que pernoctan en las casas
restauradas, esos que vienen de Chequia, Alemania o Austria, con la ilusión de
pasar unos días bajo el manto protector del roque. Dispuestos a subir y bajar
los tajos profundos que surcan la isla, como el aledaño Barranco de Guarimiar, escalar
La Fortaleza o humedecerse entre las frondas de la laurisilva.
La belleza de Benchijigua atrae desde antiguo
al poder y los negocios, esperemos que su nombre ancestral la proteja de la
especulación o el deterioro. Al menos el imponente Agando vigila como el mejor
de los guardianes.
Ocho mil años bajo tierra con los ojos
abiertos. Así estuvieron las esculturas de Ain Gazhal, a pocos kilómetros de la
capital jordana, siendo descubiertas en los años ochenta a raíz de unas obras.
Elaboradas con junco y yeso, nos miran
limpiamente sin rastro alguno del tiempo que llevan en la oscuridad. Con la
fuerza de unos ojos puros que nunca se cerraron, como criaturas recién nacidas,
parecen interrogarnos acerca de un mundo nuevo y desconocido. Sus torsos
burdos, agrietados y frágiles, conservan el toque de unas manos de hace
milenios, las que amasaron el yeso, las que incrustaron el bitumen del Mar
Negro, perfilando una mirada para la eternidad. Esa que nos conmueve cuando nos
la cruzamos.
Ocho mil años no son nada frente a unas pupilas
que nos contemplan con inquietante indiferencia. O tal vez sea con el
asombro de verse en un mundo al que ya no pertenecen.
(Estas estatuas antropomórficas, conservadas en
el Museo Arqueológico de Ammán, se consideran de las más antiguas en todo el
mundo que hayan sido elaboradas a semejanza humana)
Texto y fotos, Virginia
Los beduinos,
habitantes de ese espacio durante largo tiempo, ya no se asombran de los que
les rodea, para eso estamos nosotros, quienes vamos a Petra como en una
peregrinación necesaria.
Una
peregrinación de la que saldremos enriquecidos a la par que mudos. Muchas veces las palabras no llegan a explicar
toda la belleza. Es lo que pasa en la ciudad de Petra.
Texto y fotos, Virginia