El arriero viene cansado. Las mulas, sedientas. Al carro, cargado con salazones traídos de la costa gallega y lentejas y garbanzos de comarcas más cercanas, le chirrían las ruedas mientras avanza por el camino, a punto de cruzar el puentecillo que da entrada al pueblo. Las losas de la calle se pulen otro poco con el lento rodamiento y restallan al sol del atardecer.
El arriero comercia entre unos lugares y otros, y regresa después de muchos días alejado de su casa, deseando cruzar el portón y entrar en el patio de cantos rodados. Lo espera el frescor de las plantas, el perro de rabo inquieto, los dos gatos apostados al sol entre los barrotes del corredor de la parte alta. De la cocina sale un olorcillo apetitoso, a cocido contundente.
Con ganas come la carne, los garbanzos, la sopa. Se sienta luego un rato con su mujer a un lado del portón y ve morir la tarde roja, marrón, polvorienta, animada sólo por algún ladrido, un gallo cantarín y los rojos, blancos y verdes adornando puertas y ventanas.
Por fin descansa. Las mulas y el carro también.
Mañana será otro día en Castrillo de los Polvazares.