Entra en la casa abandonada y le sorprende su atmósfera luminosa. Alguien le dirá que fue habitada por la mujer más sabia de los contornos, la denostada bruja obligada al destierro.
Se fue lejos, pero la luz permanece.
Texto y foto, Virginia
Entra en la casa abandonada y le sorprende su atmósfera luminosa. Alguien le dirá que fue habitada por la mujer más sabia de los contornos, la denostada bruja obligada al destierro.
Se fue lejos, pero la luz permanece.
Texto y foto, Virginia
En las afueras de Villa de Leyva se encuentra un yacimiento arqueológico identificado como un sofisticado sistema de observación astronómica. Monolitos alineados que coinciden con los puntos cardinales y otros dispersos con forma fálica que podrían indicar constelaciones o estrellas importantes. Cuando llegaron los españoles fue objeto de destrucción, un hecho más en los múltiples que cometen los colonizadores, en su afán de soberbio dominio.
En un prado verde, con unos pueblecitos alejados y una cordillera imponente en el horizonte, el turista recorrió el lugar, admirado de la sabiduría de los indios muiscas. La duda con la que se quedó, es si los españoles destrozaron el sitio por ejercer su poderío y considerarlo satánico, o por envidia de ver los gigantescos penes mirando al cielo, sin rubor ante su tamaño desmesurado. La duda aún lo corroe.
Texto y foto, Virginia
(publicado en el Colectivo Internacional de Minificción, agosto 2026)
Tenía seis años y estaba en la escuela de mi abuela Hortensia (sentada y de negro). Salimos a ver el eclipse con trozos de cristales ahumados aunque precisamente mi hermano Cristián y yo no tenemos ninguno en ese momento. Reconozco a Carmen Julia, Charo, Ana María, Pepe el Mudo, Conchita (con una mano protectora sobre mi hombro), Nicolás, quizás también Victoriano.
Se fue oscureciendo, las gallinas dejaron de cacarear, un perro fue a dormir, no voló ningún pájaro. El silencio dominó el ambiente durante unos minutos, en lo que la luna, orgullosa de su hazaña, controló al sol, mientras mi madre aprovechaba para unas fotos con la Zeiss Ikon que mi padre usó con frecuencia en sus excursiones, antes de irse a Venezuela.
Entre la vecindad se oía mucho: "¡la fin del mundo, la fin del mundo!". No llegó a ocurrir, no, y nosotros seguimos creciendo con una imagen grabada para siempre.
Lo minúsculo de la Humanidad frente al infinito del Universo y sus prodigios inalcanzables.
"Y dijo Dios:
Que las aguas debajo del cielo
se reúnan en un solo lugar
y aparezca lo seco."
En mis veranos infantiles no había bajamar ni pleamar, sólo se hablaba de "la mar está llenando" o "la mar está vaciando". Y según fuera, nos bañábamos en los charcos repletos por la marea llena (como el Charco de los Muchachos), o bien en El Varadero, allí donde aprendimos a nadar mientras las pacíficas olillas veraniegas nos zarandeaban con timidez.
Entretanto, barcas, remos y nasa se secaban al sol, algún barquero remendaba una red a la sombra del colgadizo de seña Mauricia y otro aceitaba una pandorga, enjaulado sin miedo en una semiesfera de hilos de cobre, en este caso cuando ya el sol trasponía por El Picacho.
Si la marea estaba vacía, quizás buscábamos agua salobre saliendo de algún agujero entre las rocas, cogíamos bucios y burgados, o nos entreteníamos con un peje verde que saltaba ligero de nuestras manos inexpertas.
La mar llenaba o vaciaba, poco más había. Y entre unos y otros flujos se deslizaba el tiempo, sin saber si algún día mi vida estaría llena o vacía, algo así como las mareas de la infancia.