miércoles, 8 de noviembre de 2017

Disyuntiva





Hubo de reconocer que tenía pocas opciones: 

o entraba por el aro 

o se deslizaba por el precipicio

 hacia espacios ignotos.




Texto y foto, Virgi

martes, 7 de noviembre de 2017

Despaisajes

Despaisaje L


Sugestionada con el cambio climático, la chimenea se dedica a purificar el cielo.







Texto y foto, Virgi

domingo, 5 de noviembre de 2017

VOCES XXVII



¡A ver si por tantos jeringonces se te vira el buche! Que te lo tengo dicho, eres un tajul, te entullas a gofio,  te empericosas por esas chapas y luego llegas todo sorroballado  Ya lo sabes, después no quiero verte hecho un merdellón, que mira que tu padre te tranca presto. Y no vengas con que tienes jilorio, que cada poco me endilgas lo mismo, que hoy estoy levantisca y no quiero machangadas.



¡Ah, y ya que estamos, coge la guataca y vétete a sachar la huerta, que eres un galletudo repunante y no te gusta sino la papita suave! Llévate el balayo, y a la vuelta, tráeme un fleje de hojas de col pal potaje…ay, señor, qué jartita estoy y qué ganas tengo de que de la vecina me diga: “¿Y qué tienes hoy, Candelaria, que ni tuges ni muges”? Menuda sarpeta, siempre alongada al ventanillo, golifiando desde las claras y merdellona como ninguna.
Pero no, cuando no es una cosa es la otra, y aquí voy, jurungándome entre unos y otros, un día me dará un flato y a ver quién saca la casa adelante, con todos estos toletes sin fundamento.



Texto y fotos, Virgi



El Semáforo de Igueste























En reuniones familiares, mi padre solía contarnos acerca de sus excursiones de jovencillo, primero cuando era boy scout y luego con amigos, o bien solo, cosa que hizo en numerosas ocasiones. Conocía muy bien Anaga y Las Cañadas y le encantaba hablarnos de barrancos, guardas forestales, refugios y senderos diversos, en una época en que moverse no era tan fácil como ahora, aunque por fortuna, guardamos muchas fotos y otros detalles típicos del hombre minucioso y ordenado que fue, con sus apuntes de excursiones, diplomas de escultismo, inventarios y anotaciones de todo tipo.



Uno de los sitios que nombraba era el Semáforo de Igueste de San Andrés, al que fue varias veces y del que hablaba maravillas (situación, materiales, uso, construcción). Transcurrió un largo tiempo y mi padre ya no estaba con nosotros cuando lo visité por primera vez. Me pasé gran parte del camino de subida recordando sus historias de caminante y sentía cierta tristeza no haberlo hecho mientras vivía para poder contarle mi experiencia. Cuando llegué al edificio, sentí lo contrario, que mejor no supiera de su estado.



Sin ventanas ni puertas, el mástil caído, la vistosísima sala hexagonal pintada de graffittis y el techo medio derrumbado; los baños que fueron usados por personal de la Marina, con los azulejos destrozados, al igual que las cocinas y el resto de las habitaciones;  los variados pisos de baldosas hidráulicas, se adivinaban malamente entre los escombros, la basura y alguna enredadera salvaje.



Construido alrededor de 1885 para avisar al puerto de Santa Cruz de los barcos que se acercaban mediante telegrafía, así como con banderas a los propios buques, también tuvo mucho que ver la Casa Hamilton en la construcción de esta notable edificación, que estuvo en funcionamiento hasta los años setenta del siglo XX.


 Rodeado de un patio bien protegido, el Semáforo poseía dos aljibes y un horno en el exterior; un pequeño paseo de entrada hecho de losas labradas, así como todas las cornisas, jambas y adornos, realizados en tosca roja, que abunda en la zona. Otro asunto admirable es el camino carretero, hecho a pico desde el barrio de Igueste, en subida continua, atravesando numerosos diques y toba, con un canal por un lado que recogía el agua de la lluvia, evitando así los desperfectos de las escorrentías. Este sendero causa casi tanto asombro como el propio Semáforo y en las paredes se ven aún las marcas de las herramientas, manteniéndose incluso una parte de los muros recubiertos con cal y arenilla.
Es en definitiva, un paseo muy recomendable, que mueve a la curiosidad de saber más acerca de su fábrica, función y usos, sin perder de vista la relevante relación con la Casa Hamilton, tan fundamental en el devenir de Santa Cruz y de la isla en general, siempre con proyectos avanzados para el comercio y los negocios.

Lo lamentable es que, ahora que he ido ya tres veces, lo veo cada vez más deteriorado y no puedo evitar pensar en mi padre y su amor por tantos lugares de Tenerife, como para él fue el Semáforo de Igueste.




Texto y fotos, Virgi

18 febrero 2017

Pino Redondo







Se divisa la casa ya desde lejos, colgada sobre un altozano que pareciera podría echar a volar en cualquier momento, tan ligera se la ve allá en lo alto. Según nos acercamos, el frente luce variado y hasta moderno, con diferentes clases de piedra que le dan un atractivo distinto a otras viviendas que hemos visto en parajes similares.
Delante, a unos metros, como una pequeña nave espacial aparcada sobre unas piedras, un horno precioso, muy bien conservado, nos ve subir entre escobones, corregüelas y gamonas. Su abertura guarda memoria de manos y brazos ardilosos, y el caparazón de su cuerpo ha visto pasar cirros, cúmulos y estratos, lo han acariciado la brisa y el viento, la lluvia, la nieve y los luminosos cielos azules (como el que por fortuna nos tocó a nosotros). 

Este conjunto de un alto valor etnográfico, está a unas tres horas subiendo desde Vera de Erques, por un sendero que se prolonga hasta Chavao y Boca de Tauce, con vistas a la costa y La Gomera, bordeado de algunos pinos zanquiados,  granadillos, magarzas floridas, tomillos silvestres, reductos con vistosas tabaibas y unas muy elegantes cerrajas de porte arbustivo y tronco de ceniza brillante. Hay en los alrededores un par de eras, un aljibe donde reluce el agua, huertas, muros, alguna cueva medio derruida. Si desde el frente se divisa el mar, desde la trasera se ve la cumbre no tan cercana, y sobresaliendo, El Sombrerito del circo de Las Cañadas. 

La casa tiene un patio rectangular al abrigo del tiempo, todo cubierto de maleza y malas hierbas, maderas viejas, tejas rotas y un enorme y deteriorado bidón de plástico que no se explica cómo llegó hasta allí, repleto de basura, una muestra más de lo poco que valoramos nuestro pasado. Dentro, los cuartos mantienen el enjalbegado de las paredes y también  el cañizo de la techumbre, el piso de cemento lustroso y algunos restos de puertas. El establo (donde en épocas pasadas se arremolinaban decenas de cabras) es testigo fiel de pastos, leche, baifitos y cagarrutas bien formadas. Se conserva un dornajo enorme, sacado de uno de los pinos de los alrededores, al igual que las vigas que soportan las techumbres, largas, gruesas, desbastadas a mano hace tal vez dos siglos o más.

El lugar de Pino Redondo me repite la canción con que me atraen estos sitios, la música sutil– con ritmo apaciguado y espartano- de épocas pretéritas, de gentes forjadas en la naturaleza y su conocimiento, que sabían comprender unos códigos que ya nos resulta imposible descifrar.


Texto y fotos, Virgi


viernes, 3 de noviembre de 2017

El roble




Llovía finamente mientras la noche se alejaba. Salí del albergue y enfilé la senda, dejando atrás el lugar de Roncesvalles, allí donde las crónicas hablan de la emboscada sufrida por Carlomagno después de arrasar Pamplona.
Caminaba yo estrenando mi capa, contenta como cada vez que la lluvia me rodea, con el sonido discreto pero pertinaz de las gotas sobre el bosque y el frufrú del impermeable. Por una vereda estrecha entre la fronda, llena de charcos que debía salvar para no mojar las botas, iba alegre, viendo que en el inicio del Camino me acompañaba el clima apropiado para el momento, húmedo, con niebla y sin frío. El bosque, llamado también “robledal de las brujas”, reunía las condiciones mágicas para el deleite. En estas andaba, sorteando pequeños lodazales y algún tramo resbaladizo, cuando de pronto, a un lado del sendero, en un pequeño claro del bosque, se erguía majestuoso un roble, el mayor de los que había visto, impresionante en su solidez y en la estampa de serenidad que desprendía.


 Me quedé parada un momento, hechizada, tocada por algo que no supe definir, una sensación profunda que me conmovió hasta casi las lágrimas. Allí estaba, uno entre miles, susurrando con sus hojas una canción de vida y naturaleza. Me acerqué tímidamente, con un respeto ancestral, sintiendo que el árbol era más sabio que yo, más antiguo, más poderoso y también más humilde. Acaricié su corteza mojada, apoyé unos segundos la cabeza y me sentí en comunión con un ser a quien veía por vez primera, en medio del verdor y la lluvia, mientras el día clareaba y los peregrinos se empeñaban en su recorrido diario.


Algo le dije, agradecida de su presencia, y seguí adelante, sabiendo que el encuentro me había dado una energía extra. Pasé luego riachuelos y sus puentecillos, un antiguo crucero, prados mojados con vacas y caballos, caseríos adornados de blasones robustos, puertas enormes, más bosques y prados, y al final, entré en Zubiri por el Puente de la Rabia, animosa y segura, sentía que algo del roble venía conmigo, enriquecida de su fortaleza y dispuesta a afrontar lo que el Camino me ofreciera.



Texto y fotos, Virgi


Octubre 2017

Ensoñación





La Edad Media que estudié siendo adolescente, y que tanto me atraía imaginando un torneo, un escondite entre las almenas de los castillos o la espera del caballero desde alguna ventana ojival, con cortinajes pesados y quizás algo raídos, se me pone delante cuando visito cualquier ciudad o pueblo medieval. A decir verdad, esos pensamientos idílicos poco tienen de reales, en una época que fue de grandes privilegios para las clases altas, y vasallaje y penurias para el resto, aparte de guerras, epidemias y otras calamidades.
















Los lugares y personajes que empecé a conocer entonces (seguramente todo muy desvirtuado por la ideología de la época), se me quedaron muy grabados, supongo que como a cualquier otra jovencilla amante de historias y lecturas y con una imaginación que iba más allá de estos hermosos peñascos marinos.


Recorrer una callejuela bajo arcos, un estrecho puente románico, extasiarme en alguna portada de iglesia repleta de escenas bíblicas, cruzar un dintel de piedra con grandes y recios portalones o sentarme en la plaza mayor (aunque sea tan diminuta como en Beget) de algún pueblo… esos pequeños momentos, que por fortuna en un viaje se enlazan uno detrás de otro, me hacen aprender y crecer como persona. 



En un claustro leo la discusión que se alargó decenas de años acerca de si la catedral de Gerona era conveniente reedificarla de una sola nave o no. Más allá, me entero de cómo levantaron el Monasterio de San Pere o la manera en qué descubrieron el templo romano de Vic, asombroso en medio  del centro histórico. En un precioso pueblecito leo los nombres que aún perduran: Plaza del aceite, Plaza del vino, Plaza del pan. Silenciosamente, recorro el ábside románico de las iglesias o intento descifrar los capiteles. En un lugar alejado, cerca de los Pirineos, descubro que tiene un Cristo antiquísimo, casi bizantino, y aunque intento entrar en la iglesia, mis esfuerzos son vanos y he de conformarme con verlo en internet.


Ya en el hotel, invierto largo tiempo buscando información, datos, nombres de personajes, batallas, curiosidades que he ido anotando en el camino. El recorrido por todos esos lugares, me deja un deseo de saber más y me embriago recitando sus nombres: Santa Pau, Pals, Besalú, Monells, Peratallada, Beget, Ripoll, Vic, Hostalric, Rupit, Begur, Camprodón…con ellos me duermo y en el sueño, vuelvo a caminar bajo los soportales de las plazas, toco las aldabas con cabeza de león, acaricio las jambas de una puerta, me siento en el banco de un patio mudéjar, contemplo una columna romana o un letrero visigodo.

Lo mejor de estos viajes es que al despertar, puedo seguir soñando.



Texto y fotos, Virgi

14 abril 2017