viernes, 3 de noviembre de 2017

La medida del guanche


Existe en la Montaña de la Medida, en las inmediaciones de Guayero, un relieve en el suelo que, según las crónicas, era un “medidor” de la estatura de los guanches. Como en situaciones anteriores ya conocidas de primera mano (por ejemplo, los dameros de La Centinela, la estación de grabados de Ifara, la Piedra de los Valientes, el tagoror de Teno), asombra y entristece que estos valiosos restos estén así, descuidados y con nula protección.



Para ver este relieve, hube de buscar con ahínco la localización y el camino posible, pues no tiene ningún tipo de señal, cosa por otro lado comprensible al no estar protegido; pasé horas mirando, leyendo, comparando datos y recorridos de otras personas por las inmediaciones. Incluso yo misma había estado muy cerca tiempo atrás con un grupo de excursionistas, antes de conocer su existencia. El día en que lo encontramos, me parecía imposible que aquella especie de cista llevara allí varios siglos y que fuera una muestra más de nuestros antepasados. No me atreví a meterme dentro y comprobar mi estatura; no porque el relieve pudiera testificar algo que no me complaciera, como que a mi estatura le faltaba bastante para parecerme a ellos o que quizás por el contrario, las marcas delataran un cuerpo mucho más pequeño que aquel que nuestro romanticismo histórico nos ha hecho imaginar acerca de los guanches, sino por un respeto ancestral  a este espacio ritual y seguramente sagrado para ellos.


El prestigioso Dr. Bethencourt Alfonso (1847/1913, médico, historiador, etnógrafo, rastreador empedernido de todo tipo de huellas aborígenes, humanista terrateniente del sur de Tenerife, que dedicó gran parte de su vida a estudiar las poblaciones prehispánicas y la influencia de estas en la tradición oral después de la conquista), describe así este punto de interés histórico y arqueológico:
“En una lomada de Guayero de la jurisdicción de Chasna y sobre un suelo rocoso de cantería, hállase desde tiempo inmemorial el trazado en relieve de una persona conocida como la Medida del guanche. Esta especie de bajo-relieve sobresale como unos 0,23 centímetros, a todas luces grabado con piedra que hizo el oficio de cincel o piqueta, con la particularidad de que la cabeza está representada por una depresión o séase su molde, situado sobre un plano algo más elevado que el resto de la superficie; dicho molde representa con exactitud la forma de la cabeza”


Habla luego de varias particularidades, también de la existencia en otros puntos de la isla de relieves similares a este de Guayero (Granadilla o El Escobonal), en el libro Historia del Pueblo Guanche, tomo I, cap. II, editado con gran acierto y muchos desvelos –le supongo- por Francisco Lemus en 1991.


Después de un rato sentados cerca, bajo unos pinos cuyas agujas parecían silbar alguna cancioncilla desconocida, creada solo para acompañar a quienes, alguna vez, frecuentaron la Medida del Guanche en tiempos pretéritos, emprendimos la marcha, dejando allí, en aquella chapa soleada, unas marcas casi eternas, mirando al sol y a la luna, al viento y a la lluvia, elementos que seguramente guardan algún secreto que no nos es dado conocer.

  

Texto y fotos, Virgi

23 abril 2017



Fascinación


La vida se despliega en sitios insospechados.


Texto y foto, Virgi

jueves, 2 de noviembre de 2017

Santa Cristina de Lena, Oviedo


Una de las más cautivadoras iglesias que he visto, ha sido Santa Cristina de Lena, en las afueras de Oviedo. Llegamos allí una mañana temprano de septiembre, cuando aún los perros de los contornos no se atrevían ni a ladrar. La pequeña cuesta que sube hasta la iglesia estaba húmeda por el rocío y las hierbecillas brillaban tímidas al sol incipiente. En lo alto de la pequeña loma, como una ofrenda, se hallaba el pequeño edificio, oteando los páramos de alrededor, en la certeza milenaria de que siempre habrá alguien que la visite, sea cual sea la razón para hacerlo. Mas, ¡cuál no fue mi disgusto al verla cerrada! A pesar de que sabíamos el horario oficial de apertura, allí estaba bien trancada la puerta diminuta. Sin embargo, al lado, sobre el césped, había una serie de objetos dando señas de que en un par de horas se celebraría una boda, pero era un tiempo excesivo con el que no contábamos.


Fue  de esos momentos en los que crees que poniendo todas las energías para que algo suceda, podrá realizarse… ¡pues así mismo ocurrió! No había pasado ni media hora (ya nos sabíamos los contrafuertes, los ventanucos, las cornisas),  cuando apareció la sacristana, llave en mano, para ultimar los detalles de la ceremonia, mientras andaba pensando que en un sitio así, también  me casaría yo sin pensármelo mucho. Abrió la puerta y pudimos entrar en el espacio estrecho y sombrío, con más de once o doce siglos de historia.


















Considerada una de las obras más importantes del prerrománico asturiano –como San Julián de los Prados, Santa María del Naranco y san Miguel de Lillo, que también tuvimos ocasión de visitar- , no se sabe con certeza su fecha de edificación, pudiendo ser de origen visigodo (s. VII/VIII), aunque con más certeza de la época de Ordoño I (850-866). Lo cierto es que tiene un valor enorme, por lo que fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1985.

Según la web Arteguía: Lo primero que llama la atención de Santa Cristina de Lena es la absoluta y perfecta simetría de sus volúmenes cúbicos exteriores, los cuales, unidos a los contrafuertes prismáticos que articulan sus muros exteriores, justifican al cien por cien el popular apelativo de "la iglesia de las esquinas", con la que es conocida.

Estando dentro, te rodea una serenidad especial; el silencio del lugar, el colorido gris de la piedra, la escasa luz que entra por los ventanillos estrechos…todo contribuye a que nos invada una atmósfera profundamente espiritual. Tiene esta iglesia varias peculiaridades que había leído antes de verla y que llaman mucho la atención, como el iconostasio con preciosas celosías, la tribuna, la cancela con motivos visigodos, una simetría perfecta, el ábside cuadrangular.
Nos fuimos de allí plenos de gozo, valió la pena el desplazamiento y la espera, fue como entrar en un pequeño cofre, aislado en una colina, dispuesto con humildad para disfrutarlo sin algarabías, con un millar de años bajo el tejado y otro millar de historias escritas entre sus piedras.




Texto y fotos, Virgi 

11 mayo 2017



Camino de la Plata, Gran Canaria

Con seguridad, la obra más importante y bien conservada que tenemos en las islas, en relación a las antiguas vías de comunicación, es esta del Camino de la Plata. Gracias a la aportación de un terrateniente emprendedor del sur de la isla, Antonio Yánez,  quien vio la necesidad de facilitar el tránsito por el camino que unía San Bartolomé con el centro de la isla, se pudo comenzar su construcción a finales del s.XIX.




La obra consistió en diseñar un recorrido que acortara el antiguo camino por Ayacata (mucho más largo y dificultoso), realizando una calzada sustentada en fornidos muros, que zigzaguean varios cientos de metros, salvando de forma exquisita el llamado Paso de la Plata; gracias al práctico diseño, poco menos que incrustado en las rocas imponentes, vamos viendo el paisaje a nuestros pies, por un sendero que alcanza a ratos los dos metros de ancho, encajado con una inteligencia admirable. Me maravilla esta obra, tan natural como el propio risco donde se ancla. Los muros que aguantan el camino son recios, como la gente que los hizo; los bloques de distinto peso y forma se unen sin ningún tipo de argamasa, pura construcción de “piedra seca”, mismamente como imagino a los obreros que la hicieron, sufridos y sacrificados en tiempos duros.


Los guijarros que componen el empedrado, humildes bajo nuestras botas, llevan allí un siglo largo, impasibles, cumpliendo su función sin quejarse. Han visto pasar, arrieros y bestias de carga, cabreros con sus baifitos o pastores de ovejas, gangocheras, peregrinos pagando una promesa (el camino también se llama de Santiago, pues une los dos pueblos que lo tienen por patrón, Gáldar y Tunte) y gente de toda clase y oficio. En épocas en que el trueque era algo fundamental, el camino allanó las dificultades para el intercambio de frutas, aceitunas, palma, carbón, almendras y otros muchos productos que eran básicos en esos tiempos.


Viniendo desde los Llanos de la Pez (llamados así porque después de la conquista los “pegueros” sacaban la pez o brea de los pinos para calafatear los barcos), el camino es agradable, bajo un pinar abierto que asciende suavemente hasta la Degollada de los Hornos (quizás deba su nombre a los hornos donde se quemaba la brea); ahí comienza a llanear, pero nos desviamos un poco para asomarnos a la Ventana del Nublo, un arco rocoso desde donde se contempla el Roque Nublo y a lo lejos, el Teide, una escena inolvidable por su espectacularidad. 



Volviendo a la senda, se sigue entre pinos un rato hasta llegar a los Llanos de Pargana (cerca, las casitas de Cho Flores, que nos olvidamos de visitar, será la próxima), un trozo abierto y seco, un roquedal casi plano donde comienza el Paso de la Plata, ese pedazo de ingeniería popular que llevaba tiempo queriendo transitar. Es aquí donde el lugar se apropia de mí, y miro las piedras, acaricio algunas, me asombran otras, contemplo las paredes sobre el risco vertical, y el inmenso Roque del Puntón, mientras en un par de charcas casi colgadas del precipicio, luce un poco de agua canelosa (los Charcos de Cho Flores, el de las casas que no vimos), haciéndole la competencia a la Presa de Chira, lejana y tristemente también medio vacía. 



El sendero me recuerda a un paseo por la Via Apia, sin cipreses, pero con bejeques, tajinastes, lavándulas, cerrillo, salvia de preciosa flor granate, piteras elegantes con luminosos amarillos y más abajo, almendros, muchos almendros. No fue hecho por los romanos, pero tampoco tiene que mucho que envidiarles, no, las piedras siguen afianzadas como el primer día, el risco cercano parece mimar el recorrido y las curvas están trazadas tan acordes al medio, que no sé cuándo y cómo fue que le perdimos el rastro a lo que nos rodea, a la generosa naturaleza que abraza enamorada un trabajo como este. Igual yo, extasiada a cada paso con la sabiduría que emana de las piedras y de las gentes que las colocaron.








Texto y fotos, Virgi

Julio 2017

Empecinamiento



Obcecado con las rejas, 
no repara en otras posibilidades.



Texto y foto, Virgi

Mi padre




Cerca de mi padre siempre había un atlas, un diccionario, una lupa, un metro, una regla, una enciclopedia, un lápiz bien afilado, un bolígrafo rojo, otro azul, un reloj. Lo mismo jugaba solo al scrabble  que hacía un croquis perfecto de algo –posiblemente irrealizable- que tenía en la cabeza y a lo que le daba mil vueltas. Si un día salía a colación alguna de sus palabras “infinitas” (término que le acuñó mi hermano cuando tendría ocho o nueve años), debíamos buscarla en el diccionario, y si tenía relación con un lugar, también nos lo enseñaba en el atlas. Gustaba de colocar fechas y datos en todo lo que hacía, con un esmero y unas proporciones tan completas, que nos parecía demasiado exagerado y suspirábamos sin que se diera cuenta, hartos de su perfeccionismo alemán.




Cuando hace un tiempo encontré su libro de jugadas solitarias (otras veces lo hacía con nosotros), volví a asombrarme del vocabulario inmenso que manejaba, y como era capaz de entretenerse en soledad, sacando las fichas de la bolsa e intentando mejorar la jugada con ayuda del diccionario. Palabras que nunca había oído me las enseñó mi padre: retrechero, sabanear, zahones, alañar, pelafustán, baqueano, faramalla, vocinglero…y tantas otras que tendría que ponerme a buscarlas con detenimiento sin que –aún así- alcanzara a conseguirlas todas; si en algún momento yo las usaba, reía a carcajadas, con su risa franca y ruidosa.
Una tarde que entré mientras leía algo, me preguntó a bocajarro: “¿Tú sabrás quién está en los billetes de dos mil pesetas, no?” Pues no, no solo no lo sabía, sino que no me había fijado en el recién emitido billete. No me volví a olvidar nunca de Celestino Mutis, botánico, médico, sacerdote, geógrafo, que observaba con lupa una mutisia, en aquellos billetes rosados de los años noventa.
Debió ser mi padre un boy-scout ejemplar, minucioso, ordenado, cívico, amante de la naturaleza y del deporte (¡ah, su Balneario con las partidas al frontón o los juegos en la piscina y en el mar!) que consiguió diversos títulos: zapador, cordelero, señalero, agrimensor, escribiente, enfermero, guía, fotógrafo… En sus cuadernos de scout, primorosamente escritos y encuadernados, brilla el chiquillo que sería el padre estricto y amante del conocimiento que más tarde tuvimos.




Seguramente fueron esos años de sombrero de fieltro -que aún conservamos-, pañuelo al cuello e insignias colocadas en el lugar correspondiente, los que forjaron al excursionista sin cansancio, que lo mismo recorría los montes de Anaga, que subía al Teide (en una treintena larga de ocasiones) saliendo desde Tacoronte o andaba por las Siete Cañadas saboreando el rumor del lapilli bajo sus botas, como tantas veces nos decía. Solo o acompañado, tiene mi padre numerosas fotografías de esa época, y allí está siempre sonriente, atlético, con poco abrigo, y la mochila que también andaba en algún armario.




Mi padre, del que guardamos tantos recuerdos y anécdotas, que de cuando en cuando me pongo a escribirlas, tal vez queriendo pasear junto a su vida de caminante, cosa que nunca pude hacer.


Albedrío


Sin haberle dado permiso, anda mi sombra por los caminos, soleada en la negrura, recortada en el volcán. Camina sola y no me espera, recorre barrancos y veredas, frondas y repechos. Va y viene vaporosa, algo arisca y con sus caprichos: que si agua, que si brisa, que si olas, que si nubes.
Ella sabrá, no respondo de sus actos.



Texto y fotos, Virgi