
Imagino que pudo haber sido así el origen del mundo, una marea barriendo islas y continentes, para ajustarse entre los espacios sólidos, un bloque infinito de agua buscando su sitio. Ahora, una ola poderosa, cargada de escombros, negra y silenciosa, con coches y barcos que se hunden como cáscaras de pistachos en el líquido amniótico de la madre tierra, ha barrido con pueblos, carreteras, ciudades, prados, campos.
Un líquido que avanza y avanza, decidido, cruel, tal vez vengativo. O quizá no, quizá sea el paso normal de nueve centímetros de placa terrestre deslizándose sobre otra placa, allá abajo, casi en el centro de nuestro maltratado planeta.
Hoy es en el otro lado del mundo, pero no por eso dejo de imaginar niños sin familia, ancianos engullidos, jóvenes que paseaban por la orilla de un río y pasajeros de un tren desaparecido bajo los desechos, bajo la tierra que se mueve, bajo la ola impávida que camina, segura de lo que debe hacer y adonde ha de llegar.
Hoy es lejos.
Y hoy también es cerca, ahí, un poco más allá, donde alguien bien pertrechado, creyéndose luz y padre de los suyos, los masacra mientras sonríe.
Aquí no hay una marea de escombros. Hay bombas y cuchillos, armas y traición. La revolución se convirtió en soberbia, poder y riqueza. La miseria anida entre el polvo de las calles, las medinas no guardan bellezas ni perfumes de leyenda y pocas niñas van a la escuela. No hubo aquí ningún movimiento tectónico, solamente el pueblo que lucha por vivir. Por vivir, sí.
Lejos, cerca, hoy, ayer, mañana.
La humanidad avanza a duras penas. Si no es la tierra que evoluciona mal que nos pese, seremos nosotros, los humanos, los que volvemos a las cavernas, a los gurús y a la barbarie.
Mañana, que llegue la primavera, cerca o lejos, pero que florezcan los olivos, los cerezos, las sonrisas de los niños.
Un líquido que avanza y avanza, decidido, cruel, tal vez vengativo. O quizá no, quizá sea el paso normal de nueve centímetros de placa terrestre deslizándose sobre otra placa, allá abajo, casi en el centro de nuestro maltratado planeta.
Hoy es en el otro lado del mundo, pero no por eso dejo de imaginar niños sin familia, ancianos engullidos, jóvenes que paseaban por la orilla de un río y pasajeros de un tren desaparecido bajo los desechos, bajo la tierra que se mueve, bajo la ola impávida que camina, segura de lo que debe hacer y adonde ha de llegar.
Hoy es lejos.
Y hoy también es cerca, ahí, un poco más allá, donde alguien bien pertrechado, creyéndose luz y padre de los suyos, los masacra mientras sonríe.
Aquí no hay una marea de escombros. Hay bombas y cuchillos, armas y traición. La revolución se convirtió en soberbia, poder y riqueza. La miseria anida entre el polvo de las calles, las medinas no guardan bellezas ni perfumes de leyenda y pocas niñas van a la escuela. No hubo aquí ningún movimiento tectónico, solamente el pueblo que lucha por vivir. Por vivir, sí.
Lejos, cerca, hoy, ayer, mañana.
La humanidad avanza a duras penas. Si no es la tierra que evoluciona mal que nos pese, seremos nosotros, los humanos, los que volvemos a las cavernas, a los gurús y a la barbarie.
Mañana, que llegue la primavera, cerca o lejos, pero que florezcan los olivos, los cerezos, las sonrisas de los niños.

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