
Estuve en Sicilia hace unos años. Era verano y la isla desprendía un calor de volcán. Con Nicolás de Staël rememoro los mosaicos dorados de Monreale, los campos heridos por el sol de agosto, marrones, yermos. Y en lo alto de Segesta, el templo, sereno y abierto al cielo, donde se acunaba el mediodía ardiente.
Sola, con el canto de las cigarras, y un verdor inesperado de pinos en la lejanía, me senté a la sombra de las columnas dóricas. Algunas lagartijas corrían tímidamente entre las piedras y los siglos.

Abajo, detrás de una loma, esperaba el teatro, divisando el mar, con esa sabiduría que los griegos imprimieron a sus construcciones. El aislamiento y el silencio del templo me conmovieron. Tal vez era éste el panorama que el pintor vió cuando yo aún no había nacido, rojos de fuego, amarillos de oro, negros de batallas, violetas de muerte. En el horizonte lejano, se destacaba una línea difusa, el Mediterráneo de nuestros comienzos. Sobre la colina, un templo. Incólume, tras las batallas, las ciudades, los siglos, los ritos.
Ritos como el del nadador, lanzándose firme al vacío. O las ciudades, como Agrigento, piedras y dioses, gigantes dormidos. Y Selinunte, casi bañada por el mar africano. Recorrí lugares al peso del sol, pueblos recónditos y dormidos, paisajes donde veía a las
mujeres solas, tan solas aún, y a Visconti, en los campos infinitos del Gatopardo.
Mis ojos reconocen en la pintura algo de esa isla que conocí en parte. Los colores reverdecen los recuerdos y en los trazos, veo las líneas que fueron dejando los pobladores de un lugar espléndido, cimentado entre la lava y el mar, lugar de paso y de arraigo, azotado por las inclemencias de la tierra y de los hombres. Una isla seductora, plagada de tesoros y abandonos.
Nicolás de Stael, Sicilia, 1954Museo de GrenobleTemplo de Segesta
fotografía de la red,
grabado s.XVIII