viernes, 10 de junio de 2011

Voces IV



Me puse el batilongo y las chancletas y me alongué al balcón.
La calle estaba solitaria. Más allá, en el paseo, unos cuantos tortolines, muy cumplidos y curros, se entretenían debajo de un zapotero umbroso. A lo lejos se oía un sirinoque, un amolador afilaba cuchillos ferrugientos y navajitas sin filo.
Pasó un pescador, en la barqueta iban viejas, alfonsiños y catalufas.
Uno de los macharengos, medio majalulo, por hacer parigüetas fue dando bandazos, tropezó en el veril y se estampó contra un fotingo.
En el chaplón de la casa, dos firringallos chascaban cotufas, al soco del veruje.


Cerca, un chiquillo medio galletón y desinquieto, con las canillas llenas de murras, le dió por aperruñar a un perro, que no sabía cómo zafarse.
Con tanto guineo, la tarde se me pasó en un intre. Se fajaban los últimos rayos de sol entre las clareas de las nubes y una coruja voló hasta el acebiño del jardín. Acotejé mis cosas y me largué pal’ catre.






Fotos Virgi

domingo, 5 de junio de 2011

Gestos


Me llegó la brisa cuando agitaban sus manos.
No hubo que bajar el dedo gordo, tal cual los romanos en el circo, no, con un cruce de muñecas en alto, se entendía el desacuerdo. Tampoco oí gritos en contra de algo o alguien, giraban las manos una con otra. En alto. Siempre. Sin prisas, sin pausas, sin querer que otros los organicen, sin querer argumentos ya vistos: un reconocimiento, el nombre de una calle, una escultura a su desvalimiento, un nuevo partido político.
Éramos miles y seguramente muchos más miles que no los aprueban. ¿Qué importa? Haber cambiado esos tres códigos ancestrales representa un cambio sustancial, una apariencia que va tan lejos como quieran. Las flores no salen en un día, llevan tiempo forjando sus aromas y sus brillos.




Y si la brisa sale de manos jóvenes, de manos maduras, de manos con lunares, de manos gastadas, se puede convertir en un viento que se lleve algún trozo de la mezquinad que nos rodea. No seré yo quizás quien lo saboree. Demasiada banca, demasiada corrupción, mucha policía que dijo el cantante, en contra de la brisa silenciosa que refresca nuestras mentes.
Entre lonas, plásticos, garrafas de agua, puertas viejas, cuerdas y cables, se gesta una conciencia nueva, con sus deserciones y sus traiciones, integrándose muchos, también, normal, así somos. Pero de la creatividad de los gestos, del campamento efímero con biblioteca, cocina, huerto, enfermería, a los pies de Carlos III, fluye un manantial imparable, un riachuelo transparente en un mundo contaminado.





Fotos Virgi

martes, 31 de mayo de 2011

Sol





































Fotos Virgi

viernes, 20 de mayo de 2011

Regalo



Tengo un regalo:
“una cajita bordadita con una flor”
“un arpa”

¿De dónde saca una criatura de cuatro años este obsequio?
Habla de un arpa como si viviera en una orquesta y de bordar como si fuera una niña de mi época. No importa, de algún lado lo trae y me lo regala.
La caja es grande, el arpa pequeña.
La flor es luminosa como un sol, el arpa, una carretilla que suena.
La caja tiene asas, “para cuando quieras cogerla”.
El arpa se oye “si aprietas el rojo o el verde”.
Tampoco importa, ya me hizo una ballena que cabía serena y risueña en una hoja.
La flor es cuadrada ¿qué más da? A mí me llega su aroma junto a los arpegios dorados.
Me han hecho un regalo.
Música, colores, olor de infancia abierta al mundo, esponja dispuesta a absorber la vida con los párpados diáfanos, renovando nuestra esperanza.


Dibujo de C. L. H., 4 años

domingo, 15 de mayo de 2011

Código

entre la niebla



un brillo



una señal



un código primigenio



leído sólo por las aves



Fotos Virgi

miércoles, 4 de mayo de 2011

Presagio


se ríe la gárgola de mis desdichas



la nube solitaria



y los reflejos de la tarde
me guiñan algo que no entiendo



es la primavera
que se deshace



y el verano
entrando
tímido
por una esquina



Fotos Virgi

sábado, 30 de abril de 2011

Pupila y palabra XXIII


 Costumbre


 Es feliz el loro alejado de la jaula.
Ha logrado abrir la puerta y escapar de los barrotes. Con la sorna que lo caracteriza, observa en la distancia la puertecilla.
Sabe que, o remonta rápido el vuelo, si es que recuerda aletear, o la comodidad de la rutina lo imantará nuevamente al lugarcillo donde estuvo.
Observa.
Dentro, sus necesidades están cubiertas. Mantiene incluso, raras conversaciones, repetidas sin fin con otros animales, obsesivos y extrañamente sonrientes.
Fuera, el cielo lo llama, las ramas lo abanican, vuela sin fin. Pero ya no sabe encontrar semillas, beber de los manantiales, mojarse en los arroyos. La vida es dura, piensa.
Indeciso, revolotea una y otra vez en torno a lo conocido.

Y vuelve a la jaula.






Cornelius Biltius
Loro fuera de su jaula, 1660
Colección privada, Alemania