Me puse el batilongo y las chancletas y me alongué al balcón.
La calle estaba solitaria. Más allá, en el paseo, unos cuantos tortolines, muy cumplidos y curros, se entretenían debajo de un zapotero umbroso. A lo lejos se oía un sirinoque, un amolador afilaba cuchillos ferrugientos y navajitas sin filo.
Pasó un pescador, en la barqueta iban viejas, alfonsiños y catalufas.
Uno de los macharengos, medio majalulo, por hacer parigüetas fue dando bandazos, tropezó en el veril y se estampó contra un fotingo.
En el chaplón de la casa, dos firringallos chascaban cotufas, al soco del veruje.
La calle estaba solitaria. Más allá, en el paseo, unos cuantos tortolines, muy cumplidos y curros, se entretenían debajo de un zapotero umbroso. A lo lejos se oía un sirinoque, un amolador afilaba cuchillos ferrugientos y navajitas sin filo.
Pasó un pescador, en la barqueta iban viejas, alfonsiños y catalufas.
Uno de los macharengos, medio majalulo, por hacer parigüetas fue dando bandazos, tropezó en el veril y se estampó contra un fotingo.
En el chaplón de la casa, dos firringallos chascaban cotufas, al soco del veruje.
Cerca, un chiquillo medio galletón y desinquieto, con las canillas llenas de murras, le dió por aperruñar a un perro, que no sabía cómo zafarse.
Con tanto guineo, la tarde se me pasó en un intre. Se fajaban los últimos rayos de sol entre las clareas de las nubes y una coruja voló hasta el acebiño del jardín. Acotejé mis cosas y me largué pal’ catre.
Con tanto guineo, la tarde se me pasó en un intre. Se fajaban los últimos rayos de sol entre las clareas de las nubes y una coruja voló hasta el acebiño del jardín. Acotejé mis cosas y me largué pal’ catre.
Fotos Virgi

