viernes, 28 de noviembre de 2014

Efervescencia



Sube al tranvía, va casi vacío y se sienta junto a la ventanilla. 
Por el cristal ve pasar, casas, árboles, coches, bicicletas, perros, niños, ancianas. A cada uno le pone un nombre, inventa una historia. Tiene un don inusual y prodigioso. 

















Pero cuando baja y pisa la calle, todo lo que ha creado, desaparece, ya no podrá recordar cada una de las vidas que ha imaginado, sólo el movimiento le da la llave que articula su mente.

Para mantener ese don, ha de viajar eternamente.







Fotos y texto, Virgi
(Görlitz, Dublín, Edimburgo, Lucca, Arezzo)

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Confianza



Amanece y las nubes dicen que hoy lloverá. 
Ajeno a los anuncios, se viste ropa ligera y sale a la calle. 
Hace frío y del cielo gris caen unas gotas. Su misión ya sabe cuál es, ir a contracorriente, no puede fiarse sólo de indicios como hacen los demás. Su piel le dice que hará calor y allá va, protegido con sus creencias.
Cuando en la esquina un chaparrón casi lo tumba, sigue impávido, sin arredrarse, bien se habla a si mismo de que todo son apariencias.
En la siguiente manzana intenta saltar un vado, pero resbala y se cubre de fango. Una vez más, continúa con la cabeza alta, entre paraguas, impermeables y charcos cada vez mayores. 
Su seguridad lo lleva al borde del barranco, donde ya corre un buen caudal. Sonriente, ninguna señal es suficiente. Como un niño sin conciencia, baja una veredilla y se acerca a tocar el agua. Sonríe, ¡bah, un hilo apenas!

Nada lo salva, el agua lo engulle mientras su confianza se ahoga entre el barro, las piedras que rebotan y el agua tumultuosa.


Fotos y texto, Virgi

martes, 11 de noviembre de 2014

domingo, 2 de noviembre de 2014

Propósito

Miras a un lado.




Miras al otro.




Sólo por sentir su piel
de algodón y nieve,
quieres alcanzar las nubes.




Aún no sabes
que todas las salidas
están tapiadas.



Fotos y texto, Virgi

jueves, 30 de octubre de 2014

Pupila y palabra XXXIX

A orillas del Tajo


Distinguido y algo rebelde, Robert Blum pintaba escenas orientales en su NY natal, con un dominio celebrado en los círculos donde se movía y dentro del interés que paralelamente, en Europa, mostraban por las estampas japonesas pintores como Van Gogh, Monet o Whistler.

Miembro de la pequeña burguesía y de ascendencia germano hebrea, desde pequeño le atrajo el siempre cambiante colorido de la paleta. Vibraba la luz en ella y Robert se dejó bañar por su fuerza.

Cuando tuvo ocasión de cruzar el océano, renovó su atracción por la luminosidad que desprendían lugares como Madrid o Toledo. Aquí, en compañía de su amigo, el artista William M. Chase, Robert Blum descubre a Velázquez y El Greco.



Más tarde, es precisamente el compañero de su viaje a Toledo quien lo retrata, influenciado por lo aprendido del pintor cretense y de obras como El caballero de la mano en el pecho o Jerónimo Cevallos. La mirada penetrante, el cuello blanco y el fondo oscuro nos hablan de esa impronta.

Pero lo que me cautiva por encima de todo, es el flequillo descuidado, al desgaire, una pequeña brecha por donde también entra lo que contemplan sus ojos. Un espacio abierto al aprendizaje y quizá también al asombro de comprobar que la luz y el color están por todas partes, sin distinción de lugares, épocas o estilos.

Para mí, el retrato que de él hizo su amigo, tiene un imán tan potente como esos ojos que parecen salirse del lienzo. Es el fleco abierto, cortado con escasa simetría, como un remolino al viento, dejando que a su alma de pintor lleguen los efluvios del Tajo y los colores verdes, carmesíes y plata que El Greco echó a volar y aún hoy,  siglos después, flotan sobre la ciudad.





Retrato de Robert Blum, 1888
William M. Chase (1849-1916)
National Academy Museum, Nueva York


Street Scene in Spain, 1882
Robert Blum (1857-1903)


Autorretrato, 1883
William M. Chase (1849-1916)
Colección privada



Texto, Virgi

miércoles, 22 de octubre de 2014

Asintomáticos


Me gusta eso de “asintomáticos”.

Algo aprendido en estos días me sirve para aplicárselo a unos cuantos ladrones de guante blanco y asquerosa ropa interior. No tienen síntomas de pobreza, de necesidades, de no llegar a fin de mes. Disfrutan de buenos coches, espléndidas residencias, botellas del mejor champán y hoteles de súper lujo.

Su fiebre no es, por ahora, la nuestra.  La que nos lleva al centro de salud del barrio (si no lo han cerrado) y a la farmacia de la esquina con la receta del médico de guardia (si acaso encontramos alguno). Sus enfermedades tampoco las compartimos, pues  somos nosotros  los “sintomáticos”,  los que cogemos una gripe, una gastroenteritis o un cáncer.


Ellos pillan nuestro sudor convertido en billetes y se forran de tal forma que, se tornan, por su indiscutible naturaleza, en “asintomáticos”. Circulan, elegantes y hasta campechanos, entre los ascendentes síntomas de pobreza que hace tiempo asoman a este país. 



Y con una temperatura corporal envidiable.

Tranquilos, no han hecho nada y no saben nada. Los peligros de apechugar con la vida  los sobrellevan con la dignidad de un ratero de alta costura, con la soberbia de quien no ha de bajar un escalón, con el impudor de que el termómetro no les va marcar una temperatura enfermiza.

Sólo espero que, más pronto que tarde, tengan fiebre porque están entre rejas. Y sin médicos que los atiendan ni billetes que los cubran.

Mientras, prefiero estar entre los “sintomáticos”.





Fotos y texto, Virgi

miércoles, 15 de octubre de 2014

El mar y yo












































Si estás conmigo desde antes de salir a la luz,
¿cómo no vas a ser un puntal en mi vida?



Fotos, Virgi