Razón tenía el viento con lo de que no hay un solo color, concluyeron árboles y flores, menuda tontería la nuestra!
Texto y foto, Virginia
Razón tenía el viento con lo de que no hay un solo color, concluyeron árboles y flores, menuda tontería la nuestra!
Texto y foto, Virginia
¿Y si todo fuera azul? Se preguntaron los bosques.
Los árboles lo tenían claro: Seríamos peces, sin duda.
Nooo, de eso nada, dijeron las flores, de ser algo, mejor nubes.
Intervino el viento, raudo y decidido, sin pararse ni un segundo: ¡¡¡Zoquetes, palurdos, insensatos, troncos, toletes, sorullos, guanajos...no saben que nunca habrá un solo color!!!
Y siguió su camino, veloz como él mismo.
Texto y foto, Virginia
En las rústicas repisas descansaron largo tiempo amadas alhajas familiares. Un jarroncito con flores secas, un rosario de cuentas cristalinas, las tacitas de café (regalo de boda, ah! el camino hasta la ermita cercana, los nervios de los contrayentes, la única mesa de la casa con dulces y botellas de anís, un garrafón de vinote obsequiado por el padrino), una oxidada caja de caramelos con la diadema de novia que también llevó la madre, la foto del hijo mayor en el cuartel, un sobre ajado con el libro de familia y varios documentos notariales.
Se desperdigaron los recuerdos, los devoró el tiempo con su larga parsimonia. Las alacenas que guardaban pequeños tesoros, abiertas ahora al cielo, son huecos baldíos donde leer la ausencia y el abandono.
Gritó una voz encochinada:
¡Toñín, ven pa’ casa de una vez, que me tienes harto, eres un jocicudo que hace
lo que le parece, anda presto que tienes a los baifos desatendidos!
Oír “baifos” y salir enfoguetado
fue todo uno ¡con el cariño que les tenía y jugando se distrajo del
atendimiento! Allá fue, como un saltaperico, saltando de tosca en tosca y
agarrando flejes de tederas pa' engolosinar a cabras y baifitos.
Se llegó hasta la gambuesa y los
animales se le arracimaron bien contentos, son agradecidos estos condenados,
pensó, mientras la sorimba continuaba cayendo y se aguarecía en el goro ¡ay!
aquí me quedaba yo calentito, por no oír el guineo de mi padre.
Texto y fotos, Virginia
De las diez ciudades
que se asociaron sobre el año 60 a. C. para fortalecer la influencia de la
civilización grecorromana en la zona del Mediterráneo oriental, Jerash (o
Gerasa) es la que conserva un mayor número de edificaciones, en un vasto
terreno al que habremos de dedicarles un largo tiempo si queremos conocer todo
lo que contiene.
Entrando por el
grandioso Arco de Adriano, levantado en su honor y actualmente a la mitad de la
altura original, vamos encontrando numerosos restos de variadas construcciones,
como el hipódromo, todavía utilizado en algunas festividades. Más adelante, la
Puerta Sur, entrada al Cardo Máximo, vía principal en las ciudades romanas, que
conduce a la luminosa Plaza Oval, rodeada de columnas y de origen griego. Un
espacio sorprendente donde no nos cuesta imaginar celebraciones
multitudinarias, tal vez dándole la bienvenida a algún mandatario
relevante, como al propio Adriano, personaje eternizado literariamente en
el extraordinario libro de Marguerite Yourcenar.
Seguiremos por la
misma vía, pavimentada como sólo los romanos supieron, con columnas a ambos
lados y otras construcciones, como el Ninfeo, o las escaleras al soberbio
Templo de Artemisa. El Cardo continúa, se cruza con el Decumanus (la otra
vía importante) y avanza hasta la Puerta Norte o de Damasco. Algo
antes nos desviamos para entrar en un coqueto teatro, muy conservado.
Andando unos pasos - y aunque seguramente se nos han quedado otras cosas- la vista se nos va al Templo de Artemisa, de columnas enormes y capiteles corintios, hechas a prueba de terremotos, con una técnica que después de dos mil años vuelve a admirarnos. Pasamos luego por los restos de una iglesia bizantina, trozos de columnas y arquitrabes, basamentos desperdigados, cornisas con adornos.
Retirados, se ven tramos de la muralla que rodeaba la ciudad y otro teatro donde un árabe toca la gaita como si estuviéramos en Escocia (reminiscencias del colonialismo) aprovechando la acústica perfecta del recinto. Acabando el recorrido, el Templo de Zeus nos deja de nuevo en la Plaza Oval, allí donde confluyeron tropas y senadores, matronas, tenderos, sacerdotes y algún emperador llegado de la lejana Roma. Ahora solo hay turistas bajo el sol ardiente de Jerash, pero no me importa ser una más entre los cientos de visitantes, nadie sabe que me veo de romana con estola, cinturón y sandalias, viniendo de comprar en una taberna o saliendo de los baños.
Estoy en la Jerash
de hace dos mil años y me lo puedo permitir.
Texto y fotos, Virginia