Sobre la mesa, un reloj. De su padre, regalo de fin de curso.
¡Ah, su padre, tanto que le aconsejó que dejara el juego!
Al lado, la cartera y un álbum de fotos.
Enfrente, en la estantería vacía, la muñeca de la caja de
música.
En la gaveta, sólo unos pendientes de bisutería fina,
obsequio de la abuela. “Para tu novia”, le dijo aquella tarde lejana.
Debajo, a sus pies, el maletín de cuero del tío, el
médico de pueblo que visitaba a los pacientes a caballo, según le decía su
madre. Dentro, el adoquín que había traído de uno de sus viajes a Portugal.
“Hermosas carreteras”, pensó con nostalgia.
Se le acababa el tiempo, tocarían a la puerta y tendría
que salir con lo poco que le quedaba. Le cupo todo en el maletín y lo lanzó a
la calle. Desde el sexto piso, incrédulo, vió como impactaba sobre un hombre
bien trajeado que cayó fulminado.
Las deudas del juego lo habían arruinado, y él, con sus
recuerdos, terminaba con la carrera del
juez que venía a buscarlo.
Fotos Virgi
