Terminaba el verano y un día más acudí a la cita.
Por mucho que la esperé, nunca llegó. Ni ese día ni los siguientes.
Perdí a la chica de piel tostada, ojos melados y flequillo volador.
Tenía quince años y se escapaba de sus clases de español mientras yo pedaleaba media hora para encontrarla al pie del faro.
Era algo nuevo y luminoso, pleno de ternura. Nos juramos amor sin fin, aún sabiendo que sería imposible.
El día en que no vino, me dejó escritas cinco letras. Cinco.
Mis recuerdos de hace más de treinta años y esas letras, es lo único que tengo de ella. Al pie del faro las cinco letras me cantan y me cuentan, mientras las pinto, las pulo y las retoco cada verano.
Recogí el guante que me ofreció Ñoco, grandísimo
fotógrafo (entre otras muchas cualidades que el mundo virtual nos deja intuir),
y para su imagen, escribí esta historia de verano y amor. Colgar uno de sus
trabajos representa un orgullo y una gran satisfacción. Gracias otra vez.
Recorrer sus dos blogs siempre es fascinante: poesía
visual, sutil, cuidadísima.

