
Seis saharauis, entre 22 y 35 años llevan más de sesenta días (¡60!) en huelga de hambre en Guelmin, al sur de Marruecos. A dos pasos de estas islas,
seis jóvenes extinguen sus vidas para llamar la atención sobre el expolio que, de sus recursos naturales, hace el reino aluita, mientras el gobierno español y la comunidad internacional continúan mirando a otro lado, sin que el cuello le moleste por eso. Treinta y cinco años evitando solucionar una apropiación indebida, un robo descarado, una descolonización que nunca fue. Treinta y cinco años despojados de sus tierras, sobre un desierto feroz, en condiciones mínimas. Treinta y cinco años detrás de un muro de dos mil kilómetros, bajo un cielo que no le sonríe, encima de la arena donde sufren y esperan.
Seis chicos, seis.
Dos meses.
Treinta y cinco años.
Datos, cifras, estadísticas, reuniones, conversaciones, promesas, cárceles, castigos, el viento que gime y gime, la arena que vuela y cubre los cadáveres, las jaimas, las promesas.
Seis jóvenes a las puertas de la muerte, mientras yo escribo a unos pocos cientos de kilómetros.