
Siempre me han cautivado
los libros. Ya de pequeña leía todo lo que caía en mis manos: cuentos, vidas ejemplares, colorines, revistas…A escondidas, cogía las novelas de mi madre: El hombre que ríe, El jugador de ajedrez, El amor de un antepasado mío, Los hermanos Karamazov, Hambre, Lo que el viento se llevó, El misterio del cuarto amarillo, Don Juan Tenorio, El clavo…
Luego me llegaron los libros de mis hermanas, poco más que adolescentes y conocí así otras letras, otros mundos, otros pensamientos, poesía, literatura mágica, realismo.
De aquella época de la infancia, cuando mi hermano y yo éramos socios de la Ballena Alegre (¡lejanos tiempos!), surgen algunos personajes que me traen un sabor delicioso, un hormigueo que no puedo definir bien, melancólico y aventurero, tierno y misterioso, como un tobogán al que te subes y vas deslizándote mientras pasan a tu vera las imágenes que aquellas lecturas te produjeron.
Una de esas historias maravillosas fue “Rasmus y el vagabundo” de Astrid Lindgren. En Suecia, un niño vive en un orfanato y, cansado de sus días tristes, se escapa con un músico callejero que recorre los caminos, las granjas y los pueblos con su acordeón.
La historia es de una ternura extraordinaria. Por un encadenado de situaciones, llegan a un pueblo solitario a la orilla del mar, escondiéndose de unos bandidos. Al fin se libran de ellos y la historia termina felizmente.
Casi cincuenta años después de sufrir con Rasmus a la orilla de un mar imaginado, encuentro la misma aldea abandonada, el malecón de madera, las casas superpuestas, los techos oscuros, las calles vacías. Y hasta los ojos de los malhechores, como si fueran ventanas, escudriñando mi recorrido. No veo yo aquí lo que Egon Schiele pintó, una ciudad junto al río. Veo al Rasmus de mi infancia, trastabillando entre tablones viejos, rocas y silencio, mientras la maldad lo persigue. Veo el instante mágico en que se salva, el trascendental momento en que logra salir a la luz, la ocasión deseada de vivir, al fin, la vida soñada. Veo y siento al Rasmus que, cansado de coger ortigas y de que sólo adoptaran a niñas con rizos, se larga por los senderos de Suecia, buscando su lugar en el mundo. Un mundo que para mí, en la infancia lejana, era, sobre todo, leer, leer, leer. Y que ahora revivo, entre los muros de un pueblo enigmático y sugerente, que espera ser habitado aunque sólo sea con los trazos del recuerdo.

Óleo de Egon Schiele
Casas junto al río. La ciudad vieja, 1914
Museo Thyssen-Bornemisza