Seguía tal como lo había encontrado tiempo atrás. El añil conservaba
el brillo y la lengua seguía viva sobre el encalado.
Decía la leyenda que la montaña le daba la vida
necesaria, el cielo su color y el sol, la luz de las mañanas.
Nadie supo desde cuando estaba allí pintado, pero la
magia de su presencia daba brillo a las piedras cercanas.
Si te atrevías a tocarlo, la yema del dedo se teñía de
azul y brillaba, fosforescente e irreal, durante varias noches.
Cuentan que es el espíritu de un guanche, que canta la
canción del esclavo en la montaña, rodeado de jaguarzos, higueras, gamonas,
relinchones.
Fotos Virgi