Me senté allí donde seguramente muchos se sentaron antes, quienes con coraje y convicción defendieron su territorio, sus costumbres, su forma de vida.
En la Fortaleza de Ansite sopla la brisa y nos trae un rumor antiguo y difícil de comprender. Hemos de pegarnos a las piedras para que nuestro corazón palpite con ellas y así podamos percibir algún mensaje que vuela con esa brisa y se posa en el basalto de Ansite.
Poniendo atención veremos cabras y a un niño pastor que las cuida. Un anciano apoyado en un bastón. Dos mujeres guardando cebada en uno de los graneros del risco. Quizás aparezca un guayre, notable y destacado en el poblado.
Cuevas escarpadas, un santuario en lo alto, pasadizos al borde del precipicio, oquedades tapiadas donde depositar los cuerpos ya mirlados. Alguien muele en un molino rústico y otros suben con agua del barranco, en odres bien seguros.
Ese es el rumor que la brisa, en su paso leve, deposita en las piedras. Y yo alcanzo a oír, a ver, a discernir que trae consigo las vidas que ya no están pero que han dejado su huella en la Fortaleza de Ansite, el último refugio de los canarios ante el asedio de las tropas castellanas.
Texto y foto, Virginia