jueves, 11 de enero de 2018

VOCES XXIX





-¡Pa’ jacer parigüetas y coger andoriñas si estás presto, pero pa´ los mandados de la casa, te gastas una pachorra que baje Dios y lo vea! Conque no me seas jaquecoso y alóngate hasta el chorro a ver si trae bastante agua, que con tanta chapotina debe cargar la suya, a no ser que con las dulas de los vecinos no venga sino un fisco… ¡y no te vayas a espichar en el caño roto, que estás siempre amuermado y sin sangre en las venas!


Pobre mujer, esta era la cantinela daria con el galletón de su hijo, tortolín y medio culichiche. Como le gustaba jociquiar de aquí pa´llá, un día se majó un dedo –bien rentito a la uña- por asomarse al ventanillo de la vecina; otra vez se enfonducó en el estercolero yendo tras un perenquén. Y en la última, queriendo golifiar más de la cuenta, se empericosó en una chimenea y cayó como un leño sobre el tejado de la pretendienta, menos mal que con los góngaros floridos ni daño se hizo.


Texto y fotos, Virgi




lunes, 8 de enero de 2018

Día de Reyes


Ahora que termina la Navidad y veo a la chiquillería con sus regalos de Reyes, pienso en los míos siendo niña. Como los recuerdos son selectivos y además, se van desvirtuando, pues no podría decir cuánta exactitud hay en ellos. Pero sí puedo ver nítidamente delante de mí una escena repetida, el momento de colocar los zapatos en la entrada, la hierba en un rincón del patio, la bandejita con copitas de anís y rosquetes para ese trío de fantasmas en el que hemos creído todos. Y de madrugada, el nerviosismo al despertar y la alegría de encontrar el regalo pedido más alguna sorpresa.

Recuerdo cuando a mi hermano y a mí nos dejaron unas patinetas Mobbo, rojas, resistentes, de ruedas amarillas, con las que luego recorríamos el barrio y bastante más allá. No costaba subir las cuestas hacia La Estación o El Cristo (la infancia es liviana, sí), y mucho menos bajarlas a velocidades importantes, haciendo gala incluso de un equilibrio alocado, como era poner una de las piernas sobre el manillar, ¡ah, la inconsciencia! Total, el peligro mayor era en la curva de doña Catana y pocos coches había; tampoco mucho peatón y nosotros bajábamos a tumba abierta –como dicen ahora de los ciclistas- en la certeza ingenua de que el freno estaba para algo, así estuviera medio comido o ardiera del uso continuado. Más que algún temor a reprimendas familiares, nos imponía la posible presencia de Manolo o Basilio, guardias municipales de mucho respeto, que nos mirarían con caras de pocos amigos. O al llegar a la punta del Camino Nuevo, que Rosario Mariana nos echara una rociada, aún cuando la recuerdo siempre de buen humor.

Otra vez me pusieron un par de teléfonos con un cable como de diez metros y nos mudábamos de habitaciones, hablando bajito por los auriculares, para comprobar que, efectivamente éramos unos pequeños Edison intercambiando frases intrascendentes: “¿Me oyes?”, “¿Dónde estás ahora?”, “Te oigo mal, llama otra vez”. Incluso se atrevió mi hermano (“inventando siniestros”, frase materna que al paso de los años nos acostumbramos a oír cada vez que queríamos hacer algún cambio o mejora en la casa) a añadirle un trozo más de cable, con lo que pudimos llegar hasta el patio y algo más.
Un regalo emocionante fue el microscopio, ¡cuántas alas de mariposa, moscas de ojos enceldados, pétalos y estambres, mariquitas, plumas…pasaron por aquella lente rústica! Sembró en mí una nueva curiosidad y me creía una Marie Curie, acostumbrada como ya estaba a leer Vidas Ilustres y de Santos. Cuando más tarde estudié el ojo compuesto de los insectos, bien orgullosa me sentí de haberlos visto años antes en aquel artilugio que habían traído los Reyes, seguramente junto a algún libro, un pijama y un par de cosas más.

Muchos de esos regalos los encargaba mi madre gracias a una revista de Galerías Preciados que recibía de cuando en cuando. Nunca nos enteramos si los iba a buscar a Santa Cruz, si los mandaban por correo o si efectivamente tenía un trato con Baltasar –que tan tierno y exótico nos parecía-, cosa muy común en nuestros años ingenuos.

Pero todo eso terminó drásticamente, cuando con quince años, mi madre nos dijo:
-Ya son grandes y bien saben que esto no es sino un asunto para gastar y perder el tiempo buscando regalos. A partir de ahora se acabaron los Reyes.
Y así fue.
La verdad es que me sentí fatal y me costó superar aquella decisión práctica en grado sumo, muy de la personalidad materna. Lo que tardé en superar ese casi trauma, lo contaré en otra ocasión.
Disfruten de los regalos, yo hago lo propio con los míos, descuiden.



Texto y foto, Virgi

Enero 2018

Despaisajes

Despaisaje LVIII

En un momento desapareció lo que conocíamos 

y solo el risco quedo en pié.








Texto y foto, Virgi 

domingo, 7 de enero de 2018

Opuestos


Gracias a la luz, 
existe la sombra.



Texto y foto, Virgi

Año Nuevo



Nada mejor para mí, 
que empezar el año con una caminata 
y un baño en un charco solitario y cristalino.




viernes, 5 de enero de 2018

Despaisajes


Despaisaje LVII


Se confabularon las nubes, la brisa, el mar, para que el joven pudiera divisar a su amada.

Por eso sonríe, logró verla en el horizonte, mientras se acerca.



Texto y foto, Virgi


"La esperaré", escultura de Julio Nieto 
Túnel de Las Playas, El Hierro

miércoles, 3 de enero de 2018

BARRANCO DE GUARIMIAR







Si bajas un día el Barranco de Guarimiar, vete despacio. 
Será una buena forma de saborear los escalones que descienden entre casas con naranjeros y limoneros, la vereda entre bancales estrechos, unos con papas, bubangos o calabazas, otros medio abandonados. Las palmeras cariñosas al borde del primer tramo del camino; algunas incluso coquetas, que se tuercen y se acercan, para luego alejarse, sabedoras de que su destino no es el caminante. 

















Si bajas un día el Barranco de Guarimiar, tómate tu tiempo, o mejor, su tiempo, el de las piedras bien calzadas, los muros en las orillas, las casitas derruidas. Tómate el tiempo de quienes labraron un sendero de vértigo por el sitio justo, sorteando diques, farallones, grietas, repechos, tobas de colores, profundidades de infarto. Observa las coladas en el risco de enfrente, las oquedades misteriosas, los prismas basálticos a punto de volar, los pinos que se alejan según bajamos, el canal que llevó agua de Benchijigua hasta Antoncojo, hoy invadido de tierra y hierbajos. 




Si bajas un día el Barranco de Guarimiar, párate cuando veas un cernícalo planeando, un cuervo en el almendrero, un cazar de perdices que huyen al oír tus pasos, con ese sonido de motor renqueante al levantar el vuelo. 
No te pierdas la vista de Imada en lo alto, así que mira de vez en cuando hacia atrás, sin miedo a que te hagas de sal. Verás el caserío rutilante al sol de la mañana, abriéndose a la vida, con turistas y campesinos bajo los majestuosos Roques, pitones fonolíticos que nos relatan la vida volcánica de La Gomera.


Si bajas un día el Barranco de Guarimiar, vete despacio, alóngate sin miedo al precipicio, está bien protegido, descuida. No verás el fondo, pero te deslumbrará una vez más el poderío de la naturaleza, la fuerza telúrica de la que venimos, la atmósfera majestuosa que quita el aliento.
Si bajas el Barranco de Guarimiar, vete despacio. Es lo que mismamente haré yo, pues seguro me perdí muchas cosas sobre las que ahora no puedo aconsejarte.


Texto y fotos, Virgi

Enero 2018