Me alongo a la huerta y el perejil, radiante, brilla
entre la sorimba.
La alfalfa, con sus hojillas de trébol, no sabe que será
pronto engodo de las gallinas que, enguruñadas, dormitan sobre el rofe.
El quíquere, encochinado, canta con voz de jefe,
echándoselas de guaperas, aunque si me acerco, levanta el vuelo, más
ñangueta que un baifito. Con la barqueta de mi abuela recojo los huevos y el
bardino me acecha, amochado, intentando que le bote los que están rotos. Me
lambucia una y otra vez y yo, torrontuda, los guardo por verlo desagallado. Como
es un golfiante zalamero, me aperruña hasta conseguir que la yema le tiña la
lengua y la cola le campanillee como un badajo.
Bajo el alpende, la paloma observa la escena, por encima
de la bullanga de perro, gallos y gallinas. Ya quisiera yo ser una
firringallita como ella y volar sobre las escenas de cada día.
Fotos Virgi



