miércoles, 17 de abril de 2019

De cuando todo era tan puro





-No se puede poner la radio, que el Señor está muerto.
-Si juegan en la plaza, no griten, que el Señor está muerto.

Y así, una serie de recomendaciones que acatábamos sin rechistar, tenían algo de misterio excitante,  quizás hasta podíamos ser cómplices de algún crimen sin saberlo, un pequeño aliciente repetido cada año en los Sábados Santos de mi infancia pueblerina, remota y feliz.

Ya había ayudado a Catalina, la sacristana (hermana de Pepe el Cartero, famoso en todo el pueblo y algo más lejos por sus atributos viriles), a colocar las cortinas negras en los altares. Tendría yo unos nueve o diez años y me subía con ligereza para tapar las imágenes de La Concepción, la Virgen del Rosario, San José, la Dolorosa (siempre en competencia con la de la Iglesia del Cristo: “No, esta es más natural”, “Qué va, la otra sufre mucho, ¿no le ves las lágrimas?”), San Isidro, o la propia Santa Catalina, preciosa imagen atribuida al imaginero Luján Pérez.

En alguna de esas aprovechaba para rozar la reliquia de la Santa, incrustada en la rueda dentada con la que el emperador Majencio quiso ajusticiarla. O miraba con detenimiento el puñal de plata clavado en la Virgen de Dolores y la cabellera inmensa de la Magdalena, estirada hasta la cintura, sobre un traje morado.
Lo más impactante era colocar retamas floridas alrededor del ataúd forrado en plata, donde descansaba, entre atribulado y sereno, Cristo Difunto, el que había sufrido por nosotros y por eso le debíamos el respeto de no alegrarnos hasta que resucitara, total, poco más de un día de silencio y mesura. Un tiempo que se nos iba volando, tal como volábamos de casa en casa, de barranco en barranco, o de plaza en plaza, sin peligros descubriendo el mundo cercano.

El olor de las retamas igualmente me lleva en volandas a la niñez despreocupada, donde cualquier cosa podía ser un misterio, y un encargo de los mayores, un paso hacia la madurez. Misterio y madurez que nunca acaban de desentrañarse, será por eso por lo que nos atraen, igual los recuerdos, evanescentes como las florecillas blancas que adornaban al Señor muerto, el de los días puros y silenciosos.


Texto y foto, Virginia