miércoles, 23 de mayo de 2018


Quizá la vida solo consista 
en aprender a cerrar puertas 
y esperar que se abran otras.



Texto y foto, Virgi

Casa del escritor Lezama Lima en La Habana

CUBA, Cienfuegos



Llegué a Cienfuegos antes de mediodía, conocí a la familia que me acogía, dejé mis cosas en una habitación muy confortable y me fui al centro, a unas cuatro manzanas. Me sorprendieron las casas, amplias y frescas, de techos altos y mecedoras cerca de las ventanas. Caminé, comí, volví a caminar, cogí un cochecillo de caballos que me llevó hasta el mar. Quise tomarme otro helado en Coppelia (¡ah, Coppelia, toda una metáfora de Cuba!), saqué fotos, me senté en la entrada del Teatro Tomás Terry. Cansada y sudorosa, regresé cerca del anochecer.



Al despertar sentí que no volveré a hacerlo como en Cienfuegos. No habrá ningún amanecer igual a los que allí gocé, con el sonido de los cascos sobre el asfalto y el rechinar de las ruedas de los carros. Era una sensación única, de tiempos antiguos, que junto al rumor de numerosos pájaros en unos árboles cercanos y la temperatura perfecta, hacían que el despertar fuera de una placidez que recordaré siempre.




Solo estuve dos días en Cienfuegos, pero volvería al mismo sitio y a la misma casa –de una limpieza extrema y unos desayunos fabulosos- solo por despertarme con sonidos ya perdidos:
-¡Al pan, al pan suaveeeeeeeee! ¡Suave, suave, pan suaveeeeee!
-¡Galletas, traigo galletas! ¡Galletas, galletaaaaaas!
Me alongo al balcón cuando pasa una bicicleta: -¡Ajos, ajos frescos, tengo ajos!

Es domingo y la campana avisa una celebración. El sol enrojece la torre y a un lado, el Ché y Camilo observan desde la pared de un colegio. Pasa un camión como aquellos de los que robábamos cañas de azúcar; traquetea con ternura y en la carrocería van dos chiquillos que me saludan como si fuera vecina desde siempre.


















Acabo de llegar a Cienfuegos y la calle me lleva a la infancia, ese lugar que nunca olvidas. Un hombre anuncia: -¡Recogedores, escobillones baratos, baratoooooos!


El sol sube lentamente detrás de la casa, por donde la estación del ferrocarril y los “Omnibus Nacionales”; un enjambre de personas espera las mejores oportunidades para desplazarse: taxis colectivos, guaguas, jeeps con chasis adaptados, camiones (“16 plazas sentadas, 35 en pie”), buses oficiales, trenes de poco uso y escasa puntualidad. Yo paseo entre ellos, deleitándome con la vida que se levanta, saludo al dueño de la casa saliendo de una panadería, tan amable y sonriente como si tuviera todo resuelto hasta el fin de los días.

Vuelvo, me asomo al balcón: -¡Alcrepdelacrep, delacrep delacrep! No le entiendo, pero me da igual porque me encanta.










Cienfuegos fue fundada en 1819 por colonos franceses, con un trazado que se considera el mejor de la isla, al borde de una bahía. Su centro histórico está declarado Patrimonio de la Humanidad y es abierto, neoclásico, con un simpático boulevard -tiendas, algún hotel, restaurantes- que muere en la hermosa Plaza rodeada de edificios coloniales, donde la gente chatea a la sombra de una ceiba, hambrienta de oír voces lejanas, ver caras amigas, escribir mensajes de amor.

En Cienfuegos, los caballos arrastran carritos con gente, “Transporte de pasaje”, dice en los laterales. Uno me lleva al pequeño malecón, otro al paseo, otro de vuelta; en medio compro una piña, la trocean, pruebo unos trozos y compro unas tarjetas de teléfono. Cuando les doy la vuelta, están ya usadas, es lo que tiene ser turista mientras otros sobreviven malamente. No me importa, estoy en Cienfuegos y las voces que me despiertan me llevan lejos, tan lejos y tan rápido que voy a la infancia y vuelvo de ella entre un grito y otro.






Texto y fotos, Virgi

lunes, 21 de mayo de 2018

Primarios



Se cruzaron sobre el blanco mientras yo, 
tonta de mí,  anhelaba el rojo, 
que  nunca llegó.


Texto y foto, Virgi
Iglesia ortodoxa, La Habana

sábado, 19 de mayo de 2018

Anuncios breves


SE OFRECE: Fontanero práctico y eficiente. Reparo cañerías, retretes, lavabos. Sin obras, desperfectos ni escombro.


Texto y foto, Virgi

miércoles, 16 de mayo de 2018





La belleza de la infancia 
es una luz que permanece siempre.


Texto y foto, Virgi

CUBA, La Habana Vieja I






No pude, no, encontrar a ninguno de los personajes que buscaba. El detective de papel porque tal vez habría volado con la brisa del Malecón. Y el autor, mi admirado Leonardo Padura, tan lejos, que no me atreví a rastrear sus huellas entre las calles de La Mantilla, a un rato largo en taxi o en guagua desde la casa donde estuve varios días, en pleno corazón de la ciudad, a medias entre el derrumbe y la reconstrucción.
Sí me fumé un trozo de puro bajo la sombra arbolada de la deslumbrante Plaza de Armas, contemplando a uno de los Padres de la Patria, Carlos Manuel de Cépedes, el líder independentista que, en un arranque de generosidad y visión de futuro, liberó a sus esclavos, entre otros actos valerosos que su historia atesora, y por los que Cuba lo tiene en la más alta de las estimas.


















Como igualmente tiene como Héroe Nacional a José Martí, que, influenciado por generaciones anteriores (como el propio Céspedes), se apuntó a la lucha por la independencia de la isla. Martí, de madre canaria, escritor y poeta, tiene regadas por la isla –en murales, carteles o monumentos- toda una serie de frases profundamente humanas,  que revelan la categoría de su pensamiento y acción.

Entre uno y otro suman cientos de reconocimientos sembrados en parques, calles y plazas de la isla, homenajes siempre presentes, aparte de los centenares a los héroes de la Revolución, que todavía marcan el paso de un país que conmueve en el Primero de Mayo, pero que entristece el resto de los días. Ver las cartucheras de Ché Guevara o las botas de Camilo Cienfuegos en el Museo eriza los pelos, sí, pero eso no me pudo convencer de una realidad que no ha llegado a ser la soñada.



Será que los sueños nunca se realizan, será. Será entonces por lo que caminé por la maravillosa Habana Vieja día tras día, queriendo ver cuánto de los sueños se cumplieron, mientras la niñez uniformada atiende a la maestra que imparte clase al borde de la acera, sin problema de que algún transeúnte la interpele. O la doctora que entraba en el consultorio cuando yo me iba de la casa y veía  a sus pacientes esperándola en la diminuta sala de espera, orgullosos del nivel de la medicina cubana.
















Fue por ese deseo de saber más, por el que pateé las calles, a tramos al borde del colapso, a tramos reluciente en su rehabilitación, gracias a la labor impagable de la Oficina del Historiador con Eusebio Leal Spengler al frente (llamado el “Novio de la Habana” y adorado por sus conciudadanos), rastreador fiel e incansable de la ciudad, que desde hace más de medio siglo la cuida con pasión y excelentes rendimientos, aún cuando la cúpula militar le haya puesto la zancadilla.





Una ciudad única que me fascinó desde el primer momento, con el calor y la humedad, la gente en las calles, la dificultad para encontrar wifi, lo complejo de los desplazamientos entre ciudades, como cuando fui a una de las estaciones de guaguas:

- “¿Usted trae la reservación? Porque si no la hizo, hay que esperar que venga el bus a ver si tiene capacidades”

Los sabrosos jugos naturales en la calle -a los que me apunté sin dudarlo-, las pizzas en las ventanitas y “cafeterías”, la chiquillería jugando en las plazas, los bicitaxis, los “almendrones”, el transporte en todo tipo de vehículo, la música, el humor, los colores, los trajes talla 38 en unos cuerpo de la 44, las escaleras serpenteantes a viviendas imposibles, la tranquilidad antes que nada (y si se quiere comprobar, vayamos a cualquier heladería Coppelia), la señora que vende café en su mesita del portal y otra cepillos de dientes, el hombre que aguanta un manojo de hierbahuerto en una esquina, el chico con la carretilla ofreciendo plátanos, mangos, piñas, zanahorias.





































La Habana Vieja es todo eso. Y también mucho más. Es dignidad, paciencia, ritmo, belleza, arroz congrí, ritmo otra vez, cerdo asado, agua embotellada, conversación, palabras preciosas, dos monederos (uno con pesos cubanos, otro con pesos convertibles), más ritmo, palacetes suntuosos lujosamente amueblados, calles de adoquines, el Malecón infinito, los edificios a punto de hacerse trizas donde, sin embargo, siguen habitando las familias. La Habana y toda Cuba es una cola para comprar medicinas, subir al bus, conseguir tarjetas de teléfono, reservar un pasaje.

La Habana Vieja que conocí me dejó un sabor dulce y luminoso, pues lo amargo lo borraron las puras sonrisas blancas, y la oscuridad se desvaneció frente a la luz de una mirada infantil o la calidez de una anciana agradeciendo un regalo.

















Texto y fotos, Virgi

Mayo 2018

lunes, 23 de abril de 2018

CUBA



Nunca se me ocurrió ir a Cuba en la época en que muchas de mis amistades la visitaron, algunas más de una vez. Ni tampoco como un homenaje a mi hermana Maya y su veneración por el Ché. Sin embargo, un policía desencantado, fumador empedernido, solitario con un pez por mascota, me ha hecho reconsiderar esa posibilidad.
Después de haber leído varios libros de Leonardo Padura con el Condesito vagando por las calles de La Habana en busca de pistas, no tengo otro objetivo inmediato que intentar seguir sus huellas, convertida en una detective real que busca a un detective de papel, entre los barrios de La Víbora y La Calzada, en los partidos de béisbol o en los entresijos del Barrio Chino.

De papel Mario Conde, sí, pero tan real con sus deseos y frustraciones, su música de rock o de Serrat, la cama sin hacer, el ron Santiago y las mujeres hermosas que le quitan el sueño y la ropa.
No quiero playas, ni palmeras bamboleantes en los cayos, ni selvas o campos de caña, solo quiero caminar por La Habana y pasear en uno de esos carros hermosos y seguramente deteriorados, en tanto busco a un hombre que no sabe si seguir su intuición y meterse en líos, o caminar por la línea recta del  código policiaco. Habré de identificar a su amigo el Flaco, a la gran cocinera Josefina, al jefe presumido que fuma los mejores puros, al compañero Manuel, el que -mucho más de la cuenta- lo interrumpe en sus indagaciones.

Tendré que comer pavo relleno con congrí, quimbombo con carne de puerco o tamal en cazuela. Es posible que hasta me fume un puro en cualquiera de las espléndidas plazas habaneras o al borde del  Malecón. Lo cierto es que las andanzas de este teniente descreído y cansado, me han de llevar a Cuba, donde un grandioso pero modesto Leonardo Padura (“Soy escritor porque no pude ser jugador de pelota”) ya me conquistó en una charla hace unos meses. Tan humano, tan sencillo, tan tierno, que me dieron ganas de abrazarlo, aunque no me atreví, quizás reservándome sin saberlo, para cuando lo encuentre por las calles de La Mantilla y pueda decirle que dudo entre la admiración por él y la adoración por Mario Conde. 
Un problema que he de resolver mientras pasee delante de las mansiones decadentes de La Habana o me siente en cualquier rincón, a esperar que  mis últimos libros preferidos se desplieguen y satisfagan las ilusiones de una lectora empeñada en recorrerlos, con calles y páginas confundidas por mor de una escritura fascinante.


























Texto, Virgi