lunes, 20 de noviembre de 2017

VOCES XXVIII

“¡Agüelo, agüelo, dános algo!” El revoltijo de chinijos se arracimaba en torno al anciano, esperando alguna de las golosinas que tenía en el borsolón, allí donde ellos no alcanzaban, por más que lo intentara el más zangalote,  alongándose subido a la silla vitoriera.



Asigún estuviera de humor, unos días se volvía ratiño y los echaba con un grito: “¡Lárguense, carajo, que tengo la cabeza sonsa!” Y otros, complaciente, abría con cierto esfuerzo el misterioso borsolón -al canto arriba  de la cómoda antigua- y sacaba un pirulín para uno, medio chicle bazooka (de los cilíndricos forrados de papel con cuatro viñetas) para otro, un trozo de regalía para el más chico. A la única nieta le reservaba la melcorcha – era la más chica y la veía algo frágil, como la propia golosina-, aunque luego ellos se las intercambiaban  a gusto de cada uno.
Si tenía el día bueno, les contaba algo gracioso y se echaba un tanganazo de vino con unos tollos secos.  Sea como fuera, el palito de membrillero lo tenía bien asocadito, por si se terciaba un varizcacillo apenas: “¡Fufe de aquí, que no estoy pa’ machangadas, no me sean tortolines y ándense con ojo!”
Nunca sabían los pobres nietos a qué carta quedarse, pero así y todo jaquequiaban un rato por ver si conseguían algo, dando más vueltas que un trompo a la vera del viejo. Ágiles como lisas, en un intre trasponían escafiridos y allí se quedaba el hombre ensimismado en el ritual de la cachimba, con el bardino siempre a sus pies… “¡Vaya una enconduerma con estos demontres de chicos, me vuelven tarumba!”.








Texto y fotos, Virgi


Singularidad


Era un país extraño, de extrañas lenguas
 y extraños hábitos. 
Eso fue lo que le conquistó.





Texto y foto, Virgi

sábado, 18 de noviembre de 2017

El Hierro




Volví a ver los cuervos negrísimos, el encaje de las paredes, las sabinas retorcidas, los aljibes comunales. En un extremo, el faro, en el otro, los petroglifos sin traducir. 






























En medio, la frondosidad del pinar, el más luminoso de las islas; la caldera de Fireba con su antigua huerta de papas en el fondo; la Virgen de los Reyes, la que bajan cada cuatro años y por la que sus porteadores se enzarzan en discusiones cada vez que llegan a una Raya donde deben de ceder la carga; las verdes planicies medio irlandesas; los más de quinientos volcanes con sus tentáculos de lava, unos ásperos otros sensuales; un Garoé renovado y solidario bien asocadito; las cabras y las vacas, los pueblillos desperdigados.Y lejos, lejos, Sabinosa, recordando a Valentina con el tambor y su Arrorró estremecedor.



Volví a recordar mi primera estancia, cuando era poco más que una adolescente coqueta, libre y algo inconsciente, admirada sí de sus paisajes y de sus gentes, encantada de caminar sobre la pinocha o con el abrigo de los muros de piedra. 



Volví a asomarme a los miradores, a bañarme en cualquier charco, a observar los lagartos, tan pacíficos que parecieran  esculpidos. Volví a El Hierro para comprobar que el tiempo pasa más despacio que en cualquier otro sitio, y que la isla, pareciendo tan pequeña, es inmensa, mágica y en verdad apasionante.



























Texto y fotos, Virgi


Noviembre 2017

domingo, 12 de noviembre de 2017

Constancia



Mas de medio siglo 
bailando el hula-hoop sin inmutarse.



Texto y foto, Virgi

jueves, 9 de noviembre de 2017

Confianza


Amanece y las nubes dicen que hoy lloverá. 
Ajeno a los anuncios, se viste ropa ligera y sale a la calle. 
Hace frío y del cielo gris caen unas gotas. Su misión ya sabe cuál es, ir a contracorriente, no puede fiarse sólo de indicios como hacen los demás. Su piel le dice que hará calor y allá va, protegido con sus creencias.
Cuando en la esquina un chaparrón casi lo tumba, sigue impávido, sin arredrarse, bien se habla a sí mismo de que todo son apariencias.
En la siguiente manzana intenta saltar un vado, pero resbala y se cubre de fango. Una vez más, continúa con la cabeza alta, entre paraguas, impermeables y charcos cada vez mayores. 
Su seguridad lo lleva al borde del barranco, donde ya corre un buen caudal. Sonriente, ninguna señal es suficiente. Como un niño sin conciencia, baja una veredilla y se acerca a tocar el agua. Sonríe, ¡bah, un hilo apenas!
Nada lo salva, el agua lo engulle mientras su confianza se ahoga entre el barro, las piedras que rebotan y el agua tumultuosa.




 Texto y fotos, Virgi


Santa María de Eunate



Supe de su existencia hace muy poco, gracias a un amigo al que ya únicamente por eso, le estaré siempre agradecida. Iba él haciendo el Camino y se acercó a la iglesia, creo que llovía algo y había niebla, pues recuerdo su foto con un chubasquero bajo uno de los arcos. Me pareció un lugar tan especial y él le puso tanto fervor, que no tuve otra opción que ponerme a buscar sobre este edificio excepcional.

















Pasó un tiempo y venía yo de Pamplona, animosa pasando Cizur Menor y Mayor, la balsa de Guenduláin, Zariquiegui y la subida al Alto del Perdón. Poco después, Muruzábal, y en su iglesia, pregunté por Eunate; me informaron que en dos kilómetros la encontraría (bueno, más de dos para llegar y alguno más para enlazar con mi destino de ese día en Puente la Reina), y que aún me quedaba como una hora hasta el cierre.
Allá me fui, por un camino solitario desde no se vislumbraba torre, campanario, ni tejado alguno, ni tampoco alguien por el sendero que me pudiera certificar lo correcto de mis pasos. Sin embargo, en un momento logré ver entre una especie de chopos lejanos, la figura inconfundible de la iglesia. No tenía pérdida, claro que no, allá estaba desde mediados del s.XII, aislada entre los campos, cautivadora desde cualquier lado que la veas.
















Su planta octogonal y la galería de treinta y tres arcos que la contornan son dos de las características que más llaman la atención. Una portada románica, el ábside pentagonal y los lucernarios que recuerdan a los baños árabes, o las marcas dejadas por los canteros en muchos de los bloques que la forman, son otros detalles que hacen única a esta iglesia.
En medio de nada concreto, en un paisaje plano y abierto al cielo, se levanta Santa María de Eunate, misteriosa, sorprendente, tan serena, que dentro solo quieres estar en silencio un rato, mirando la única imagen que tiene o contemplando los huecos en el techo. Son pequeños, también octogonales, y por ellos entra una luz tibia que ni ilumina, pero que le presta una singularidad particular y un halo grandemente espiritual.



Me senté un rato cerca de la puerta, uno de mis objetivos del Camino era llegar hasta allí, así que ya no tenía prisa. Miraba la bóveda perfecta, los capiteles con figuras extrañas, la Virgen con el Niño (copia de una imagen románica, al parecer desaparecida), los tímidos haces de luz entrando por los octógonos de la bóveda. Di luego varias vueltas por la arquería, sintiendo que estaba allí, en Santa María de Eunate, rozando los muros y las piedras, tocando los arcos, oliendo el maizal cercano y la tierra pisada por tanta gente antes. 

Sentados en el suelo, un padre le explicaba algo a su hija, cerca del ábside. Ni me vieron mientras paseaba, casi me pareció como el encuentro de un hombre con un ángel, mirando  ambos los prados y conversando de la brevedad de la vida y la largura de la belleza.



Texto y fotos, Virgi


Octubre 2017


Tejeda, Gran Canaria



Catalogado como uno de los pueblos más bonitos de España,  Tejeda nos ofrece una estampa blanca, pulcra, verde, muy montañosa.
Blanca por sus casas y muros, al borde del barranco o de las calles, bajo las enredaderas o las espadañas de la iglesia. 




Pulcra, porque no hay un espacio sucio ni un papel en el suelo, los adoquines no compiten con colillas, plásticos ni envoltorios. Verde, por los almendros de las huertas, colgados en los riscos, orillando parcelas, festoneando el paisaje; con las almendras en ofrenda al paseante, aunque aún no sea su tiempo. Montañosa, por lo que le rodea, un circo rocoso que viene a formar la caldera de Tejeda, una gigantesca formación volcánica de la que sobresalen dos auténticos resilientes: el Roque Nublo y el Roque Bentayga.



 Ambos peñascos son formidables (pitones fonolíticos según la geología), y llegar hasta su base una experiencia sencilla, obligatoria –si andamos por la zona- y grandiosa. Desde el Nublo, al atardecer, se divisa la caldera y muchísimo más, incluso el Padre Teide sobre las nubes, controlando el archipiélago. En una planicie, llamada el Tablón del Nublo, se posa el Roque, tal cual como acabado de plantar, incrustado sin trabajo por algún cataclismo primigenio. Símbolo de la isla, tiene una fuerza plástica indudable, lo mires desde donde lo mires, cerca, lejos y hasta desde Tenerife.
Subir al Bentayga requiere parecido esfuerzo, pero posee este lugar otras connotaciones más visuales e históricas, como el muro aborigen que lo contorna en parte, los escalones bien colocados y el premio final: el Almogarén, un espacio plano labrado en la piedra que, según algunos estudiosos pudo haber sido un lugar de culto relacionado con los astros, mientras otros se decantan por una vivienda con características especiales e incluso un sitio defensivo. Tiene en el centro una enorme cazoleta, así como otras más pequeñas, y dos oquedades bien trabajadas que quizás eran graneros o refugios, todo esto según diversas fuentes consultadas. Sobrecoge el lugar, al filo del abismo por un lado y con una pendiente pronunciada por otro, donde, a tenor de las crónicas, hubo gran población en numerosas cuevas, de las que algunas conservan grabados rupestres.
Fue el Bentayga escenario de un episodio importante en la conquista de las islas. Dice Abreu y Galindo que en este Roque se refugió Bentejuí, último Guanarteme de  Gran Canaria, junto con muchos de los suyos, en enero de 1493, ante la acometida de los españoles: “…se defendieron con valor que, por mucho que hicieron, no les pudieron ganar el paso, arrojando grandes galgas y piedras por los riscos y ladera abajo, que dejaban caer. Aquí mataron los canarios a muchos soldados e hirieron a tantos…”
Son Nublo y Bentayga dos centinelas apostados en lo alto, silenciosos, sabios, contundentes. Dueños del paisaje que los rodea, se mantienen alerta, en el conocimiento de que nosotros pasamos y ellos siguen, en una ceremonia de la Naturaleza cuyo ritual va mucho más allá de los visitantes, pequeñas hormigas recorriendo un paisaje mágico, sin acabar de entenderlo nunca.




Hemos de volver a Tejeda (plácida y coqueta, según la dejamos), para contemplarlos desde abajo, mientras apuntan a un cielo que seguramente conocen mejor que nosotros.















Texto y fotos, Virgi

Julio 2017