sábado, 14 de julio de 2018

Despaisajes



Despaisaje LXII

Crece a su antojo
no quiere límites, marcas,
ni territorios con  dueño.



Texto y fotos, Virgi 

martes, 10 de julio de 2018

ALCOBAÇA


La hermosa abadía de Alcobaça, deslumbrante en su sencillez, encierra una curiosa historia de amores, traiciones, muertes y venganzas. Es una bellísima construcción considerada la primera obra gótica en Portugal. Fue comenzada en 1178 por los monjes cistercienses, con un interior blanco y luminoso, exento de adornos y altares, donde destacan las tumbas primorosas del rey Pedro de Castro y su mujer Inés de Castro, una enfrente de la otra, bajo el crucero.


Estaba casado Pedro, hijo de Alfonso IV y heredero del reino, cuando se enamoró perdidamente de una dama noble acompañante de su esposa. Al morir ésta de fiebres puerperales, después del nacimiento de un tercer hijo, el infante e Inés consolidan su relación, teniendo cuatro descendientes a lo largo de una década. Deciden entonces desposarse en secreto y así lo hacen, pero el rey, al enterarse y temeroso de la influencia española de su nuera –gallega por más señas-, ordena matarla. Esto hace que el príncipe (futuro Pedro I de Portugal)  se enfrente al padre durante un tiempo, y cuando hereda el trono, lleva a cabo una hazaña, que aunque envuelta en leyenda, tiene un romántico atractivo: exhuma el cadáver de Inés, lo sienta a su lado en el trono y hace que los súbditos le muestren sus respetos. Antes, ya había perseguido a los nobles que se habían encargado del crimen, y los asesina, arrancándoles el corazón.
Aún cuando no se sabe lo de cierto que hay en la historia, labrada grandemente de leyenda en lo tocante al besamanos, lo que sí es real e imponente son los dos sepulcros conservados en la abadía y a donde irremisiblemente se dirigen los pasos, entre la curiosidad y la escasez casi espartana de la iglesia, elegante como toda obra del Císter. Consta también la abadía (cuya fachada fue remodelada siglos más tarde) de otras impresionantes dependencias, como el Claustro, el Refectorio, la Sala de los Reyes y la extraordinaria Cocina de los monjes, alicatada de azulejos portugueses y con unas chimeneas grandiosas, así como una novedad muy práctica: un pequeño brazo del cercano río Alcoa fue desviado para que pasara por ella y poder disponer de agua en la propia cocina.
Un edificio imponente y con una atmósfera tan mística que nada más entrar, algo toca en nosotros. Cuando hace más de veinte años la visitamos, nos invadió esa sensación de espiritualidad de los sitios especiales, una vibración sutil que entra por poros ignotos. Nos duró la impresión el tiempo de la visita, pues al salir, la realidad trajo un regalo bien original.
Se celebraban en las inmediaciones dos bodas, cada una con su estilo, cada una con su carga cultural y sus fetiches característicos. Una, la boda de una pareja blanca, de coche antiguo, música clásica, lujos europeos, mujeres de pamela y hombres con chaqué. Otra, la de una pareja negra, con un auto viejo empacado de paja y enredaderas, renqueante pero divertido; chicas con colores llamativos,  caballeros de trajes blancos impolutos, ritmos africanos.





Salíamos de una historia de ocho siglos y nos encontramos con otra, moderna e inclusiva. Dos casamientos ruidosos, distintos, vibrantes, nada de secretos, muertes ni venganzas.
La historia se repite de una forma u otra, pero por fortuna, el amor nunca termina. Y Alcobaça, un lugar formidable para rubricarlo.


Texto y fotos, Virgi

lunes, 9 de julio de 2018

Despaisajes


Despaisaje LXI





Luego del desastre,

sólo divisábamos el cielo 

a través de las ventanas rotas. 





Texto y foto, Virgi

sábado, 7 de julio de 2018

VOCES XXXI


En modo repaso, Voces XXXI, entresacadas de  las 

que llevo colgando en el blog desde hace unos ocho años.

1   
   1. Alongándome al postigo, veía la placita, donde unos cuantos tortolines, muy cumplidos y curros, se entretenían debajo de un zapotero. Uno de los macharengos, medio majalulo, por hacer parigüetas fue dando bandazos, tropezó y fue a reguindarse en el fonduco, junto al chaplón de una casa; otro de los galletones, con las canillas llenas de murras y más flaco que un guirre, le dio por aperruñar a un perrillo que no sabía cómo zafarse ¡demontre de chicos!, algo más allá, a un par de zangalotas se las veía engodadas con unos gatitos recién nacidos…¡qué falta de ignorancia, como si no hubiera otra cosa que hacer, esto no lo cura ni el médico chino, una juventud que pasa las horas con una mano encima de la otra, y yo que no doy avío con mis menesteres! A buena hora y con sol me asomé a golizniar, si lo sé no vengo, ¡arráyate un millo!, me dije a mí misma, chica matraquilla me entró con estos macharengos, ¿no será que este huevo quiere sal?







  2. Por alongarse al bufadero, tropezó en la roca como un velillo, se trilló los dedos ¡y chiquito totufo le salió también en la frente! Ya no podría tocar el timplillo, el trancazo fue mayúsculo. Le decían: “No seas trafullero, vete por la vereda y no te botes que no hay agua”, y él,  camocho como siempre y algo templado, cargó la gueldera y los matules de la pesca y se largo pa’l risco. ¡Aimería!, pa’ eso sí que era ajeitado, lo que tenía de poco alegador y agoniado, se le mudaba a parlanchín y sereno cuando trincaba buena pesca: alfonsiños, catalufas, viejas, abadejos,…nada se le  resistía. Arrentito a la orilla, bien arregostado  de carnada, golifiaba la mar como si fuera un cazón. Pa’ eso los dedos no se le arripiaban, “La pesca no requiere de melodía”, decía. Y también: “Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”. Aruñado como estaba del talegazo, la caña y el sedal no le molestaban (“Pa’ casa nada pesa”, le decía su abuela), y en el balayo, un poquito gofio y un buchito café, pa’ embicárselo si le daba la dormitera. Y pardiando, de vuelta al chamizo, pero esta vez, sin pasar por el bufadero, no iba a tropezar en la misma piedra como un carajito.



    3.En el chaplón del ventanillo colocó, bien afinadito, el flis pa' las moscas, cerca del bernegal. Obstinada la tenían, fincha y fincha cuando más jeringada estaba y con su madre, gritándole: "¡No seas jadaria, muchás, deja esos bichos y vete al mandado que te dije, que el latonero es un jocicudo y se revira presto...y no vayas por el verilito, que te conozco y eres una fachenta!"
Asocadita contra la pared, se miró al espejo, acacharrado como siempre, que hasta algo bembuda la hacía; pero le daba igual, ya tenía un firringallo que la pretendía, así que apagó la cocinilla y con las lonas nuevas se mandó a mudar, que en eso se parecía al padre, presumido y gallito como él solo. “El que a los suyos se parece, honra merece”, pensó. Y bien atildadita, fundamentosa aunque su madre no lo creyera, cogió la vereda, mientras el bardino del vecino (¡chiquito perro alcahuete!), desagallado, ladraba sin parar. Y ella, bien tranquila, que por algo había oído decir lo de: “Gallo que no canta, algo tiene en la garganta”, o el otro: “El que nace barrigón, ni que lo fajen chiquito”.



   4. Tendió los chusos en la liña, encharcados los traía de caminar por los andurriales bajo la sorimba. Entaliscada en un gocho dejó la garrafa, ya la trincaría otro día. Con un geito muy suyo,  se lambusió las manos, nadie vería que era un majalulo merdellón, ni su padre le iba a decir: “¡Pícamelo menudo que lo quiero pa’ la cachimba!”. Se hacían las horas, y las cholas, babosas por el aguachirre que escurrían, le molestaban también, así que las desanudó, botándolas donde el entullo. Le parecía tener el buche virado y las noriegas que seguían cayendo, le aumentaban la magua que ya le duraba unos días. También le dolía el totizo, quizá fuera del partigazo en las lajas resbalizas. Entró al fin en su chozo, corrió el fechillo, y como un totorota se echó en la piltra, antes de que le diera un yeyo, se sentía “como una cucaracha en baile de gallinas”. Con seguranza, al despertar sería el puntal de siempre, un mal día lo tiene cualquiera.



   5.¡Quítate el dichoso batilongo, que ahorita le salen grelos, y camina diestra pa’ la venta!  Mira que el otro día el chafalmeja ése te dio unas papas bichadas, no vaya a ser que te tenga la medida cogida y te embarulle siempre. Y no te me vayas a olvidar de las hojillas de afeitar del tiesto de tu padre, que ayer casi no acaba, por andar ahorrando unas ferrujientas que le regaló tu abuelo. Espabílate,  a mí no me vengas con machangadas… que si te espera el golfiante del vecinito, que si tienes prisa pal baile… ¡ah, y trae el bichero, que quiero ir a la marea a pulpiar…¡y como espiche uno, se lo paso por los besos al tolete  de tu tío!... menudo está, que sale como las corujas y no coge ni pal conduto.  Y no te amules, mi niña, que tu madre no está hoy pa´ gente ñanga. Así que no te me escarriles y de camino trae al zorrocloco de tu hermano, que se fue a coger higos al bardo del barranco, luego se enrala por esos andurriales y viene hecho un arritranco encachazado. Le di un balde, a ver qué trae, este es capaz de irse de belingo sin avisar, con el gentuallo de amigos que tiene, todos unos chafalmejas. Y ahora mira, tú que eres una camorruda, y él siempre en los celajes… a ver quién se come esta carne fiesta que hice… ¡y no me vengas con que soy una vieja chocha, que vaca chica siempre es novilla, y los tengo bien calados a los dos!
Y de tu padre ni qué decir, ¡vaya tortolín, pues no quería vestirse a la chamberga pa’ dir al curandero! Pues no, mi niño, le dije, usted se me espabila y en un intre lo quiero bien atildado, que esto no es juguete, no se me va de aquí con la ropa champurriada, sino con el terno nuevo, el de las fiestas de San Isidro. Si hasta pretendía cargar con el timplillo, el muy atorrante, se creía que íbamos de belingo con el lambido del sobrino. Con el tobillo como lo tiene, amochado que está, y aún no coge fundamento. No sé, no sé que le dirán allí, pero jaquecoso sí que se pondrá, flaco como un cangallo, carraquiento pa’ caminar y algo atoletado que lo veo (desde que se enfonducó en el chavoco y estuvo un tiempo que no atinaba), a ver que beberaje le dan o que geito le hacen…porque a mi edad, yo también estoy medio abatatada y se me va el baifo sin darme ni cuenta, ¡vaya tres patas pa’ un banco que tengo con ustedes!









 Texto y fotos, Virgi








martes, 3 de julio de 2018

MI Tenerife (X)




Lapilli, tosca, arena, basalto, pinos, volcanes, playas, patios nobles, casas humildes, eras, goros y gochos, una ventana al mar, barrancos de vértigo, tajinastes generosos. Una fuente en los secarrales, las chapas al sol y sus cruces de tristeza, charcas, muretes, signos antiguos, lejanas islas hermanas.

Tenerife, una vez más.




























Texto y fotos, Virgi



viernes, 29 de junio de 2018

Verano



¿Y qué es el verano, sino un tiempo más entre otros tiempos? Un tiempo de gaviotas, de pencas en flor, de arenas calientes y rocas desde donde lanzarme con la marea llena. Un tiempo de ciruelas, sombras calurosas, albaricoques y moras chorreantes. El verano descalzo de mi infancia, subida al nisperero o chapoteando en el Charco de los Muchachos.
El verano, un tiempo entre otros tiempos, todos distintos, todos parecidos. El verano, una vez más en mi vida, medio marina, medio terrestre.


Texto y foto, Virgi

lunes, 25 de junio de 2018

Bérgamo y Lorenzo Lotto




Venía, hace años, de un viaje que paraba en Bérgamo. Mi otro vuelo partía al día siguiente por la tarde. Llegué al hotel, dejé la maleta y salí a ver la ciudad alta. Se celebraba alguna de esas conmemoraciones que los italianos festejan con la familia, entre helados, voces y piñas de millo. Me desvié a la derecha de la calle, hacia el Duomo. Por un momento, el rincón donde caminaba estaba vacío, los adoquines brillaban débilmente bajo las escasas farolas, y en un ángulo de la calle, entre la iglesia y unas casas señoriales, me vi, en un flash, paseando por un lugar donde ya había estado. La misma luz, iguales las sombras, los reflejos de las piedras; la esquina, más allá, cerca de un palacio; un torreón robusto con las aristas marcadas por los siglos.

Flotaba mientras caminaba, imposible un déjà vu tan real. No se oía la algarabía, nada que rompiera el encanto, todo se confabulaba para respetar el momento. El aroma de aquel sueño ondeaba en la noche veraniega y me pertenecían los brillos y la luz tenue de las lámparas, el alféizar donde una paloma se esponjaba, los escalones del baptisterio. Fueron solo un par de minutos de una energía fascinante, yo había estado ya allí, aquel trozo de la ciudad antigua lo había pisado quién sabe cuándo y hasta reconocía la escasa brisa nocturna, la misma que ahora me embriagaba.

Algo turbada por la experiencia, recorrí parte de la ciudad y volví al hotel. A la mañana siguiente, me dirigí a la Academia Carrara, por ver las obras de Andrea Mantegna, Bellini, Tiziano, Lorenzo Lotto, entre otros grandes artistas de los que dispone la galería, un exquisito edificio que creo se ha renovado recientemente. Seguía yo envuelta en una bruma de confusión por la noche anterior, pero quería aprovechar el tiempo en la ciudad, magnífica y con mucho arte, del que aprendo y me alimento con gran placer.


A pesar de ese sentimiento de neblinosa satisfacción, pude apreciar algunas de las obras del museo, entre ellas, “Matrimonio místico de Santa Catalina” y “Retrato de un joven” ambas de Lorenzo Lotto (1480-1556),  de quien, precisamente en días pasados, se inauguró una exposición en el Museo del Prado.  
Un artista del Renacimiento, muy personal en sus retratos, tanto, que hay quien lo considera uno de los mejores en ese campo. Olvidado después de su muerte y rescatado a fines del s. XIX, la originalidad en la composición y el colorido, una vida errante y libre, su personalidad difícil pero generosa con las clases humildes, la variada clientela para la que trabajó, hacen de él un artista singular. Algo de eso percibí vi en su obra, y junto a otras piezas, afianzaron la admiración que le tenía de tiempo atrás.


Al salir, regresé a las cercanías del Duomo y aunque no esperaba volver a sentir lo mismo de la noche anterior, me estimuló saber que tal vez en aquella visión pretérita vivía yo en el mismo lugar y en el mismo momento en que Lotto realizaba sus extraordinarias pinturas, dotadas de un magnetismo especial.
Ciertamente, me había detenido en Bérgamo para aprender que hay sueños que se anticipan a la existencia.



Texto, Virgi
Imágenes de la red
"Matrimonio místico de Sta. Catalina", 1523, Academia Carrara, Bérgamo
"Retrato de un joven", 1500, Academia Carrara, Bérgamo