sábado, 12 de septiembre de 2020

La Laja

 


En mis años chicos, La Laja  era un mundo de charcos, bucios escondidos, cangrejillos ermitaños, burgados de caparazón enroscado. Íbamos a La Laja cuando no había cemento, ni barcas, ni tampoco colillas. Metíamos las manos en los huecos festoneados de mujos por ver si éramos más listos que las fulas o los pejes verdes, con la ingenuidad de la infancia, con la misma ingenuidad con la que cargábamos un mirafondo presumiendo de conocer algo de la pesca y sus artes.

Vista desde la terraza de mi casa, La Laja era a marea llena como el lomo de una ballena varada en la orilla. Con la bajamar, parecía más bien una tortuga, de bordes ocres, blancos y marrones, un bicho enorme y paciente, anclado allí para recorrerle la piel de basalto que nos ofrecía, a tramos lisa, a tramos erizada y siempre reluciente.

En la punta, el mar se revolvía amenazante y dejaba ver unas algas como cabelleras pelirrojas. Esas algas  nos impregnaron de un aroma oceánico que, sin percibirlo, cruzó la piel para alojarse en un lugar profundo ya para siempre.

Quiero pensar que los niños que una tarde columbré en esa esquina marina con sus cañas y aparejos, también saben de los charcos y de los peces, de burgados y de erizos. Y del olor que, como a mí, se les quedará en algún lugar cercano al corazón. El olor de La Laja.



 Texto y fotos, Virginia

 

domingo, 30 de agosto de 2020

Albedrío

  Me da igual la dirección que hayas escogido. 

No pienso acompañarte.





Texto y foto, Virginia

jueves, 27 de agosto de 2020

Con la esteticienne



- Me maquilla de verde y el fleco lo recorta, pero sin pasarse. El cordoncito lo deja colgando por si viene alguna visita.


Texto y foto, Virginia

 

-       

viernes, 21 de agosto de 2020

Destellos

 


Las encontré en uno de esos palacetes grandiosos de la India. Sonrientes en sus trajes de fuego, me dieron permiso para hacerles una foto. Soltaron luego una carcajada sonora, como un paréntesis ligero de diversión e incredulidad. La risa resonó en el patio y en ese momento era imposible pensar que el mundo se podría ir al carajo más pronto que tarde.

Barrían con elegancia innata un patio de los innumerables que tienen las residencias palaciegas, y según avanzaban, recogían aquí un pico del vestido, más adelante otro trozo que tocaba el suelo o una esquina dorada de sus telas fulgurantes.

Los abalorios les daban una prestancia inusitada y admiré la compostura con que ejecutaban una labor tan sencilla y seguramente fundamental para ellas y sus familias.

Sentadas en un reborde del muro, con las escobas a los lados, las dos mujeres le concedían una pátina tierna y auténtica a las estancias reales. El brillo de sus miradas aún conmueve a la turista que fui, la que pasó y se detuvo un instante, entre el cascabeleo de sus risas.

 

 

Texto y foto, Virginia

 

 

martes, 18 de agosto de 2020

VOCES XLVI

 

Le mandó un estoperón al ventanillo, que no entraba ni apenitas luz. Al estalaje del cable espichado sin fundamento tampoco le ponía mucho asunto.

Con tal de enjalbegar el muro, aunque fuera algo champurriado pero sin rastro de humaceras, todo lo demás le importaba un pito. Toleta perdida es lo que era, malimpriada mujer, siempre pendiente de machangadas en vez de irse de belingo y divertirse un rato.




Texto y foto, Virginia


sábado, 15 de agosto de 2020

Monsaraz, arriba en lo alto

 


Encaramado en un peñasco amesetado, Monsaraz es, para mi gusto, el pueblo más bonito de El Alentejo y uno de los más vistosos de Portugal.

De una punta a la otra, van la Rua Direita y la Rua de Santiago, dejando detrás el pórtico arqueado, y al frente, el torreón del castillo. Otro par de calles paralelas a éstas y ya tenemos el plano del emplazamiento. Pero no acaba aquí Monsaraz, si acaso empieza.

Empieza porque hay que dejarse llevar por esas cuatro travesías, sin rumbo, pues o acabamos en el castillo, o acabamos en la Porta da Vila. Mientras, entretenimientos no nos faltan. La Iglesia de Nuestra Señora de Lagoa (dentro se encuentra la tumba del primer alcalde que tuvo el pueblo, en el s. XIII) y la de la Misericordia, el antiguo hospital, el Museo de Arte Sacro y la picota medieval donde se ajusticiaba a los condenados.

Casas blasonadas, portadas fornidas, estrechos pasadizos, cantos rodados en el suelo, blancura en las paredes contrastando con el ocre de la fortificación y con unos panoramas alentejianos que se prolongan hasta Badajoz, del que dista poco más de media hora.

Monsaraz forma parte de la línea defensiva portuguesa que, de norte a sur, se construyó frente a la vecindad española. Esa línea ha dado numerosos emplazamientos fortificados, que vale mucho la pena conocer, siendo éste el que mejor conserva las características de sus orígenes, sin variantes, íntegro en lo alto del risco. Desde alguno de los miradores podemos perder largo tiempo (y será de provecho) observando los campos de cultivo, los alcornoques y los olivos, la llanura que no acaba y el embalse de Alqueva, una presa de reciente construcción en el Guadiana, la mayor de Europa Occidental. Mientras el sol cae, tostando piedras y fachadas, vendría muy bien una cena a base de pulpo o bacalao, sin olvidarnos de los pasteles de nata, tan portugueses y tan ricos. 

Con ese dulce regusto, volvemos a cruzar el arco, esta vez para salir, llevando con nosotros calles empedradas,  albos muros, torreones y murallas que se alejan despacio, entretanto nosotros los conservamos para siempre.


Texto, Virginia

Fotografía de internet

miércoles, 12 de agosto de 2020

Desengaño

 

 


Tonta de mí, no tengo que observar mucho para 

comprender que me diste una dirección equivocada.




Texto y foto, Virginia

Ventana en Jaipur