sábado, 11 de enero de 2020

VOCES XLIII




Se le viró el buche.
¡Menudo babieca!
Por fin le metieron las cabras en el corral al tolete ese.
¡Qué falta de ignorancia!
Pobrecito, le tienen cogida la camella.
¡Salpica pa’llá!
Malimpriada chica, con lo ardilosa que era.
¡Vaya un maleta, no da una!
Estás hecha una paseantina.
Qué mal jeito pa’ tirarse al agua, parece un pandullo
Sarpetilla como una quícara.
¡Arráyate un millo!
¡Muchacha, estás retinta como un cazón!







Texto y fotos, Virginia

jueves, 2 de enero de 2020

Hermosura y desidia





Las sombras de aulagas, algún cardón, tabaibas, pequeñas magarzas, balos, cerrillos y jaras blancas, lamían el sendero. El sol, con sus fauces de fuego, se alzaba sobre el mar, y la mañana despejada crecía sin tardanza. El camino era un goce y una pena. Un goce por pasearlo primoroso, de urdimbre certera, piedra a piedra encajada desde siglos. La pena aparecía presta, al ver tramos de paredes caídas, trozos despojados de las piezas que fueron colocadas con gusto y saber antiguo.















El sendero va desde Villa de Arico a El Río y no alcanza los seis kilómetros, con bajadas, llaneos, repechos y cruces de barranquillos y barrancos como el de Guasiegre, luminoso cauce de plata pulido por aguas milenarias, con nombre evocador  de reminiscencias guanches. 
















Cruza huertas ahora baldías, con alguna higuera desangelada, muretes llamativos de tosca o piedra chasnera y atarjeas despeluzadas, a ratos de trechos enteros, bien empatadas las toscas labradas, y otros, de pedazos rotos y desperdigados. Campos labrados con trabajo poco gratificado, escasa agua y demasiado sol. Una labor ya olvidada, como olvidado el trabajo ímprobo de los caminos reales o de herradura que cruzan esos eriales donde antaño hubo cochinilla, papas, tomates o tabaco.


Si podría ser más comprensible el abandono del campo, no lo es el de los viejos senderos que bordan de piedra el sur de la isla, ese encaje minucioso que muere por ignorancia, desidia, abandono. Un patrimonio considerable por su extensión y hermosura, que languidece sin que las instituciones reparen en su valor, mientras las piedras colocadas hace siglos van rodando lentamente, alejadas para siempre de las manos que las colocaron con paciencia y sabiduría amorosa.




Texto y fotos, Virginia

domingo, 22 de diciembre de 2019




Foto, Virginia

jueves, 19 de diciembre de 2019

Camuflaje




Cajas de cartón, papeles marrones, musgos arrancados con suavidad. La ilusión de hacer el belén se renovaba cada año. Figurillas de pintura desgastada, ovejas con falta de alguna pata, cerditos entre hierbas para disimular los efectos del tiempo, casas de corcho remendadas con alfileres.

Todo volvía a la vida y las estrellas platinadas lucían en un cielo de seda. Un año no vimos al pescador del lago. Por más que registramos, no estaba en ninguna caja. Parecía que los patos lo extrañaban, incluso aquél pingüino insólito y cristalino en lo alto del risco, miraba por el recodo, esperando su aparición.

Repasando los personajes, tampoco estaba la lavandera junto a la orilla. Extrañados, revisamos uno por uno todos los personajes.

No nos habíamos percatado que la vara de San José era una caña de pescar y que la Virgen abrigaba al Niño con las mantitas recién lavadas.

Texto y foto, Virginia



domingo, 15 de diciembre de 2019

Enésima reinterpretación



Cuando despertó,

 la alacena estaba vacía 

y el dinosaurio había desaparecido.



Texto y foto, Virginia

viernes, 13 de diciembre de 2019

Sosiego después de la batalla


Dejé el tren en una estación que no recuerdo. Era lejos, sí, y hacía calor. Un calor siciliano de mediodía ardiente. Para llegar a la colina, tuve que caminar al borde de una estrecha carretera con matorrales que se bamboleaban levemente entre la brisa tenue y el peso de los caracolillos pegados a sus troncos. De esos caracolillos guardo en un joyero tres o cuatro caparazones, testigos mudos de mi ansia por llegar al templo de Segesta.

Y allí estaba, abierto al cielo, un rectángulo bordeado de columnas, inesperado edificio recorrido por lagartijas y pajarillos que se posaban entre los intersticios del mármol. No había nadie y el sonido del verano se mezclaba con un susurro lejano, como el cántico de un troyano enamorado o el recitado de algún poeta entre los árboles cercanos.

Pasé mis manos por  las rugosas columnas, sin estrías, sin fuste, robustas; me embelesé un rato a su sombra, rodándome ligeramente según cambiaba el sol. Soñé con el mar, en el horizonte azul y con alguien que me sonreía desde el tímpano, quizá un élimo encargado de velar por su templo.

El reposo, roto solo por un aleteo fugaz o el ris ras de las colas de los lagartos, me llevó lejos, más allá del mar y de la historia, a un lugar donde la vida y el arte se confabulan para hacernos sentir parte del universo. Medio dormida sobre los escalones, el templo de Segesta entró en mi sangre y borbotea a ratos en ella, llamándome a que fantasee nuevamente sobre sus piedras.




(Entre cajas y cajitas, aparecieron algunos de esos caracolillos y recordé este texto de septiembre 2004)







martes, 10 de diciembre de 2019

Ajenidad






¿Y para qué entender lo incomprensible? Se había prendado de la casa, de sus arcos de piedra, ladrillos árabes, vigas robustas desbastadas a mano.
Que importaba eso de que los paraguas no se abren dentro de las casas, alguna razón tendría que una extranjera como ella no iba a averiguar.

Texto y foto, Virginia