sábado, 17 de febrero de 2018

Lluvia


Por fin llueve en Tacoronte y la Calle del Durazno baja estos días cargada de agua, igual a cuando tenía que sortear la corriente para no mojar los zapatos con los que iba al Instituto, aunque cuando llevaba las botas de agua sí que era un placer subir justo por las carrilongas de agua, ¡plas, plas, plas!, con los pies calientes bien protegidos.
Es la calle por donde tantas veces subí y bajé, unas por mandados, acompañando a Rosa, siendo yo muy pequeña y ella una mujer de negro, de gran inteligencia y muy dispuesta. Otras, ya algo más grande con bicicleta, patín o cargando la maleta para ir a clase. Algunas, sobre todos los domimgos, a toda prisa para llegar a tiempo al cine de las cuatro, o solo por dar varias vueltas a la plaza con las amigas.


Según subía la calle, encontraba vecinos a los que había que saludar correctamente: don Victoriano, maestro y padre de un amigo muy querido que murió demasiado pronto; don Pepe M. Clavijo, con sus ocurrencias de artista; su hermana, doña Catana; mi tío Zoilo, de mucha prestancia y voz grave; José, un anciano escaso de vista, que creo nunca me reconoció; Petra, con unas gafas inmensas; don Gustavo, el juez de paz, sombrero, manos a la espaldas y un florido guaydil a la vera del camino; don Ángel Izquierdo, tranquilón asomado a la ventana de su mansión ecléctica y con enredadera de casa inglesa; Anselmo en la venta y el camión cerca, por si fuera necesario; Loli y sus numerosos hermanos; Lola, la mujer de Tomás el gomero, que se entretenía en un jardín muy variado, entre la acera y el chalecito donde vivían. Algo más abajo de este matrimonio estuvo un tiempo el garaje de las guaguas de Rosarito, “Transportes El Ortigal”, unos vehículos renqueantes, de madera, con cristales imposibles de bajar o subir y un cordón que acababa en un timbre. Eran las guaguas de esos años todas parecidas, así fueran a La Laguna, a Santa Cruz o a Icod; incluso algunas tenían los techos pasados y se mojaban los asientos con las primeras lluvias. Solo se diferenciaban los micros Commer, que volaban sobre cuatro ruedas estrechas, pareciendo que en cualquier momento se desmembrarían.

Andando por El Durazno (en un tiempo largo se llamó Gral. Franco, gracias que volvió a su nombre original), me encantaba encontrarme con Arturo Maccanti; tenía una casa subiendo a la derecha y conocía a mis hermanas, me parecía uno de los hombres más guapos que había visto nunca. Pasados los años, ¡tantos!, lo encontré en la Sala Conca y le dije que hasta me daba vergüenza mirarlo, de lo nerviosa que me sentía, tan pequeña yo y ya admirada de la belleza varonil. Se rió un rato y me complació poder confesar mi enamoramiento infantil; a partir de ahí me saludaba con mucha simpatía.
El invierno me trae estos aromas de infancia, con gentes, costumbres y juegos. La lluvia reaviva en mí momentos que cojo con los alfileres de la memoria, para dejarlos prendidos aquí y allá, pequeñas huellas de un pasado que ha de borrarse como la marca de las gaviotas en la arena.

Texto y foto de pequeña, Virgi

Otras fotos, autor desconocido, sacadas de internet