viernes, 24 de febrero de 2017

Aníbal Arce, carterista



Anibal Arce iba feliz rumbo a su casa, en la periferia de la ciudad. Prefería darse un paseo tranquilamente, así le daba más naturalidad a su trabajo. Bajo el faldón de la chaqueta llevaba las ganancias de ese día: ciento treinta euros sacados de la cartera de una anciana despistada; un dije con pinta de valioso que le arrebató a un caballero algo cursi,  en la desolada esquina de la calle del Rosal con la de San Martín; el pomo de plata de un señorial bastón con incrustaciones de oro, encontrado en un banco de la placita de Los Sauces. Soñaba con su cercana vejez, y se veía, elegante y dandy, apoyado en un bastón de aristócrata.
Pleno de satisfacción iba, cuando un perrillo vino a tropezar con él, uno de  esos animalitos atolondrados e inquietos, justo en la esquina donde siempre había apostado algún policía que, invariablemente, lo saludaba con educación, no exenta de cierto recelo, vamos, algo normal en su ocupación. Fue así, en un parpadeo, como este respetuoso ladrón entrado en años, y con unas manos harto hábiles, dio con su cuerpo en tierra, rodando con él sus recién adquiridas pertenencias. Volaron los billetes sobre el lomo del can, el dije quedó casi incrustado en las botas del policía y el pomo, el finísimo pomo donde soñaba apoyar su vejez, quedóse encajado orgullosamente en las rejas de la alcantarilla.

Ahí terminó el paseo sereno de Aníbal Arce, a un palmo de las fauces de un cachorrillo inocente.




Texto y foto, Virgi