martes, 9 de noviembre de 2021

Mirada


No eran iguales sus ojos ni mantenían simetría. 

Fue la luz que emanaban lo que le guio hasta ellos.


Texto y foto, Virginia

sábado, 6 de noviembre de 2021

VOCES LIV

 

¡Chiquito jilorio a las seis de la mañana! Claro, estuvo toda la noche jociquiando de acá pa'llá, te crees que es juguete? Hasta la venta de Ambrosio llegó:

_ Ponme un fisco ron, una jarea bien sabrosa y  unos chochos pa' condutar…bueno, y ya que estamos, échame un cachito pan bien colmado con chorizo de Teror.

No contento, se mandó un lagunero y unos rosquetes de Vilaflor. Engrillado iba al cabo un rato ¡cruz, perro maldito! Largó la mascada al pie de un tarajal y más alladito, se tumbó rente a la atarjea.



 Texto y foto, Virginia


miércoles, 3 de noviembre de 2021

El banco de carpintero


Era mi padre muy amañado para actividades varias (sería quizás por su infancia como boy-scout) y se ilusionó en fabricar un sencillo banco de carpintero, con estante para herramientas y, a un lado, un torniquete rudo pero eficaz, que permitía agarrar tablas y listones mientras se serruchaban. Aprendí en ese banco repleto de cicatrices, marcas de pintura, huellas de grasa y agujeros de clavos, a manipular herramientas vedadas a la mayoría de las niñas de mi época. Junto a mi hermano, lo mismo hacíamos un juego de banquetas con trocitos sobrantes de madera, que un barco cuya cubierta estaba acordonada por un hilo fino atado a las punchas que, con medida precisa –herencia paterna-, poníamos a babor y estribor. No le faltaba una chimenea redonda, sacada de algún palo viejo de escobillón, o la cabina del capitán hecha de cualquier otro pedazo que encontráramos.

Surgieron de ese banco mesas diminutas, aeroplanos, carros con ruedas de lonas viejas, trenes hechos empatando latas de sardinas, aviones con ventanitas pintadas.

Disponíamos de las herramientas sin problema, ya fueran martillos, destornilladores, alicates, limas o clavos de variadas medidas. El serrín caía al suelo, formándose montañitas olorosas que a veces recogíamos para guardarlas en algún frasco, como un perfume que elaboráramos sin saberlo. Las punchas que se torcían, había que enderezarlas e intentar clavarlas nuevamente, sin embargo, los tornillos como eran más caros y más complicados de ensartar, solo los usábamos muy de vez en cuando, aparte de que ningún material se podía emplear sin ton ni son.

La norma de dejar las herramientas en el sitio correcto y la superficie del banco sin rastro del trabajo, era de cumplimiento inexcusable. Sin embargo, ordenar los restos de madera, listones, varillas y otros cachos sobrantes, se pasaba por alto, con tal de que estuvieran más o menos por tamaños, el resto no importaba.


En aquel espacio en el que pudo haber estado una cocina y un horno en los primitivos orígenes de la casa, a juzgar por algunas señales en los muros y en el techo, pasamos buenos ratos de aprendizaje autónomo, con la compañía de algún perenquén, observador impasible desde las tejas, así como de las arañas que pululaban entre las maderas, en las esquinas o anidando en las rendijas de la puerta. Una puerta coloreada por dentro con manchas diversas, donde se daban los últimos brochazos antes de meter los útiles en una cacharra, para limpiarlos con gasoil. La dicha cacharra era de leche en polvo Dano (la de la niña con trenzas, esa mismita) de la que si cogías una cucharada se te quedaba el polvo hecho una pelotilla pegado al paladar un buen rato sin que te molestara, tan agradable era la sensación.

El banco perdió las patas y la bandeja inferior por la carcoma del tiempo y de los insectos, pero mantiene todavía la parte superior en la que, en nuestra iniciación a la noble tarea de la carpintería, inventamos, clavamos, serruchamos, lijamos. Ingenuos como criaturas que éramos, los juguetes que hicimos también eran simples, sí, mas esa simpleza nos apegó a la madera, a sus olores y resinas, a sus vetas y nudos, a los tirabuzones de virutas o al polvillo del serrín.

Algo del alma carnal de la madera a ratos brinca y salta eufórica por nuestra piel, igual que la savia por los troncos de tantos árboles que, después de muertos, nos donaron sus cuerpos inertes para que jugáramos con ellos.


Texto y fotos, Virginia

 

sábado, 30 de octubre de 2021

La Mérica, La Gomera

Este topónimo curioso que nada tiene que ver con la voz “América”, se usa en la isla para designar algunas lomadas, aunque sea ésta la más conocida, al ser un lugar frecuentado desde antiguo para ir desde Arure a Valle Gran Rey o viceversa.

El camino que atraviesa este amplio terreno es muy aéreo, viéndose al principio el cautivador barrio de Taguluche a la derecha y más tarde el despampanante Valle a la izquierda, encajonado entre riscos y alineado por bancales con sus casitas de portal, el mismo que se prolonga para luego morir serenamente al borde del mar, entretanto las palmeras siguen con el rumor que ya sabemos, el de la isla redonda que silba de risco en risco.



La lomada de La Mérica esconde una sorpresa que hay que ver para creerla: los hornos de cal. En otras islas estos hornos suelen estar cerca del mar, para facilitar el embarque a distintos lugares. Aquí no, aquí nos tropezamos con uno al pie del camino, pareciéndonos imposible que fuera para ese uso, pues no se veía caliche por ningún lado. Cosas de ignorantes, dado que lo cierto es que esa lomada tuvo abundancia de piedra caliza, trabajada luego en ese y varios hornos cercanos para más tarde ser transportada por una senda -nuevamente vertiginosa-  hasta el sitio donde suponemos se organizaría su venta y distribución.


La elaboración de la cal era harto dura y penosa, pero indispensable para los obreros que la realizaban, por lo que el sendero empedrado de un barrio a otro sería usado diariamente por hombres y bestias, dispuestos los primeros a ganar unas pesetas según viajes dados y  kilos cargados, cuantos más de unos y otros, mejor. También por mujeres que acarreaban la leña necesaria e incluso, niños que contribuían a la maltrecha economía familiar.

El horno que aún se ve al lado de la vereda es de fábrica recia, a pesar de tener varias piedras caídas y conserva cerca un pozo o aljibe que almacenaría el agua para abrir la cal.

 

Un poco más arriba, dominando casi toda la lomada, se ven los restos de una casa que debió ser bastante grande, con toda probabilidad de algún medianero o del encargado de los hornos. Conserva jambas y esquinas de piedra roja y trozos de un curioso techo con azotea. Desde la puerta se divisa un amplio panorama de terrazas, una era y un pajar ya sin tejado. No veremos los únicos lagartos gigantes que aún sobreviven en la isla, pues andan por los resquicios de estos riscos, escondiéndose donde solo ellos -y algunos biólogos- saben, afortunadamente.

Cercanas, las nubes quieren abrazar la cima  por donde andamos, entretanto pasan senderistas, extranjeros con botellas de agua, corredores exigentes que suben sin problema desde el Valle. Antes no, antes circulaban cabreros, mujeres con matojos para el fuego o productos del campo para vender o intercambiar, mientras otras subían con pescado en cestas cubiertas de mujos olorosos.



Alguien me contó más tarde que esa casa perteneció a la familia Casanova, seguramente los mismos de la presa de Las Casitas y de la estirpe del primer Casanova que vino de Huelva a montar una factoría en la costa, a mediados del s. XIX.

Sea como fuere, los hornos, los pajeros, la era, la casa ya casi derruida, las cuevas donde se guarece el ganado, el propio camino, indican los trabajos ímprobos del laborioso pueblo gomero, cuyas labores y penalidades eran grandes por mucho que ahora veamos idílicamente paisajes, lugares y costumbres.


Texto y fotos, Virginia

martes, 26 de octubre de 2021

Perplejidad


Y si el río es de oro, cómo saciaremos la sed?


Texto y foto, Virginia

lunes, 25 de octubre de 2021

Callizos

 

Me encantaría escribir algún día una carta y en la dirección poner algo así:

Sra. Narcisa Fernández

Callizo de la Tía Jusquera

Villa Hermosa

 


O acaso:

A/a Juani Luengo

Callizo del Tío Pedro el Mosco

Puerto Verde

 


O éste:

Sr. Don Paco Fuentes de la Rosa

Callizo de la Tía Navarra

Laguna Grande



 

Direcciones sencillas, elementales explicaciones que nada tienen que ver con números pares o impares, pisos, puertas, bloques, códigos de lugares, avenidas, plazas, calles y carreteras, letras y signos.

Tener una amistad en un lugar donde un callizo es una dirección comprensible, un  sitio donde  las gentes se nombran como tíos y tías, debe ser todo un lujo. Ojalá algún día envíe una carta a una dirección así.


Texto y fotos, Virginia

sábado, 23 de octubre de 2021

Acueducto de Cella

Romanos organizados que nos sorprenden con sus construcciones colosales, sembraron la Península de puentes, calzadas, foros, acueductos y vías perfectamente empedradas. Una de esas obras que se vino a reconocer hace pocas décadas es el acueducto de Cella, en Teruel.


Con 25 kms de recorrido llevaba agua desde el río Guadalaviar hasta la población de Cella, pero no fue la clásica obra de arcos que sustentan la canalización, no, esta vez optaron por conducir el agua a través de montañas y llanuras. En unas, labrando la piedra; en las otras, abriendo canales a nivel del suelo. De la longitud total, casi diez kilómetros fueron realizados perforando unas galerías de más de un metro de ancho y alrededor de dos metros de alto, con huecos como ventanales hacia un lado e impresionantes agujeros verticales, llamados pozos de aireación. Estos pozos podían tener entre 30 y 40 m de profundidad (en algún caso hasta 60) y se encontraban a poca distancia unos de otros. Un proyecto de esta índole supone un trabajo inmenso, cientos de hombres excavando, cargando, limpiando, y miles de toneladas de piedra expulsada.


Los restos que quedan de este proyecto se pueden recorrer a trozos, especialmente algunas de las galerías, cercanas a la carretera que pasa por Gea de Albarracín, en la provincia de Teruel. Impresionan las marcas de los picos en la roca, los agujeros que servían para luz y ventilación -realizados en uno de los márgenes-, la perfección del trazado. Pero lo más asombroso son los pozos que tuvieron que perforar en lo alto cuando el canal atravesaba una montaña o meseta, sin arredrarse ante la magnitud de tal empresa, y siempre con una exactitud pasmosa para encontrar el punto justo que coincidiera con la galería, que mucho más abajo, portaría el agua.


Considerada como una de las grandes obras de los romanos en España, ofrece sus oquedades vertiginosas al sol, al viento, a la lluvia. Y a quienes nos dejamos llevar por su recorrido, fascinados por la ingeniería y el sentido práctico de unas gentes tan organizadas que tendrían que darnos clase, aunque hayan pasado ya dos mil años.


Texto y fotos, Virginia