No eran iguales sus ojos ni mantenían simetría.
Fue la luz que emanaban lo que le guio hasta ellos.
Texto y foto, Virginia
No eran iguales sus ojos ni mantenían simetría.
Fue la luz que emanaban lo que le guio hasta ellos.
Texto y foto, Virginia
¡Chiquito jilorio a las seis de la mañana! Claro, estuvo toda la noche jociquiando de acá pa'llá, te crees que es juguete? Hasta la venta de Ambrosio llegó:
_ Ponme un fisco ron, una jarea
bien sabrosa y unos chochos pa' condutar…bueno,
y ya que estamos, échame un cachito pan bien colmado con chorizo de Teror.
No contento, se mandó un lagunero y unos rosquetes de Vilaflor. Engrillado iba al cabo un rato ¡cruz, perro maldito! Largó la mascada al pie de un tarajal y más alladito, se tumbó rente a la atarjea.
Era mi padre muy amañado para actividades varias (sería quizás por su infancia como boy-scout) y se ilusionó en fabricar un sencillo banco de carpintero, con estante para herramientas y, a un lado, un torniquete rudo pero eficaz, que permitía agarrar tablas y listones mientras se serruchaban. Aprendí en ese banco repleto de cicatrices, marcas de pintura, huellas de grasa y agujeros de clavos, a manipular herramientas vedadas a la mayoría de las niñas de mi época. Junto a mi hermano, lo mismo hacíamos un juego de banquetas con trocitos sobrantes de madera, que un barco cuya cubierta estaba acordonada por un hilo fino atado a las punchas que, con medida precisa –herencia paterna-, poníamos a babor y estribor. No le faltaba una chimenea redonda, sacada de algún palo viejo de escobillón, o la cabina del capitán hecha de cualquier otro pedazo que encontráramos.
Surgieron de ese banco mesas diminutas, aeroplanos, carros con ruedas de lonas viejas, trenes hechos empatando latas de sardinas, aviones con ventanitas pintadas.
Disponíamos de las herramientas
sin problema, ya fueran martillos, destornilladores, alicates, limas o clavos
de variadas medidas. El serrín caía al suelo, formándose montañitas olorosas que
a veces recogíamos para guardarlas en algún frasco, como un perfume que
elaboráramos sin saberlo. Las punchas que se torcían, había que enderezarlas e
intentar clavarlas nuevamente, sin embargo, los tornillos como eran más caros y
más complicados de ensartar, solo los usábamos muy de vez en cuando, aparte de
que ningún material se podía emplear sin ton ni son.
La norma de dejar las
herramientas en el sitio correcto y la superficie del banco sin rastro del
trabajo, era de cumplimiento inexcusable. Sin embargo, ordenar los restos de
madera, listones, varillas y otros cachos sobrantes, se pasaba por alto, con
tal de que estuvieran más o menos por tamaños, el resto no importaba.
En aquel espacio en el que pudo
haber estado una cocina y un horno en los primitivos orígenes de la casa, a
juzgar por algunas señales en los muros y en el techo, pasamos buenos ratos de
aprendizaje autónomo, con la compañía de algún perenquén, observador impasible
desde las tejas, así como de las arañas que pululaban entre las maderas, en las
esquinas o anidando en las rendijas de la puerta. Una puerta coloreada por
dentro con manchas diversas, donde se daban los últimos brochazos antes de
meter los útiles en una cacharra, para limpiarlos con gasoil. La dicha cacharra
era de leche en polvo Dano (la de la niña con trenzas, esa mismita) de la que
si cogías una cucharada se te quedaba el polvo hecho una pelotilla pegado al
paladar un buen rato sin que te molestara, tan agradable era la sensación.
Texto y fotos, Virginia
Este topónimo curioso que nada
tiene que ver con la voz “América”, se usa en la isla para designar algunas
lomadas, aunque sea ésta la más conocida, al ser un lugar frecuentado desde
antiguo para ir desde Arure a Valle Gran Rey o viceversa.
El camino que atraviesa este amplio terreno es muy aéreo, viéndose al principio el cautivador barrio de Taguluche a la derecha y más tarde el despampanante Valle a la izquierda, encajonado entre riscos y alineado por bancales con sus casitas de portal, el mismo que se prolonga para luego morir serenamente al borde del mar, entretanto las palmeras siguen con el rumor que ya sabemos, el de la isla redonda que silba de risco en risco.
La lomada de La Mérica esconde
una sorpresa que hay que ver para creerla: los hornos de cal. En otras
islas estos hornos suelen estar cerca del mar, para facilitar el embarque a distintos lugares. Aquí no, aquí nos tropezamos con uno al pie del camino,
pareciéndonos imposible que fuera para ese uso, pues no se veía caliche por
ningún lado. Cosas de ignorantes, dado que lo cierto es que esa lomada tuvo
abundancia de piedra caliza, trabajada luego en ese y varios hornos cercanos
para más tarde ser transportada por una senda -nuevamente vertiginosa- hasta el sitio donde suponemos se organizaría
su venta y distribución.
La elaboración de la cal era
harto dura y penosa, pero indispensable para los obreros que la realizaban, por
lo que el sendero empedrado de un barrio a otro sería usado diariamente por
hombres y bestias, dispuestos los primeros a ganar unas pesetas según viajes
dados y kilos cargados, cuantos más de
unos y otros, mejor. También por mujeres que acarreaban la leña necesaria e
incluso, niños que contribuían a la maltrecha economía familiar.
El horno que aún se ve al lado
de la vereda es de fábrica recia, a pesar de tener varias piedras caídas y
conserva cerca un pozo o aljibe que almacenaría el agua para abrir la cal.
Un poco más arriba, dominando
casi toda la lomada, se ven los restos de una casa que debió ser bastante
grande, con toda probabilidad de algún medianero o del encargado de los hornos.
Conserva jambas y esquinas de piedra roja y trozos de un curioso techo con
azotea. Desde la puerta se divisa un amplio panorama de terrazas, una era y un
pajar ya sin tejado. No veremos los únicos lagartos gigantes que aún sobreviven
en la isla, pues andan por los resquicios de estos riscos, escondiéndose donde
solo ellos -y algunos biólogos- saben, afortunadamente.
Cercanas, las nubes quieren abrazar
la cima por donde andamos, entretanto
pasan senderistas, extranjeros con botellas de agua, corredores exigentes que
suben sin problema desde el Valle. Antes no, antes circulaban cabreros, mujeres con matojos
para el fuego o productos del campo para vender o intercambiar, mientras otras
subían con pescado en cestas cubiertas de mujos olorosos.
Alguien me contó más tarde que
esa casa perteneció a la familia Casanova, seguramente los mismos de la presa
de Las Casitas y de la estirpe del primer Casanova que vino de Huelva a montar
una factoría en la costa, a mediados del s. XIX.
Sea como fuere, los hornos, los
pajeros, la era, la casa ya casi derruida, las cuevas donde se guarece el
ganado, el propio camino, indican los trabajos ímprobos del laborioso pueblo
gomero, cuyas labores y penalidades eran grandes por mucho que ahora veamos idílicamente
paisajes, lugares y costumbres.
Texto y fotos, Virginia
Me encantaría escribir algún día
una carta y en la dirección poner algo así:
Sra. Narcisa Fernández
Callizo de la Tía Jusquera
Villa Hermosa
O acaso:
A/a Juani Luengo
Callizo del Tío Pedro el Mosco
Puerto Verde
O éste:
Sr. Don Paco Fuentes de la Rosa
Callizo de la Tía Navarra
Laguna Grande
Direcciones sencillas,
elementales explicaciones que nada tienen que ver con números pares o impares,
pisos, puertas, bloques, códigos de lugares, avenidas, plazas, calles y
carreteras, letras y signos.
Tener una amistad en un lugar
donde un callizo es una dirección comprensible, un sitio donde las gentes se nombran como tíos y tías, debe
ser todo un lujo. Ojalá algún día envíe una carta a una dirección así.
Texto y fotos, Virginia
Romanos organizados que nos sorprenden con sus
construcciones colosales, sembraron la Península de puentes, calzadas, foros,
acueductos y vías perfectamente empedradas. Una de esas obras que se vino a
reconocer hace pocas décadas es el acueducto de Cella, en Teruel.
Con 25 kms de recorrido llevaba agua desde el
río Guadalaviar hasta la población de Cella, pero no fue la clásica obra de
arcos que sustentan la canalización, no, esta vez optaron por conducir el agua
a través de montañas y llanuras. En unas, labrando la piedra; en las otras,
abriendo canales a nivel del suelo. De la longitud total, casi diez kilómetros
fueron realizados perforando unas galerías de más de un metro de ancho y alrededor
de dos metros de alto, con huecos como ventanales hacia un lado e
impresionantes agujeros verticales, llamados pozos de aireación. Estos pozos
podían tener entre 30 y 40 m de profundidad (en algún caso hasta 60) y se
encontraban a poca distancia unos de otros. Un proyecto de esta índole supone
un trabajo inmenso, cientos de hombres excavando, cargando, limpiando, y miles
de toneladas de piedra expulsada.
Los restos que quedan de este proyecto se
pueden recorrer a trozos, especialmente algunas de las galerías, cercanas a la
carretera que pasa por Gea de Albarracín, en la provincia de Teruel. Impresionan
las marcas de los picos en la roca, los agujeros que servían para luz y
ventilación -realizados en uno de los márgenes-, la perfección del trazado. Pero
lo más asombroso son los pozos que tuvieron que perforar en lo alto cuando el
canal atravesaba una montaña o meseta, sin arredrarse ante la magnitud de tal
empresa, y siempre con una exactitud pasmosa para encontrar el punto justo que
coincidiera con la galería, que mucho más abajo, portaría el agua.